Huellas de la Caza X. De galgos y liebres

Por Hilario Peraleda Navas. Introducción de José María Arévalo

( Tras la liebre) (*)

Tras dos sesiones ‘bailando con lobos’, Hilario Peraleda baja hoy el diapasón y se detiene en cosas menores como la liebre y el galgo. También sobre estos dos animales existe gran profusión de dichos que ponen de manifiesto no solo la real y mala relación entre ellos, sino otra figurada o metafórica de los mismos con el hombre. No por sernos casi familiares ambos –explica Hilario Peraleda-, estará demás indicar algunas de sus características que puedan resultar curiosas y, de paso, sea conveniente recordar.

“El galgo es un perro de caza, de raza tipo lebrel; de buen tamaño, línea esbelta, musculatura potente y pelo fuerte, fino y corto o duro y semilargo, que por sus condiciones y velocidad que desarrolla se le destina, principalmente, a la caza de liebres en carrera de rápida persecución y guiándose a la vista. Es un animal de carácter serio y egoísta, que solo manifiesta afecto a su amo, llegando a tolerar que le acaricie un desconocido sin demostrar por ello complacencia alguna. Orgulloso y altivo, no quiere que se le descuide. Cuando algo le afecta, su corazón late con fuerza y tiembla todo su cuerpo.

El origen de la caza de liebres con galgos se pierde en la historia; aunque se sabe que los romanos en la época imperial ya la practicaban en España. Flavio Arriano ya escribió sobre carreras de galgos, que luego recogería el Duque de Nowork en el primer reglamento. Los galgos que se emplean entre nosotros para este menester son el español, el inglés y el que resulta del cruce de ambos. El primero es más resistente y el segundo, más veloz. Con los cruces de las dos razas se busca un perro con las dos características. De esta mezcla suelen surgir perros de capa gris o marrón, mientras que los colores más frecuentes de los dos primeros son los barcinos y atigrados más o menos oscuros; también negros, barquillos (color arena), tostados, canelas, amarillos, rojos, blancos, berrendos y píos. Se insiste en su carácter serio y retraído; aunque en la caza exhibe mucha energía y vitalidad. No laten jamás las piezas que persiguen, lo que explica que, en Andalucía, cuando se les suelta tras una liebre, les llamen la ‘cofradía del silencio’. El nombre galgo proviene del latín vulgar gallicus, abreviación de canis gallicus, perro de Galia, así llamado por el gran desarrollo que alcanzó en la Hispania romana la caza con estos perros traídos del país vecino.

En campeonatos y competiciones oficiales en campo, no pueden participar con menos de 16 meses de edad. Para que una carrera sea válida debe durar un mínimo de 55 segundos. Para ser ganador y pasar a la siguiente eliminatoria, tiene que ganar dos carreras válidas. Para puntuar la carrera se tiene en cuenta: velocidad, resistencia, pase, alcance, guiñada y muerte. Se califica como ‘galgo defendido’ el que es relevado de correr junto a otro en la primera eliminatoria por pertenecer ambos al mismo propietario, sociedad o provincia. Esta medida debe llevarse a cabo en el momento del sorteo de colleras. ‘Galgo exento’, el que, por cualquier circunstancia natural o accidental, no tiene contrario para formar collera en su eliminatoria. Habrá de correr solo o con otro galgo que no sea de la competición. ‘Galgo sucio’, el que recorta en su recorrido tras la liebre; si participa en una competición oficial es des- calificado. Cuando acaba su etapa útil en la caza o en las competiciones, suele destinarse como mascota en varias naciones europeas y en España no se le debería maltratar o abandonar, como ocurre con frecuencia, sino llevarlo a un Centro de acogida.

La liebre es la especie de caza menor menos estudiada y conocida de las tres clásicas, siendo las otras dos, el conejo y la perdiz. También, menos abundante que ellas y su carne, igual- mente, menos apreciada; aunque, en épocas de escasez, una liebre suponía una gran ayuda y soporte para el sustento familiar en hogares pobres. Covarrubias escribe: “La carne de la liebre es melancólica y por esta causa recoge la sangre crasa y causa en el rostro serenidad y buena tez y por esto dicen algunos que los que la continúan comiendo, se paran hermosos” y sigue: “Debió ser antiguamente bocado de buen gusto y regalo la carne de la liebre; aunque ahora no es tenida tanto”. M. Poncio Catón, ‘El censor’, en su tratado ‘De re rustica’ afirma que la liebre hace dormir mucho al que la come. Cada vez más, su caza supone un complemento secundario de la que se dedica a otras especies, excepción hecha de la que se practica con galgos, que no solo se conserva, sino que se encuentra en auge, con el espíritu deportivo que la caracteriza.

