Por José María Arévalo

( Monasterio de Nª Sª de Palazuelos. Acuarela de J.M. Arévalo, 36×46) (*)
El segundo capítulo del libro conmemorativo “La comarca vitivinícola de Cigales: viñedos, bodegas y vinos. 25 años de la D.O. Cigales” que venimos reseñando, se titula “La comarca vitivinícola de Cigales a lo largo de la historia”, y en este capítulo el segundo artículo, “El monasterio de Santa María de Palazuelos y el origen del vino en la comarca de Cigales” que han escrito Arturo Balado Pachón y Ana Belén Martínez Carcía.
“En estas breves líneas -comienza el artículo- pretendemos explicar algunos aspectos sobre la importancia que durante la Edad Media tuvieran las innovaciones que aportaron los monasterios en los territorios en los que se asentaban, y más concretamente, la trascendencia que para la comarca de Cigales y el desarroll0 de sus vinos, tuvo la instalación de un monasterio en Palazuelos, junto a un meandro de la margen derecha del Pisuerga, a unos 2 km de Cabezón y su importante puente, paso obligado de todos los caminos que desde Valladolid se dirigían hacia el Cantábrico .
Antes de instalarse definitivamente en Palazuelos, hacia 1252, la comunidad cisterciense ya existía en el monasterio de San Andrés dé Valvení (Antón, 1923). En 1213 habían recibido de Alfonso Téllez de Meneses la villa de Palazuelos, con la condición de trasladar aquí sus instalaciones, en un nuevo monasterio que la familia Meneses construyó (Balado y Martínez, 2013). El resultado fue una magnífica construcción, que además de la iglesia que hoy se conserva, poseía dos claustros y todas las instalaciones propias de un monasterio y que a mediados del siglo XVI llegó a convertirse en la casa central de la orden del Císter de la Corona de Castilla (Balado y Martínez, 20151.
Desde San Andrés primero y desde Palazuelos después, los monjes tenían como una de sus actividades fundamentales la producción de vino. Esta, aunque de manera residual, no se había abandonado en el Valle del Duero tras el fin de la época romana, cuando se había extendido su cultivo por la Península Ibérica (Piqueras, 2011).
En época altomedieval, los reyes asturianos, culturalmente herederos del bajo Imperio romano y del Reino visigodo, también necesitaban abastecerse de vino, y no siempre era fácil cuando el reino se circunscribía aún a los territorios más septentrionales (alrededor de la Cordillera Cantábrica), en tierras no demasiado apropiadas para la viticultura. Así cuando los reinos cristianos llegan al Duero, en el tránsito entre los siglos IX y X (en el 899 Alfonso III de Asturias repuebla Dueñas), aparecen también las primeras referencias escritas a vinos en la comarca de Cigales, cuando se documentan propietarios de viñas en Conforcos (el actual Corcos) y en Covellas (Cubillas de Santa Marta) (Fernández, 2012).

( Capitel exterior de la cabecera con rostro humano enmarcado por hojas de parra. Fuente: Fotografía propia) (*)
Su extensión y auge en las zonas con condiciones propicias, tiene además motivos ideológicos. Para los cristianos el vino es un alimento casi sagrado, ya que aparece con frecuencia citado en las Escrituras y tiene la propiedad de convertirse en la sangre de Jesucristo. Pero además es un elemento de identidad frente a los musulmanes, que tenían prohibido beber alcohol por el Corán, si bien hemos de reconocer que este precepto era escasamente cumplido en la Península Ibérica, donde la mayoría de los musulmanes provenían de las poblaciones hispano-romanas convertidas tras la conquista, y donde la producción de vinos en Al-Ándalus alcanzó cierta importancia (Piqueras, 2011).
Pero su auge y generalización es algo posterior, de los siglos XII Y XIII, y llegó de la mano de las necesidades litúrgicas de los monjes cistercienses de Palazuelos (primero en San Andrés de Valvení) y de los benedictinos cluniacenses de San Isidro de Dueñas (Martínez, 1991).
Estos monjes, de origen francés, deseaban que el vino que debía convertirse en sangre de Cristo, fuera de calidad, y para ellos los caldos locales no lo eran, teniendo que beber en un principio durante la eucaristía, importaciones francesas (Martínez, 1991), especialmente de Borgoña, cuna del Císter y donde los monjes bernardos ya habían realizado una revolución tecnológica, que trajo consigo el auge de los caldos de esa comarca, mejorando sensiblemente su calidad (Roux-Perino, 2008). Ello llevó a los monjes peninsulares a intentar producir localmente mejores vinos que los que se elaboraban en sus zonas, implantando así en la comarca, las técnicas de cultivo francesas, y consiguiendo caldos de una notable calidad (Martínez, 1991). Para ello introdujeron nuevas variedades de uva, seleccionaron mucho la ubicación de los viñedos, buscando aquellas tierras pedregosas con una orientación adecuada para recibir la insolación, y generalizaron tanto la prensa manual, que sustituyó al pisado de la uva, como el almacenaje en grandes toneles de madera .

( Monasterio de Nª Sª de Palazuelos hoy) (*)
El vino de los monasterios no solo se utilizaba durante la misa, sino que era un elemento básico en la dieta de los monjes, que había sido aprobada por San Benito de Nursia en sus famosas reglas que regulaban la vida de las comunidades monásticas. De acuerdo con la Regla, la cantidad diaria de vino que un monje podía beber era una “hemina” (unos 0,275 1), que se daba a cada uno en un jarro de barro con esa medida, y debía alcanzarle para todo el día. En climas más fríos, en donde no se produce vino, se tomaba cerveza o sidra. Se evitaba en lo posible el consumo de agua, dada la insalubridad que habitualmente presentaban la mayoría de los suministros y conducciones, y los caldos eran utilizados también como elemento purificador, mezclándolo con el vino.
La Regla 40 de San Benito, sobre el vino, reza así:
“Cada uno tiene el don particular que Dios le ha dado; unos uno, y otros otro. Por eso, con cierta escrupulosidad determinamos la cantidad de alimento que los demás han de tomar. Sin embargo, por consideración a la flaqueza de los débiles, pensamos que es suficiente una hemina de vino al día por persona. Pero aquellos a quienes Dios les da fuerzas para abstenerse, piensen que tendrán una recompensa especial.
Mas si, por las circunstancias del lugar en que viven, o por el trabajo, o por el calor del verano, se necesita algo más, lo dejamos a la discreción del superior, con tal de que jamás se dé lugar a la saciedad o a la embriaguez. Y aunque leamos que el vino es totalmente impropio de monjes, porque creemos que hoy día no es posible convencerles, convengamos, al menos, en no beber hasta la saciedad, sino sobriamente, porque el vino hace-claudicar hasta a los más sensatos.
Pero si por las condiciones locales no se puede adquirir ni la cantidad indicada, sino mucho menos, o incluso absolutamente nada, bendigan a Dios porque habitan en ese lugar y no murmuren. Esto recomendamos ante todo: que eviten siempre la murmuración.”
De la lectura de esta regla se deduce que San Benito no veía con buenos ojos el consumo de vino, pero se vio incapaz de prohibir su consumo, aunque lo recomienda.
Y no solo los monjes bebían el vino de Palazuelos, también los legos (laicos que vivían y trabajaban en el monasterio) y otros campesinos que cumplían trabajos en las tierras monacales, eran alimentados por la abadía; y el vino nunca faltaba en las comidas (Martínez, 1991).”
Dejamos aquí el artículo que concluiremos en el post siguiente.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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