Por Javier Pardo de Santayana

( Pulpo. Acuarela de Martha LLera en Pinterest) (*)
Andaba yo por la casa de mi hija mirando por la ventana. “¿Qué buscas?” me preguntó una de mis nietas (9 años). “Pues tema para escribir un nuevo artículo. A ver si se me ocurre…” dije, oteando el cielo de Madrid en el que destacaban los grandes rascacielos. “Pues espera” dijo con aire triunfal mi nieta. Y salió disparada hacia su cuarto.
Volvió enseguida. En sus manos traía un boletín del National Geographic. “Property of Ms Bri” podía leerse en su portada. “¿De dónde lo has sacado?” pregunté. “El nombre es el de mi señorita: mi profesora de Ciencias y de Inglés” me respondió. “Es que yo soy la encargada de controlar las lecturas que reparte”.
Pues he de decir que la cosa me gustó; en primer lugar porque yo mismo estuve suscrito durante mucho tiempo a la revista, de la que tengo una colección sumamente interesante, y además pude visitar su sede en una de mis estancias en Estados Unidos. Por otra parte el boletín se refería a un conjunto de curiosidades de la naturaleza. “Mira por dónde – me dije – una nieta mía sigue los gustos de su abuelo”. Porque si hay algo que me estimula, es, como ustedes mismos habrán ya constatado, una inusual capacidad para el asombro.
Y de eso va esta nieta mía, a la que gusta imaginar para sí un futuro como veterinaria diplomada. Ya viviendo en Maputo recogía amorosamente a los sapillos que inundaban el jardín de su casa cada vez que la cola de un tifón encharcaba el gran solar contiguo que a estas alturas albergará seguramente la nueva embajada norteamericana.
Con lo cual he pensado, siquiera por responder a la presteza con que mi nieta acudió en mi apoyo, hacerle a usted partícipe de algunas de las excentricidades animales con que me ilustraría el boletín que de esta forma terminó en mis manos. Por ejemplo, lo que sucede con unos gusanos del tomate que al ver que la planta de que se alimentaban generaba un veneno mortal para su especie, optaron por alimentarse simplemente devorándose los unos a los otros; solución que bien podría aplicarse entre los hombres, siempre proclives a zaheriste mutuamente ante cualquier problema en vez de intentar solucionarlo de otro modo. Ahora mismo, aquí en España, podríamos aplicar este principio que calificaremos de cainita. “Orugas carnívoras” es el título que da a este ejemplo el documento.
Otro caso es el de la tortuga veloz, título que yo solía atribuir en este mismo blog a mi querida “Tartaruga”, que en el jardín de nuestra casa de Maputo acudía a mis pies tan pronto como me localizaba. En este caso la velocidad es atribuida a Bertie, una tortuga leopardo de Sudáfrica que es capaz de alcanzar un kilómetro por hora. Lo cual confirma mi sensación de que esta especie no siempre responde al modelito clásico de lentitud extrema que le asignara Esopo. Curiosamente tengo escrito un cuento en el que nuestra simpática y tenaz vecina del jardín mozambiqueño superaba a todos los demás animales, seducidos por mil alicientes que se les presentaban en el recorrido.
Luego están aquellos datos que el National Geographic califica aparatosamente de “bestiales”: por ejemplo, que la comida que engulle el calamar gigante pasa por su cerebro de camino hacia el estómago, cosa que no debería extrañar a a mis lectores si tuvieron la atención de leer aquel articulo mío dedicado al pulpo en el que les informaba de que este animal tiene parte del cerebro distribuido entre sus tentáculos. O aquello de que al aligator le salen a lo largo de su vida unos 3000 dientes; curiosidad que da toda una idea del gasto de dentista que hubiéramos tenido si el hombre hubiera presentado un caso parecido.
Otro detalle igualmente interesante es que hay estrellas de mar – acuérdense ustedes de las que tapizan las playas de la fascinante isla de Inhaca, en Mozambique – que se autoamputan los brazos al sentir de cerca una amenaza: reacción esta enormemente práctica no sólo porque así puede escapar con más facilidad del enemigo, sino sobre todo porque la acompaña la posibilidad de regeneración; que en esas cosas muchos animales superan ampliamente al ser humano en recursos ingeniosos.
Pero en el pequeño boletín que me proporcionó mi nieta aún quedaba otro tema que resultaría ser el más interesante porque apunta a la posibilidad de que el sistema solar contenga otro planeta. Recordarán ustedes la lista que aprendimos – Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón – y que luego nos aconsejarían eliminar el último por ser de un tamaño demasiado pequeño para tomarlo en consideración.
Y ahí es donde entraría un astrónomo de nombre Mike Brown, nacido en Huntsville, Alabama, es decir, en donde radicó el proyecto Apolo y yo mismo compartí habitat con el equipo de la NASA. Dice el National Geographic que este hombre observó cómo parte de la multitud de “objetos menores” (meteoros rocosos y helados, cometas y planetas enanos, entre ellos Plutón, el descartado) que forman parte del “cinturón de Kuiper”, tenían sus órbitas alineadas, señal de la más que probable existencia de un planeta hasta ahora oculto, si bien de entidad suficiente – del orden del tamaño de Neptuno, es decir, casi 4 veces el tamaño de la Tierra – para producir el mencionado efecto. Y para confirmarlo montó un modelo de ordenador que daría una respuesta positiva. En cuanto a a razón para que jamás fuera observado, sería tan sencilla como ésta: la escasa luz recibida del sol dados los 90.000 millones de kilómetros a que se encuentra de nosotros.
¿Que cómo llamarán a este planeta? Pues por ahora se refieren a él como “el Planeta Nueve”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4786/40723031911_39cfafdc2c_o.jpg