Un héroe español

Por Javier Pardo de Santayana

( Retrato de Luis Vicente de Velasco por José Nicolás de Escalera, en el Museo Naval de Madrid)

El lugar es Noja, una de las cinco villas de la antigua Merindad de la Trasmiera, que ofrece al veraneante una sucesión de playas de primera: la de Ris, cuyo nombre evoca el sonido de los pasos en la arena, y las de Trengandín y Helgueras, que se suceden hasta casi enlazar con la de Berria – santoñesa – de la que tan sólo las separa el monte conocido como El Brusco. El personaje es don Luis Vicente de Velasco, un héroe que en ella vio la luz por vez primera.

Hoy, 31 de julio, es aniversario de su gloriosa muerte defendiendo el castillo del Morro de La Habana. Marino de guerra desde muy joven, entró pronto en combate y acumuló experiencia en el mando y en la mar. Lo hizo, por ejemplo, en la campaña de Orán, como lo haría más tarde en las proximidades de La Habana, punto estratégico por ser el lugar de reunión y de partida de los convoyes que daban protección a las comunicaciones marítimas desde América a las costas españolas.

Ya en 1742 se distinguió por su osadía y su pericia derrotando a fuerzas británicas muy superiores a las suyas en tonelaje y en cañones. Así capturó con su fragata dos poderosas embarcaciones enemigas y un bajel corsario igualmente inglés. Y el rey Fernando VI le concedió el honor del mando de un navío de línea cuyo nombre era “La Reina”. Pero fue en el contexto del Pacto de Familia con Francia cuando le llegó la hora de la verdad y una poderosa flota inglesa se aproximó a La Habana con 23 navíos, 24 fragatas y hasta 10 navíos menores y de transporte que sumaban catorce mil hombres de armas. Y lo hizo haciendo pensar al adversario en un posible convoy mercante y utilizando con astucia un canal de bajerío desechado como vía natural de acceso. En el ataque nuestro hombre resistiría la friolera de dos meses defendiendo la posición dominante del castillo del Morro.

Corría el año 1762 y concluía el mes de julio cuando un balazo le alcanzó en el pecho. Y se sabe que sus últimas palabras expresarían el deseo de que la espada con la que salvó el honor de su bandera fuera a parar a la casa que le vio nacer en Noja.

Traigo todo esto a colación porque hoy hemos revivido este recuerdo y hemos cumplido su deseo: al caer de la tarde, un sucesor suyo – militar y sobrino carnal mío, buen conocedor por cierto del escenario del combate – ha dibujado su semblanza y descrito los hechos que hicieron que Carlos III concediera a su sucesor el Marquesado de Velasco y ordenara que se erigiera una estatua del héroe en Meruelo. Luego, con las primeras tinieblas de la noche, una escolta de supuestos soldados ingleses a pie y a caballo, bajo la luz de las antorchas y con el sonido de las salvas, subiría desde el fondo de la playa hasta alcanzar la casona familiar – palacio diría el ayuntamiento – para culminar la entrega simbólica de la espada del héroe a su descendiente de hoy en día.

He aquí una historia de honor y de valor extremo. Y también de caballerosidad, pues conviene decir que el almirante inglés permitiría el traslado de nuestro marino para que fuera tratado por los médicos y pactaría un alto el fuego con los defensores para su posterior entierro. A lo cual hay que añadir que durante mucho tiempo, los buques ingleses que por algún motivo pasaban frente a estas mismas costas montañesas tuvieron por costumbre arriar cortésmente sus banderas y disparar las salvas de ordenanza como muestra de admirado respeto a su enemigo.

Ahora queda pendiente que en la villa en la que vio la luz por vez primera sea erigida una estatua cuyo modelo ya está abocetado. Y, naturalmente, se haga lo mismo en la ciudad en que perdió la vida. Esperemos que ambas cosas sucedan cuanto antes.

Quizá sea ésta una primera señal esperanzada de que, pese a la bajeza circundante, o quizá precisamente porque hay demasiados españoles que reniegan de su propia Historia, ya está en camino una sana reacción que nos recordará el deber de honrar debidamente la memoria de quienes fueron mejores que nosotros.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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