Los lunes, revista de prensa y red

“La leyenda negra es española”, de David Jiménez Torres, y “Rusia, Cataluña y el guiñol”, de José Carlos Rodríguez

( Viñeta de Nieto en ABC el pasado día 20) (*)

LA LEYENDA NEGRA ES ESPAÑOLA

Artículo de David Jiménez Torres publicado en El Español el pasado día 18

Los tuits de Assange, las informaciones de los corresponsales, los editoriales en medios extranjeros, las entrevistas a líderes indepes y, ahora, el remoloneo de la justicia belga. A lo largo de este otoño España se ha vuelto a enfrentar a uno de sus fantasmas recurrentes: ¿qué piensan de nosotros en el extranjero? O, por ser más concretos: ¿por qué piensan mal de nosotros? Es comprensible que a lo largo del procés se haya dado bastante importancia a la opinión extranjera. La reacción de la comunidad internacional ante una DUI siempre iba a ser fundamental en el devenir de esta crisis. E interpelar a los periodistas extranjeros que difunden información sesgada sobre España supone una saludable muestra de orgullo y de ausencia de complejos. Pero hay algo que solemos pasar por alto en nuestros cíclicos rituales de indignación por lo que se dice o se publica acerca de nuestro país. A saber: que los medios y los gobiernos extranjeros no hacen sino amplificar discursos que creamos aquí mismo.

Esto se ponía de relieve en el célebre artículo de Antonio Muñoz Molina sobre Francoland. Todo comenzaba cuando “una profesora alemana me dijo que, según le acababa de contar alguien de Cataluña, España era todavía ‘Francoland’”. El escritor dirigía su indignación hacia aquella profesora, convertida en símbolo de los extranjeros que están dispuestos a comprar cualquier actualización de la leyenda negra. Pero ¿no habría que alarmarse más por el español que, con muchísimo mayor conocimiento de causa, le había dicho aquello acerca de su país?

La causalidad aquí es fundamental. La idea de la España tenebrosa no estaría reviviendo en las instancias judiciales belgas si no hubiera tantos españoles empeñados en difundirla. Empezando por el expresidente de una de nuestras comunidades autónomas.

Y el fenómeno va más allá de la crisis catalana. Desde Antonio Pérez hasta Oriol Junqueras, han sido legión los españoles que han difundido con entusiasmo cualquier nuevo capítulo de la leyenda negra. Nadie ha tachado de “neofranquista” a la democracia española con tanta profusión como ciertos sectores de nuestra política y nuestra cultura. La descripción que hizo recientemente el corresponsal Jon Lee Anderson de los españoles como seres inmaduros, incapaces de afrontar sus pecados (fueran estos, según su relato, las fosas del franquismo o las cargas policiales del 1-O), solo es una actualización del discurso de la memoria histórica; ese en cuya exportación al extranjero colaboraron tantos escritores, profesores y políticos españoles.

O pensemos también en la plataforma mediática internacional que ha tenido Podemos desde que este partido se convirtió en la niña bonita de la extrema izquierda europea. Owen Jones no dice nada acerca de nuestro país que no esté extraído directamente del argumentario de Pablo Iglesias.

La solución a todo esto no es, evidentemente, caer en el chantaje interesado de quienes piden que se cuide la “marca España”. Toda democracia necesita que su ciudadanía esté armada de una predisposición fuertemente crítica, sin la cual resultaría imposible identificar y resolver los problemas del país. Lo urgente es, más bien, evitar el espejismo victimista; ese según el cual nuestros problemas serían obra de un mundo exterior que no nos respeta. Porque a ese mundo, en realidad, le importamos bastante poco. Cuando habla de nosotros es porque le hemos animado a hacerlo, y en los términos que le hemos aportado de antemano.

La batalla de opinión que más urge, en fin, sigue siendo la nacional. Porque el problema no es que algunos belgas o algunos británicos o algunos estadounidenses no se tomen en serio la democracia española. El problema es que no se la crean varios millones de españoles.

Artículo en: http://www.elespanol.com/opinion/columnas/20171117/262853720_13.html

RUSIA, CATALUÑA Y EL GUIÑOL

Artículo de José Carlos Rodríguez publicado en Actuall el pasado día 14

El centro de gravedad de la geopolítica rusa se desplaza hacia el este y pierde valor. De modo que hay que hacer saltar la Unión Europea por los aires.

Uno de los elementos más perturbadores de la presidencia de Donald Trump es Rusia. Lo fue desde el principio, cuando Trump era sólo el candidato republicano que antes o después habría de perder, y él hablaba con aprobación del sátrapa Putin y de Rusia. Luego el escándalo se asoció a la campaña electoral, cuando salieron varias informaciones que apuntaban a una ayuda poco menos que descarada de Rusia al candidato republicano. Luego ya en la presidencia, cuando los medios dijeron que Donald Trump revelaba secretos de Estado a Rusia.