Su hábitat son los espacios llanos y abiertos, eriales, pastizales y terrenos de labor y cultivo, con manchas próximas de matorral que le sirven de alimento y de refugio frente a sus predadores. Tampoco desdeña el monte, sobre todo en invierno y cuando es acosada. Hay quien cree que le agrada el clima frío, porque en los meses de diciembre a febrero se la encuentra en las inmediaciones del agua cuando es lo contrario. Busca esos lugares, huyendo del frío; porque allí no nieva ni se hiela el rocío. Vive en solitario, salvo en tiempo de celo y durante la noche, que es cuando despliega su actividad, retirándose al amanecer para encamarse durante el día. No entra en competencia con los conejos por el territorio ni por el alimento; aunque ambos tengan una dieta similar y compartan los mismos parajes. Puede vivir 12 años; pero pocas llegan a viejas. Su vida media alcanza los cuatro y en lugares de caza se reduce a la mitad. Se reproduce a lo largo de todo el año, si bien con intensidad variable según la estación, correspondiendo la máxima entre febrero y septiembre. La gestación dura 40-42 días y lo más llamativo de su ciclo reproductor es la superfetación. Tras la cópula, las hembras son capaces de retener esperma viable para las sucesivas fecundaciones. La implantación diferida de óvulos fecundados sin cópula previa inmediata, conlleva la existencia de hembras preñadas con embriones en diferente estado de desarrollo. Esto se explica porque la primera cópula induce la ovulación y los óvulos se fecundan con el esperma retenido. También es frecuente encontrarse hembras con embriones y lebratos lactantes al mismo tiempo. Las hembras tienden a ser de mayor tamaño que los machos. El peso medio es de 2,3 y 2,15 kg respectivamente. Capaz de alcanzar gran velocidad y dotada de gran resistencia y buen conocimiento del terreno, centra su defensa en la carrera, cuando salta y en el mimetismo que le proporciona su pelaje con el entorno, cuando se queda. Animal tímido y de reacciones imprevisibles. Se dice de ella que es cobarde en el campo (algunos dichos hay en este sentido) y no es cierto; es un animal fuerte, valiente y limpio, que acomete en cautividad y lucha, para defenderse, contra las aves rapaces que la atacan, particularmente azores, a los que a veces hieren a base de ‘zapatazos’, quebrándoles un ala y haciéndoles abandonar.

Sobre su alimentación se asegura haberla visto comer carne muerta, cosa que no comparto; porque su dentadura es conforme con el diseño de la correspondiente a los roedores y alejada de la de los carnívoros. Lo que sí ocurre es verla salir de lugares donde hay restos de animales muertos adonde acude a comer la hierba que nace y crece más fresca y jugosa junto a la carroña o carcasa de ellos o bien a impregnarse de su olor para disimular el propio y así despistar a los enemigos que la buscan por el olfato. Muy extendida está la creencia popular de que tiene un sueño pesado y profundo y además lo hace con los ojos abiertos o, al menos, con uno de ellos. Al respecto cuenta Covarrubias: “La liebre duerme abiertos los ojos y a esta causa piensan algunos averse dicho en griego lagós y así, cerca de los egipcios fue símbolo de la vigilancia”.

De forma general y coloquial se le dice ‘beata’ por la postura de rezo que adopta en la cama, juntando las manos. Rabona, orejona y rabuda, aludiendo a las dimensiones de esos apén- dices. Atendiendo a la edad son: lebratillos, mientras maman; lebratos, a los tres meses; medias liebres a los seis; liebres tres cuartos, a los nueve; liebres hechas, al año, aunque sean adultas a los siete u ocho meses; liebrastón es la liebre nueva grande. Otros nombres que le dan: lebrón, al macho y vejentona a la hembra; matacán a la liebre vieja y avispada, gene- ralmente macho, que sabe zafarse de los perros; farnaca, en Lérida y Aragón.

De muchos otros aspectos de la vida de estas dos especies podría hablar; pero tiempo es de dejarlo para dar paso a lo que primero dijo sobre ellas, fruto de la observación y la experiencia, el pueblo llano y sencillo y más tarde recogieron nuestros más insignes paremiólogos en sus refraneros, no sin antes aclarar que se repiten, casi idénticos, con ligeras diferencias, un montón de ellos sobre el mismo asunto y que, por ello, solo se glosa el más representativo de cada grupo.

