Antaño y hogaño (VI). 4. Período de la juventud

Por Carlos de Bustamante

( Carga de Alcántara, 1921. Óleo de Ferrer Dalmau) (*)

Les dije que en éste trataría de “valores”. Lo hago con el convencimiento de que es en el presente período cuando nuestro joven tuvo la ocasión y oportunidad de aprenderlos, vivirlos y practicarlos. Como no casualmente su profesión-vocación fue la milicia, he de seguir en el mismo ambiente donde nos diga de valores. Consciente de que no son exclusivos de tal profesión, que también lo es de quien se lo narra, con conocimiento de causa les puedo decir que vocación, valores y virtudes son patentes en muchos –ojalá en todos quienes fueron llamados a esta “religión de hombres honrados” (Calderón de la Barca dixit)-.

Porque al comentar de valores y virtudes dispongo de un guión difícilmente superable, nuevamente recurro a él. No es otro que el de la conferencia impartida a Caballeros Cadetes, jóvenes por tanto, por nuestro foramontano Javier Pardo. El entrañable amigo y compañero de Promoción al que agradezco muy mucho ponerla a mi disposición. Lo hago entresacando unos párrafos concretos tras otros muchos en que trata fundamentalmente de valores.

…“Como militares, tenemos una ventaja. Los valores cristianos y los valores militares están tan próximos, que el militar no tiene que forzar apenas la máquina para pasar de unos a otros. Pero también debe ser consciente del profundo valor ético de su profesión y ser fiel a ella siendo fiel de verdad a su vocación de servicio.

Como mando ha de transmitir estos valores con la palabra y con el ejemplo. Dentro y fuera del ambiente militar ha de dar testimonio valientemente, con naturalidad. Debe ser un hombre de su tiempo, bien preparado militar y religiosamente, ser activo, estar abierto a todo y a todos. Debe atender a los signos de los tiempos y desenvolverse sin complejos y con soltura en cualquier ambiente. Debe compaginar la firmeza con la capacidad para comprender y para amar. Ha de ser capaz de ablandar su corazón.

Este espíritu debe ser ejercitado día a día. No se puede esperar a que llegue el momento de la verdad para demostrarlo. Como el atleta, el militar tiene que prepararse con el esfuerzo diario. Para ello os propongo una receta bien sencilla: practicad las virtudes que os propone vuestra profesión; unas virtudes que se parecen a las que nos propone la iglesia como dos gotas de agua. He aquí las llamadas virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Fe, tan próxima en alguna de sus acepciones a lo que nosotros llamamos voluntad de vencer; esperanza, equiparable al espíritu que sostiene nuestra moral; caridad, tan en la línea del compañerismo, del respeto al enemigo, y, sobre todo, del amor a la patria. Y las cuatro virtudes cardinales, es decir, prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Ahí es nada. Fijaos qué receta es ésta para el buen mando; la expondré despacio, pausadamente, para que cale en vuestros espíritus: prudencia, justicia, fortaleza, templanza. Recordaba el año pasado que cuando era Teniente en el Regimiento de Artillería nº46 de Vitoria, estas cuatro virtudes me interpelaban desde cada una de las cuatro paredes de la sala de los consejos. Años antes de que yo fuera al Regimiento, mi padre, siendo Coronel, las había mandado colocar allí. Y para mí eran una impresionante lección silenciosa.

Pero la identificación de los valores militares con los religiosos va todavía más lejos. Porque, ¿qué es el espíritu de sacrificio? Generosidad pura en la actitud para la acción. Es la esencia misma del ascetismo. Esta virtud da una dimensión especial al hombre, porque no consiste simplemente en la resignación ante las dificultades, sino en una disposición consciente que va más allá de su aspecto funcional como condición para alcanzar lo que es nuclear en la vida del soldado, es decir, para el cumplimiento de la misión por encima de todo. Se convierte así en una actitud, un valor, ante la vida.

Y en el fondo, ¿en qué se sustenta nuestra vocación? Ya os di mi versión: nuestra vocación es, en su esencia, la aplicación de una opción vital por el servicio a los demás a una escala de valores en la que la Patria aparece como algo a lo que vale la pena dedicar toda una vida, porque es nuestro patrimonio común. Naturalmente, esta Patria se ensancha a medida que el mundo se va quedando pequeño, y servirla es también comprometerse en la defensa de los principios y los valores en que se basa nuestra civilización. Pues bien, ¿no es esa actitud de servicio algo trascendente y hermoso, algo entroncado directamente con el amor al prójimo? Esto lo ha entendido siempre muy bien nuestro Papa actual, Juan Pablo II, nacido, como dije antes, en el seno de una familia militar, y militar también él mismo durante su época de juventud.

¡Qué importante es para un militar entender todo esto para dar verdadero sentido a lo que hace! ¡Y qué triste sería que convirtiésemos nuestra profesión en esa especie de funcionariado que nos proponían algunos políticos malintencionados o cortos de vista! Mantener el estilo y la esencia de nuestra profesión es una tarea que, como la del mantenimiento de ese bien precioso que es la fe, requiere asegurar el relevo de la antorcha de generación en generación. Si una generación se descuida, la antorcha puede apagarse. Ahora os toca a vosotros, que acabáis de coger la antorcha entre vuestras manos”.

Aunque expuesto lo anterior, mejor sería, digo, permanecer callado, se me ocurre sólo preguntar: ¿Es que sólo en la milicia se pueden vivir los que hemos denominado valores? Por supuesto que no; y no me lo digan porque les oigo. Sería bueno entonces que expusiera diferentes tipos y formas de valores que pueden darse, y se dan en cualquier profesión u oficio honestos, sanos. Como ya me alargué demasiado, será en el próximo, si Dios es servido donde el que ya no es joven pueda detallarlo.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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