Antaño y hogaño (IV) -2- Período de edad intermedia o escolar

Por Carlos de Bustamante

( Niños. Acuarela de Susana Baldis en Hispacuarela de Facebook) (*)

Según os relato, mis amigos y probables únicos lectores, sucesos de un niño en las diferentes edades y en esta intermedia o escolar principalmente, seguro que se os amontonan los recuerdos de antaño y que tanto se añoran hogaño. Recuerdos que nunca deben ser de tristeza –aún con añoranzas- sino con la alegría de haberlos vivido contemplando a nuestra edad, que, con luces y sombras la vida siempre es un don de Dios inestimable.

Mientras lo pensáis, vuelvo a retomar donde dejamos al “niño” en la primera clase elemental en el colegio de Nuestra Señora de Lourdes. Aunque tanto antaño como hogaño los padres son los primeros y más importantes educadores, ahora les digo como la educación de todo orden recibida en casa (ya llegará cómo), se complementaba “divinamente” en aquel “santo Cole” de antaño y es de suponer (¿será mucho suponer?), hogaño. Novedad: había que cuidar la limpieza de la ropa. Los blusones si no idénticos, si parecidos, eran el uniforme en aulas y patio; en juegos durante el recreo y en las clases. Y también novedad: era obligatorio dejarlos ordenadamente colgados en los percheros cuando finalizaba el horario escolar. Y lo hacíamos… casi siempre. En el recreo y juegos.

En el patio, aún de tierra, los niños, muy niños, desahogaban los ímpetus propios de varones recios. Mientras el hermano Bruno vigilaba, la pelota ora subía a lo alto, ora golpeaba la ventana de la “clase” protegida con tela metálica. Nuestro niño, destacado sólo en lectura, era campeón en el patio. Acostumbrado a no parar en el campo, la tierra del patio le traía los aires de la terrible estepa, y fuera de portero en portería simulada con límites improvisados, fuera en ataque, golpeaba de tal forma el “esférico”(¿) que gracias al blusón y al Ángel de la Guarda, no llegó nunca a causar un estropicio…importante. Nombrado el Ángel, no podría pasar por alto cómo suave y naturalmente iban calando en el alma del niño las oraciones que el hermano Bruno siempre comenzaba cada clase. Aunque no las entendiera mucho las añadió al repertorio de las aprendidas en casa de labios de su madre; la que por las forzosas y prolongadas ausencias hubo de hacer durante años de padre y madre. Tampoco las normas, elementales, claro, de cortesía y educación escolar. Porque de la doméstica, una profesora insustituible, formaba a su prole, mejor que el mejor de los hermanos-profesores.

Parecerá ridículo hogaño, pero inolvidables de por vida las enseñanzas de antaño: “¡Ave María purísima”… ¡ a coro, cuando el hermano entraba en la clase. Y ¡”usted lo pase bien”… cuando marchaba. Así un día y otro día, la costumbre se hizo hábito y con el trato siempre de usted, el niño aprendió, sin queriendo, a querer y respetar. Lo que aún no se explica por qué, era como el Ave María purísima le salían solos y con especial cariño cuando en la capilla “se lo decía” a la Virgen de Lourdes que destacaba, preciosa en lo que llamaban retablo. Como los niños aún eran muy niños, las oraciones al comenzar la clase eran muy breves y al principio ininteligibles. Señal de la cruz al signar y santiguar y una sola Avemaría. Los años y en la propia casa harían el resto.

Les cuento: en el “dormitorio de las camas doradas” para dos de los niños hermanos con poco más de un año de diferencia en edad, había un cuadro enorme, el que hoy adorna el dormitorio del matrimonio anciano, que representaba éste en linotipia al Niño de la Concha que pintara, impresionante, el gran Maestro Murillo.

Cuando los niños caían rendidos en la cama, a diario entraba su madre para darles el beso de despedida; pero antes, y siempre, recitaban con ella: “Cuatro esquinitas tiene mi cama/ cuatro angelitos que me la guardan/ dos a los pies dos a la cabecera/ y la Virgen María que es mi compañera”. O bien y para variar: “Jesusito de mi vida eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón. Tómalo, tuyo es, mío, no”. Tampoco les era extraño: “Jesús, José y María os doy mi corazón y el alma mía”. Oraciones que, creado el hábito, los niños de antaño, recitan con pleno sentido hogaño. Lo normal era, que con las luces apagadas, el Niño de la Concha velase su sueño hasta el Ave María Purísima de por la mañana. Salvo uno de los niños, que, propenso a los catarros bronquiales que recibía friegas balsámicas en el pecho con alcohol de romero y unos minutos bien tapado “para sudar”, casi nunca era preciso repetir la llamada. Disciplina de familia numerosa en casa, que se completaba luego en el santo cole. Con o sin los deberes hechos, vuelta cada día por delante de la Academia de Caballería con los sacos terreros aún en las ventanas.

El niño pasó a la clase siguiente, segunda elemental, y a la vez que a lo ancho y alto, creció en el aprendizaje de las diversas disciplinas. Ahora era el hermano Enrique quien las impartía: un fraile “babero” francés que, casualmente, también había sido profesor del padre de la criatura. Junto a la lectura, comenzó el calvario de las matemáticas. Y Con ellas algún que otro suspenso en el boletín de notas. No obstante y gracias a las clases particulares del mayor de los hermanos, algo sí aprendió. O sea casi todo menos la bobada ésa de los números primos…

Aún en tiempos de guerra, el niño salió belicoso; y, mejor que las cuatro guerras, aprendió el arte de la guerra, leída en todos los números del guerrero del antifaz. Ocasión tuvo de practicarlo en el patio del colegio primero y en el patio de las casas militares-donde vivía- luego.

Uno de los juegos durante el recreo era el que con pelotas de trapo y pequeños escudos de madera, se enfrentaban “blancos y azules”. El niño no recuerda cuál se le daba mejor; si lanzar la pelota como un bólido sobre el “enemigo”, o parar con rara habilidad el pelotazo que venía sobre un blanco nada pequeño por cierto. Pronto destacó en una asignatura que nada tenía que ver con el horror de tantas sumas restas, multiplicaciones o divisiones ¡con decimales! Con aceptación sumisa de la reprimenda en casa, no dejaba de preguntarse en su interior: Decimales ¿para qué…?¿Acaso eran necesarios para vencer al enemigo? ¿Necesitaría decimales su padre para ser el jefe del Servicio de Información artillero en el frente de Andalucía?, ¿o su santa madre para que nada les faltase a sus hijos…? ¿Qué decimales ni qué niños muertos (¿) necesitaba él para capitanear los pelotazos entre blancos y azules?

Y siguió devorando libros. En el dormitorio de las camas niqueladas de los hermanos mayores, instaló su madre una librería enorme. Como el espacio es pequeño de la página presente, será en IV – 3- donde podrán seguir mis amigos y únicos probables lectores, y si Dios, claro, es servido, la vida y milagros del niño.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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