A la corta o a la larga, el galgo a la liebre alcanza (mata). Manifiesta que, por regla general, el más fuerte sale vencedor. En este caso el refrán se basa en la velocidad que adquiere el galgo, como perro lebrel, para indicar que, con el tiempo, la superioridad logra su propósito. Advierte que, aunque por un momento, se trastoque la lógica de los hechos (aquellos en que la liebre toma ventaja), siempre suceden de un modo natural, como al final nos dice la paremia. Con firmeza, tenacidad y perseverancia se resuelven las dificultades y se consigue todo lo que nos proponemos. El dicho anima al hombre a insistir y mantenerse en sus trece a la hora de buscar el logro de su propósito. A su vez pondera y alaba el trabajo tenaz del que no ceja en su empeño, sino que de forma continua se ocupa en aquello que espera y desea ver coronado por el éxito. El trabajo paciente, llevado a su fin sin estridencias ni aspavientos, logra siempre los resultados apetecidos.

Otros similares que se explican de igual modo: A la larga, el galgo a la liebre mata. A la luenga, toma el galgo a la liebre. Aunque mucho corre la liebre, más lo hace el galgo; pues la prende. Mucho corre la liebre; pero más el galgo, que la prende. Mucho corre la liebre; pero más el galgo, que la alcanza y toma por el rabo. Por mucho que corra la liebre, más corre el galgo; pues la prende. A carrera larga, la liebre es del galgo. Este último como premio a la constancia, reiteración y esfuerzo que se requieren para el logro de empresas difíciles, como lo es, sin duda, para este can tal disputa. Alude a la mayor resistencia que tiene el galgo respecto a la de la liebre y que queda patente cuando la carrera es larga, circunstancia que facilita que, casi siempre, la liebre sea apresada.

Relacionados con esa necesaria resistencia tenemos los siguientes: A carrera larga, cada galgo se queda en su puesto. Es decir, al final o pasado el tiempo, brilla la verdad. En tramos cortos o breve tiempo, se puede engañar; pero después todo se aclara y queda en su sitio, como ocurre a menudo con los galgos que van tras la liebre. Al principio de la carrera suelen adelantarse los flojos o de escasa fuerza; pero al final se imponen los poderosos. A carrera larga, galgo de fuerza. Con lo de fuerza apunta a esas condiciones o características de resistencia, aguante y empuje que el perro necesita para alcanzar a la liebre en una prueba dura. Puede aplicarse a quienes se empeñan en triunfar en cualquier empresa a base de su propio esfuerzo. A carrera larga, galgo de riñón. Resume esas condiciones en la expresión ‘galgo de riñón’, es decir, riñón fuerte y sano; por ser en este órgano donde primero se acusan los esfuerzos que se hacen.

Dar gato por liebre, no solo en las ventas suele verse. Advierte que el engaño acecha. Se emplea cuando se engaña en la calidad de una cosa, dando otra peor, que se le parece y ha venido a ser expresión de todo aquello que, bajo apariencia de legitimidad, esconde fraude. Sobre este dicho Covarrubias comenta: “Está tomado de los venteros de los cuales se sospecha que lo hacen a necesidad y echan un asno en adobo y lo venden por ternera”. Por eso los comensales en tránsito de aquella época (principios del XVII) en la que solían presentar encima de la mesa, guisado, un gato haciéndolo pasar por liebre o cabrito, antes de atacar la vianda servida y puestos de pie, recitaban en chanza y en plan de chufla aquello de: ‘Si eres cabrito, mantente frito; si eres gato, salta del plato’. Obviamente siempre era cabrito o liebre. Es habitual decir solo la primera parte.

También se usan otras formas: Meter gato por liebre. Vender gato por liebre. Donde todo se hierve, igual dan gato que liebre. Cuando todo se hierve, te pueden dar gato por liebre. Apuntan a la confusión que favorece a los truhanes en perjuicio de las buenas gentes. Confusión y pillería para medro de los pícaros. Véndese el gato por liebre, con su pebre. Pebre es una salsa que se prepara con pimienta, ajo, perejil y vinagre y se añade como condimento. Los de Portalegre, venden gato por liebre. El ventero de Portalegre, que vendía gato por liebre. Portalegre es una ciudad portuguesa en la región del Alto Alentejo, próxima a la frontera con España y a 30 km de Valencia de Alcántara (Cáceres). Tomar gato por liebre. Significa equi- vocarse al aceptar una cosa inferior creyendo que es de superior o mejor condición.