Un funcionario de la Administración señaló que el presidente había compartido con el embajador ruso y el ministro ruso de exteriores “más información que la que compartimos con nuestros aliados”. Tillerson y McMaster lo negaron, pero según parece la fuente de esa información no son los servicios de inteligencia estadounidenses, sino los israelíes. Antes de ello saltó la falsa historia de que los rusos podían chantajearle a cuenta de una visita al país de hace años.

Por último (no sabemos por cuánto tiempo), Hillary Clinton pagó a una agencia para que extendiese el bulo de una confabulación entre Rusia y Trump. Lo cierto es que desde el final de la Guerra Fría, nunca se había oído hablar tanto de Rusia en los Estados Unidos. Pero los Estados Unidos no son el único destino de la ‘bullshit diplomacy’ de Rusia, como la podríamos llamar. Sus ojos miran con especial interés mucho más cerca, aunque casi todo el mundo pilla cerca de Rusia.

Desde la intervención llevada a cabo al alimón entre Hillary Clinton en el Departamento de Estado de los Estados Unidos y la UE en Ucrania, la Unión Europea se ve como un enemigo temible. No es que no lo fuera antes, pues ha demostrado no tener ningún escrúpulo a la hora de aceptar las decisiones democráticas de países como Polonia, Hungría, Bulgaria, Rumanía, los Países Bálticos… de sumarse a la Unión, en contra de las legítimas y autoritarias aspiraciones de Rusia se someterlos bajo su manto. Georgia, Moldavia, Ucrania… están en lista de espera. El centro de gravedad de la geopolítica rusa se desplaza hacia el este y pierde valor. De modo que hay que hacer saltar la Unión Europea por los aires.

La propia Unión Europea lo ha puesto fácil. Ha creado un paraíso para políticos y burócratas en el que los ciudadanos cada vez contamos más para pagar impuestos y menos para tomar decisiones. Y nadie dijo que algo así fuera fácil. Como no lo es crear una moneda común a docena y media de economías, cada una gestionando la macro según su leal saber y entender.

Grecia se deslizó por una pendiente de ineficacia recaudatoria y de gasto improductivo creciente que terminó por conducir al país al abismo. Ahí intervino Rusia, para ayudar a Grecia a que abandonase el euro. No lo ha conseguido, pero no por falta de ganas. Ha intervenido en varias elecciones europeas. El caso más señero es su apuesta, con holgados fondos, por la victoria de Marine Le Pen en las elecciones presidenciales de Francia.

Marine Le Pen ha conquistado lo impensable, pero no lo imposible, que es su residencia permanente en los Campos Elíseos. Apostó por Geert Wilders en Holanda. Lanzó ataques informáticos contra varias webs en Alemania, incluida la del Parlamento. Austria, Hungría, República Checa… En realidad son unos cuantos juegos de artificio, sin mayor relevancia. Porque recurrir a medios desacreditados como RT o crear un Ejército de clones en las redes propio del último Star Wars no son apenas nada en comparación con las fuerzas que deciden en lo que tenemos por democracia.
Rusia ha encontrado en España la grieta por la que puede quebrar, o eso espera, la Unión Europea

Pero Rusia ha encontrado en España la grieta por la que puede quebrar, o eso espera, la Unión Europea. Esa grieta es la que ha abierto el nacionalismo catalán, una forma de cleptocracia autojustificada con una ideología clasista y xenófoba a fuer de progresista. Y, esto no es casual, esa grieta se ha abierto en un proceso que dice ser democrático pero que no lo es en absoluto. Un procés, habrá que decir.

Javier Lesaca, investigador de la Universidad de Washington, ha conducido un estudio en el que ha controlado cinco millones de mensajes. De ese estudio se desprende que hay miles de cuentas en redes sociales, menos humanas incluso que Vladimir Putin, que se apoyaron en medios de propaganda como RT y Sputnik para crear de forma sistemática una imagen negativa de España antes del 1-0, y también después del referenfraude.

Los ataques a la imagen de España estaban dirigidos a azuzar a los españoles que se autoodian con la paradójica razón de que son catalanes. Otras tantas cuentas, que suman otro tercio de las que están en este negocio, son de observancia chavista. Un cuarto lo componen otras cuentas falsas y el resto las oficiales de RT y Sputnik, más un 3 por ciento, sólo un 3 por ciento, de cuentas reales. Entre ellas están los paniaguados de Julian Assange y Yoko Ono.

Es cierto que las guerras se libran en los informativos de televisión y en el resto de medios de comunicación. Y que Rusia lo ha entendido y que asume esta posición estratégica con soviética determinación. Pero también lo es que no es suficiente si no tienes un guiñol con el que puedes representar a parte de la opinión pública, y manipularla desde ahí. Ese guiñol es Podemos. Y Rusia, que sepamos, no ha dado el paso de convertir a Pablo Iglesias en el Lenin español; es decir, en un líder financiado a manos llenas por una potencia extranjera que puede desestabilizar al país. Eso lo han hecho Venezuela e Irán, eso sí, dos aliados de Rusia.

Nuestro mal es su bien, y cuanto antes lo asumamos, mejor para España. Y peor para Rusia.

Artículo en: http://www.actuall.com/criterio/democracia/rusia-cataluna-guinol/


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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