La idea que prevalece en el grupo siguiente es el fracaso y correspondiente castigo que sufren los muy imprudentes y codiciosos en cualquier aspecto de la vida. Para ser más eficientes, recomiendan no atender varias cosas a la vez, ni siquiera dos, sino una tras otra; porque quien trabaja simultáneamente en varios asuntos, es probable que no los remate y si lo hace, será de mala forma. No se puede poner todos los sentidos en dos cosas al mismo tiempo, por ser muy difícil controlarlas bien y exponerse a perderlo todo en el intento. Como ejemplos de ellos tenemos:

Quien corre tras dos liebres, ninguna prende. Quien dos liebres quiere alcanzar, sin ambas se suele quedar. Quien dos liebres quiere, quiera Dios que sin ninguna se quede. Quien dos liebres sigue, tal vez caza una y muchas veces ninguna. Quien sigue dos liebres, ambas pierde. Quien sigue dos liebres, ninguna prende. Galgo que a dos liebres corre, a ninguna coge. Galgo que muchas liebres levanta, ninguna mata. Galgo que va tras dos liebres, ambas las pierde. Galgo que va tras dos liebres, sin ninguna vuelve. Se dice, con uno u otro, del que por codicia quiere abarcar más de lo que le corresponde. Cuando la atención del hombre está dividida entre dos objetos, rara vez consigue alguno de ellos. También se suelen aplicar al galán que tiene varias novias. Todo lo contrario expresa este: Quien sigue la liebre, ese la prende (mata), caso particular de: El que sigue la caza, ese la mata. Es decir, consigue el éxito aquel que persevera y es constante, con sensatez y prudencia, sin ambición ni desmayo y sin nada que le distraiga, en la búsqueda de su objetivo.

Buscar mendrugos en cama de galgos. Hacerse ilusiones o pretender hallar una cosa en donde es imposible encontrarla y también acudir en la necesidad a otro más necesitado. Cama de galgos es una frase coloquial con la que se señala la que se encuentra sucia, revuelta, des- baratada y mal acondicionada. Se usan en situaciones parecidas los siguientes: ¿A cama de galgos a por corruscos? Es conocido que, en otros tiempos, el galgo se mantenía a base de corruscos; así se manifiesta en este otro: En febrero veinte pies salta la liebre en el sendero; pero si al galgo le dan pan duro, salta veintiuno. De la antigua y errónea creencia de que los perros, solo con corruscos se hacían más fuertes y más corredores; claro, era lo que había y no otra cosa; así que, si no los comían, enflaquecían y no corrían o corrían poco. Por el contrario, dada su delicadeza, no tardan en enfermar por desnutrición y falta de alimentación adecuada. Hoy se les cuida y alimenta de forma equilibrada. ‘En cama de galgos, más fácil es hallar pulgas que mendrugos’. ‘En cama de galgos, no busque liebres’. ‘En cama de galgos, no busques mendrugos’. ‘En cama de galgos, pocas cortezas’. ‘Quien en cama de galgos busca, no hallará más que pulgas’. ‘En cama de galgos, como no sean pulgas ¿quién puede hallar algo?’ Por el hambre y la falta de cuidados e higiene que antiguamente padecían estos animales. Hoy no tienen justificación estos dichos, salvo que se empleen en su forma coloquial.

Por aquí han pasado los galgos. Se cuenta que cierto doctor tenía dos lebreles que le había regalado un amigo ante promesa de no deshacerse de ellos bajo ningún pretexto. Fiel a su palabra, cuando tenía que salir de casa los dejaba encerrados en su despacho y como los perros se aburrían en su cautiverio, tomaban venganza sobre los malhadados manuscritos de su amo, saltando sobre la mesa donde estos se hallaban esparcidos, arrojándolos al suelo y desgarrando páginas enteras. Llegado el momento de la impresión, a los manuscritos no había por donde cogerlos: aquí, una laguna de muchos párrafos que hacía imposible la ilación de ideas; ora lo que, a toda prisa, sustituía el autor no concertaba con lo que antes había escrito; la expresión cortada por el diente censor de los canes no volvía, a veces, a ofrecerse a su memoria siendo necesario reemplazarla del mejor modo posible. Así es que, cuando los amigos del doctor encontraban en sus obras alguna proposición oscura o mal demostrada, cuando notaban alguna omisión o se escandalizaban por alguna incoherencia, no podían por menos de exclamar: ¡Por aquí han pasado los galgos!

De casta le viene al galgo el ser rabilargo. La casta es la descendencia. Ser de buena casta es tener unos antepasados ilustres y ser de mala casta equivale a tener orígenes oscuros. Los hijos suelen parecerse a sus padres y los de los cazadores no constituyen la excepción. Apunta a las buenas cualidades o costumbres transmitidas por tradición popular; pero en este caso, más bien al contrario, expresa que los hijos suelen heredar las flaquezas de sus padres. Así lo recoge de El Comendador, primero el DA: “Refrán con que se significa la propensión que los hijos suelen tener, como heredada, a los vicios y defectos de los padres, asemejándose a ellos en esto como en las propiedades y señales corporales”. Después Pérez Galdós, al escribir sobre ‘Amadeo I de Saboya’ y luego Delibes en ‘Cinco horas con Mario’.

En resumen, podríamos decir que cuando solo se usa la primera parte del dicho, sirve de elogio al agente en cuestión; pero si la expresión se completa se le da un sentido negativo, que se contradice con otros que señalan como una característica deseable en estos perros que posean este apéndice cuanto más largo mejor. Así lo manifiesta este: ‘El galgo, ceñido de lomo y de cola, largo’, empleando cola por rabo; pues sabemos que ‘rabo y cola no son una misma cosa; mientras el rabo es pelado (galgo), la cola es pelosa (zorra)’. Esas características de lomo apretado y largo rabo figuran en el estándar del buen galgo y que, en ningún caso, se debe amputar; porque le sirve en la carrera de balancín y timón para seguir los quiebros de la liebre y tomar los giros con más rapidez y seguridad. Sin rabo no podría hacerlo y se caería al intentar girar. ‘El más ruin galgo, tiene el rabo más largo’. Bajo un aspecto calamitoso se pueden ocultar cualidades buenas, como el perro del dicho que guarda una de las mejores para maniobrar bien, como se acaba de ver en el anterior.

Otro grupo de refranes es el constituido por aquellos que reflejan sorpresa o inoportunidad de hechos que no se esperan, por el lugar o el momento en que se producen. Advierten de la conveniencia de permanecer siempre atentos y apercibidos, por cuanto se conoce que la sorpresa ronda por doquier, aconteciendo las cosas que resultan más impredecibles. Veamos:

Donde menos se piensa, salta la liebre. Basado en el mimetismo de este animal que tiene su mejor defensa en confundirse con el barbecho y el rastrojo, donde pasa las horas de luz del día. Da a entender que es frecuente que ocurran las cosas cuándo y donde menos se esperan y avisa de la necesidad de prevenirse para no ser sorprendidos. Alude a la caza de este animal que exige total atención por parte del cazador; pues el lepórido surge de cualquier sitio y su ligereza hace referencia a los sucesos repentinos e inesperados. “Donde menos se piensa se levanta la liebre”, se encuentra en la conversación que mantienen Sancho y la condesa Trifaldi, 2ª Parte, capítulo XXXVIII de El Quijote. ‘De donde no piensan salta la liebre y andábanla a buscar por los tejados’ y ‘Donde no se piensa salta la liebre y andaba sobre un tejado’. Hacen chanza con sorna e ironía, por exageración, de tantos parecidos sobre este asunto y les añaden la coletilla para reafirmar la rareza del hecho y del dicho. ‘Donde el galgo no piensa, la liebre salta o se queda’. Recomienda precaución para evitar descuidos y sorpresas. Se usa cuando determinado suceso, poco probable, acontece de forma imprevista y repentina. ‘Donde hombre no cata, la liebre salta’ y ‘A veces, la liebre salta donde el hombre no cata’. Cata, por mira, busca o registra. ‘Donde menos se piensa, se caza la liebre’. ‘Donde hombre no piensa, salta la liebre’. ‘Donde menos lo espera el galgo, da la liebre el salto’. Sorpresa, por su mimetismo con el entorno. La prudencia recomienda, de paso, evitar los fallos. Más listos que ella debemos andar si queremos cazarla. ‘Cuando más tranquilo está el galgo, salta la liebre’. ‘Cuando menos piensa el galgo, salta la liebre’. ‘Cuando menos se espera salta la liebre’. ‘Levantar (saltar) la liebre’. Frase coloquial con que se indica descubrir alguna cosa de repente o desvelar un secreto. Se dice del que, por azar o de intención, descubre algo doloso y lo saca en público con el consiguiente escándalo. Levantar la liebre es tanto como ‘descubrir el pastel’, dar principio, mover algo de querella o culpa. Está tomado del lenguaje de caza en el que la frase significa ojear o batir el terreno para que el animal se muestre y corra a ponerse a tiro. En la metáfora, la liebre es el secreto y los ojeadores, los bocazas. Si es el perro el que la levanta, este será el vocero que, con sus ladridos, la muestra.

Una figura singular y señera de este mundillo, que no debe faltar en esta sesión, es el hidalgo que, junto a su caballo y al galgo, constituyeron la estampa clásica y tradicional en el tema que hoy nos ocupa. En su recuerdo y como homenaje, a ellos van dedicados los siguientes refranes:

Al hidalgo de aldea que no tiene galgo, fáltale algo. Porque antiguamente, y según tradición, ambas figuras eran inseparables en nuestros pueblos. ‘A lo que te deba el hidalgo, échale un galgo’. Porque no lo reintegrará, es decir, dalo por perdido; porque no podrá pagarlo, dada la situación económica a la que se vio abocada esta denostada clase social. ‘Caballo, galgo e hidalgo, bueno y no mediano’. Porque los dos primeros hacen el mismo gasto y el mal hidalgo es molesto. ‘A un pobre hidalgo, tres cofradías y un galgo’. El dicho refleja la citada situación de escasez en la que se encontraban estos personajes, de los que el perro y los hábitos de cofrades eran los mejores representantes de su exhausta hacienda. ‘El hidalgo, el gavilán y el galgo, con un papo, harto’. Denota que les bastaba una pequeña ración de comida para tenerlos satisfechos y así, cumplir con sus obligaciones. Papo, porción de comida que se da de una vez al ave de cetrería. Se dice como una prueba de sobriedad a la que, por necesidad, estaban acostumbrados. “Mis ejercicios son el de la caza y pesca; pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino algún perdigón manso o algún hurón atrevido”. Cervantes en El quijote. Lo contrario ocurriría si tomaran la comida en demasía, como se dice en: ‘Galgo lleno y liebre vacía, no hay cacería’. ‘Galgo, hidalgo, negro y judío, siempre están muertos de frío’. Porque les viene de naturaleza. El perro, por la gran extensión de su piel que disipa bien el calor, junto a su clásica delgadez y a su corto y ralo pelaje que no le proporcionan abrigo alguno. El hidalgo, por causas parecidas, delgadez, falta de alimento y abrigo. El negro que, por razones genéticas y de clima de origen, no se adapta bien al nuestro. El judío, por su carácter y forma de vida que le hace comer poco y abrigarse menos para ahorrar más. ‘Hidalgo de aldea sin galgo, no parecería hidalgo’. Es la imagen que nos queda de estos señores en los pueblos donde residían que, habiendo ido a menos, conservaban como signo de distinción y respeto su galgo y los que podían, su caballo; aunque fuera a duras penas. Por esa razón no se concebía a uno u otro sin la presencia simultánea de ambos. En su ayuda acude el siguiente que lo confirma: ‘Hidalgo que tiene un galgo, ya tiene algo’.

Hidalgo es D. Juan, como un gavilán; mas no hay pan. Se dice de aquellas personas agradecidas a sus bienhechores en comparación con lo que hace esta ave según el dicho: ‘Hidalgo como el gavilán’, ya tratado en otro artículo de la serie. No faltan críticos que ven en este, atisbos de burla hacia los nobles venidos a menos. ‘Hidalgo, hidegalgo’. Se decía por la tradicional y consabida pobreza de esta antigua clase social. ‘Hidalgos y galgos, secos y cuellilargos’ y ‘Rocín de hidalgo, seco como un galgo’. Responden al perfil que de ellos se tiene. Nuestros hidalgos, por lo general, distaban mucho de nadar en la abundancia, por lo que mantenían sus caballos con una dieta tan estricta como la suya y lo mismo ocurría con sus perros. Otro que no les deja en buen lugar es: ‘Rocín, hidalgo, galgo y gorriones, cuatro malas generaciones’. ‘Ni ruin hidalgo, ni ruin galgo, ni ruin letrado’. La parte final del dicho quizás manifieste el rechazo o lo desagradable que resultaba tener trato con las gentes de este gremio si no contaban con la acreditada reputación. Las dos primeras, por formar un tándem clásico y en decadencia según la sociedad actual. De ambas valoraciones saldría el mencionado rechazo; pues lejos de dar fama, contribuyen a hacer perder la nuestra. La expresión inicial se deriva de la estima y alta consideración en que se les tenía a ambos como dignos repre- sentantes de la nobleza y de la raza de sus respectivas estirpes; aunque fuera en los escalones inferiores de las mismas y en el tramo final de su vida, alejados ya de cualquier trabajo y resig- nados a dar cortos paseos, tomar el sol durante el buen tiempo o consumir este al amor de la lumbre en el invierno. La fina estampa que ambos nos ofrecen, siempre juntos, merece nuestro respeto y cariño. ‘No hay galgo ruin’. Condena la reprobable y brutal costumbre, por injustificada, de abandonarlos o matarlos, ahorcándolos o ahogándolos cuando dejan de ser útiles. ‘Ni a tu puerta hidalgo, ni en tu casa galgo’. Aconseja no convertir el lujo en necesidad (algo que, por otra parte, es habitual actualmente) y anima a saber prescindir de lo superfluo o innecesario. Otros lo interpretan, más ceñidamente, como si los perros no son convenientes en las viviendas, ni los mozos rondándolas cuando hay doncellas que guardar.

Yo os juro señor hidalgo que no mataréis más liebres con ese galgo.‘Con ese galgo, no mataréis más liebres’. ‘Con ese galgo, otra liebre habéis matado’. Dejan traslucir la ineptitud y desconfianza de quien nos engañó y pretende repetirlo con el mismo embuste y traza, advirtiéndole que no lo conseguirá, ni le servirá de nada; porque el que fue sorprendido una vez en su inocencia, probablemente no volverá a reincidir (lo de la zorra escarmentada de la fábula: ‘Caer la primera vez fue inexperiencia; caer otra sería estupidez’). ‘El galgo y el hidalgo, solo en el nombre tienen algo’. Manifiesta la gran diferencia que existe en su comportamiento, egoísta y huraño en el lebrel, noble y generoso el de sangre ilustre. A pesar de lo cual, la imagen que ambos transmiten es la de compañía inseparable que los dos se hacían, como se constata en el siguiente: ‘El galgo y el hidalgo y la taleguilla de la sal, junto al fuego los buscad’. El refrán nos ofrece la escena más conocida y tierna de estos dos personajes retraídos, al tiempo que siempre unidos, al amor de la lumbre en las frías noches del invierno castellano. Aconseja buscar cada cosa en el sitio en que es más probable que se encuentre. Así, la vida reposada y desocupada que, por lo general, llevaban los hidalgos de nuestra tierra, parti- cularmente los de aldea, era la causa de que apenas abandonaran su hogar como no fuera para asistir a misa, hacer una visita o salir de caza en compañía de su inseparable galgo. El talego, talegón o taleguilla de la sal representa el gasto que exige, diariamente, el sostén de una casa y sabido es que donde más se manifiesta este es en el fuego, fogón u hogar; es decir, en la cocina, en la mesa, en la comida.

A sus querencias, recursos y otras medidas de defensa obedecen los que se manifiestan ahora:

Donde levanta el vuelo la avutarda, la rabona poco tarda. En salir; pues ambas suelen ocupar los mismos parajes. ‘En Adviento, la liebre en el sarmiento’. Aconseja buscarla en esta época, pasada ya la vendimia y aún no podadas las cepas, cuando en las viñas no existe actividad humana; porque debajo de los sarmientos encuentran cobijo, se encaman y pasan el día con relativa tranquilidad. Adviento es el tiempo que media entre el cuarto domingo antes de Navidad y la víspera de este día. ‘En diciembre y enero, la liebre en el reguero’, ‘En enero, la liebre en el reguero’, ‘En enero, la liebre en el tollero’, ‘En el mes de enero, la liebre en el atolladero’, ‘En enero, en el reguero; en octubre, en la cumbre’, ‘En enero, la perdiz en el alero y la liebre en el reguero’, ‘Por enero busca la liebre en los cargueros’, lugares donde se carga la aceituna para llevarla a la almazara. ‘Por enero busca la liebre en los chapuceros (sumideros)’; porque es allí, en los sitios bajos y en los humedales adonde acude a comer las primeras hierbas, muy de su gusto. En los casos anteriores, se juega con reguero, atolladero, tollero, carguero, chapucero, sumidero, etc., como lugares del terreno, cercanos al agua, blandos o encharcados, donde se encaman y, por tanto, donde hay que buscarlas. Cuando el invierno aprieta, se producen las grandes heladas y es en los arroyos, donde suelen crecer las zarzas y juncos que mitigan los efectos de las mismas y bajo ellos se guardan las liebres para prote- gerse. En octubre y sin los rigores del verano, en el que buscan las sombras, se acogen a los altos donde toman bien los aires y dominan mucho terreno. Alero, la parte alta o más elevada de un terreno. ‘En enero y en febrero, la liebre junto al comedero’. En este se aconseja ir a buscarla cerca de donde come. La explicación se justifica en la dificultad que encuentra para desplazarse por los terrenos con agua o embarrados que le suponen tener que mojarse y mancharse, siendo tan curiosa y aseada por naturaleza. ‘En las tierras aradas hace la liebre gatadas’. En ellas suele burlar a los canes que la persiguen y también elige la cama para des- pistarlos, así como a los cazadores cuando la buscan. Parecidos a este son los dos siguientes, que la experiencia, a lo largo del tiempo, confirma: ‘En las tierras de grama, hace la liebre la cama’ y ‘En los raspaderos y en la arada, está la liebre encamada’. ‘La liebre y el sisón, compa- ñeros de cama son’. Lo mismo que con la hermana mayor de este, ya citado. ‘La perdiz donde se cría y la liebre donde le amanece el día’. Hay que buscarlas. ‘Por la sanmiguelada, la liebre embarbechada’. A finales de septiembre suele verse merodeando por los barbechos y encon- trarla después encamada en ellos. ‘Por San Blas, busca la liebre en el bardal’. En este día, 3 de febrero, y sus vecinos, de intenso frío, los animales buscan amparo de él en la maleza y la liebre no es ninguna excepción. Las bardas y bardales son filas de broza y matas que suelen colocarse a lo largo de las lindes o tapias de parcelas o heredades.

La liebre diestra, presto sale a la vereda ‘La liebre vieja, pronto coge la vereda; la nueva, o la matan o se enseña’. ‘La liebre búscala en el cantón y la puta en el mesón’. ‘La liebre y la puta, al pie de la ruta’. Porque se encama en los lugares de los que le resulte fácil salir con ventaja al camino o vereda en donde se defiende mejor; los mesones se sitúan junto a caminos y carreteras y, en particular, en los cruces de ellos; cantón es la esquina, término, linde o remate del terreno donde se busca. Las segundas partes no necesitan explicación. Análogos son los que siguen, en los que cabe hay que tomarlo por junto a. ‘La liebre y la puta, cabe el camino la busca’, ‘La liebre y la puta, cabe la senda la busca’, ‘La liebre y la ramera, cabe la vereda’. Apuntan también a que se acercan a los lugares donde hay trajín de mercaderes y otras gentes. ‘La liebre y la seta, junto al camino se encuentran’. Las setas se buscan y recogen en otoño-invierno en las cunetas y en esa época las liebres tienden a encamarse en esos terrenos, razón del dicho, puesto de manifiesto por los seteros que las levantan. Esta querencia a buscar y recorrer las cunetas de carreteras secundarias, caminos y veredas, se acentúa en las noches lluviosas y con barro y obedece a necesidades de alimento y defensa. El primero lo encuentra en la hierba que crece en los bordes de esas vías y la segunda, en el terreno firme y duro de las mismas, que le permiten correr bien cuando el peligro se le echa encima; pues si lo hiciera por el barro o terreno blando, tomaría con facilidad zapatones por la forma y disposición especial de sus plantas y tarsos traseros, al tiempo que se hundiría por delante, resultando de todo ello gran lentitud y torpeza en la huida. Dice, al respecto, Gerónimo de Huerta en su Traducción de Plinio: “Cuando (las liebres) huyen de los galgos, procuran las sendas tiesas y las partes por donde hai agudas guijas y piedras; porque allí los galgos suelen desollarse los pies”.

Sobre lo apuntado al comienzo acerca de su cobardía y de su sueño cabe decir que es tachada de cobarde por quienes no la conocen, dando origen a ciertos dichos que han tomado carta de naturaleza en nuestro lenguaje coloquial introduciendo en él imaginación y fantasía a cambio de la verdad testimonial. El DRAE cuenta entre sus acepciones con la de hombre cobarde, tímido y afeminado y en textos clásicos leemos: “Es la liebre animal muy ligero e ingenioso y tan temeroso, que de cualquier ruido se espanta, de donde en España llamamos a los cobardes, liebres”. Juan de Funes. ‘Historia natural de aves y animales’ y en ‘La pícara Justina’: “Enojeme con tales ademanes, que se espantó el valentón, mostrándose tan liebre como yo libre”. Ahí van algunos:

El cobarde es león en casa y liebre en la plaza. En ambos lugares y de ambas maneras muestra su cobardía. ‘Comer uno liebre’. Ser cobarde. ‘Haber comido liebre’. Se dice de un cobarde y al cobarde llaman liebre. ‘Más cobarde (medroso) que una liebre’. Comparación basada en que la rabona, lejos de hacer frente al peligro, solo con que vea una sombra u oiga el ruido de una hoja que cae o se mueve agitada por el viento, busca su defensa, unas veces en la huida, corriendo que se las pela y otras, confiando en su mimetismo, permanece achantada en la cama. En ambos casos estas actitudes se consideran cobardes; aunque quizás esta calificación no se ajusta a la realidad, sino todo lo contrario. ‘Ser un lebrón’. Cobarde. Tímido. ‘Me extraña que, siendo liebre, no sepas correr en llano’. Modo de llamar cobarde a quien se le dice. ‘¿Tú, liebre y vas a cazar?’ contradicción irónica que muestra sorpresa ante un hecho que, para llevarlo a cabo, necesita buena dosis de energía y valor. Liebre, por cobarde o miedoso.

Dormir con los ojos abiertos, como las liebres. Hacerlo en tensión y con desconfianza. Se dice de quienes duermen con los párpados a medio cerrar por temor o recelos de algo. Alude al duermevela de las liebres que según una creencia popular no pueden cerrarlos del todo por tenerlos sumamente cortos debido a la necesidad de su permanente vigilia ante los peligros que la acechan. Posteriormente se amplió a aquellos que fingen o disimulan alguna cosa, haciéndose los dormidos, a lo que se conoce también como ‘El sueño de la liebre’. ‘Tener sueño de liebre’, es tenerlo muy ligero.

Otros muchos sobre estos dos populares y veloces animales dejo ‘dormidos’ por falta de espacio y riesgo de cansancio y aburrimiento a los pacientes lectores. Hasta otra ocasión”.


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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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