Por Javier Pardo de Santayana

( Momento en que se autodestruye la reproducción en pintura acrílica y aerosol de una de las imágenes más famosas de Banksy, ‘Girl with Balloon’, una niña que deja volar un globo rojo con forma de corazón) (*)
Hablamos de un “misterio”; de algo tan difícil de guardar en nuestros días. El caso es que hay un artista en Inglaterra cuya peculiaridad es mantenerse en el incógnito y eso que se dedica a pintarnos las paredes, lo que hasta no hace tanto siempre fue recriminado incluso por las madres. Por eso que un señor que pinta donde no debiera aunque lo haga bien mantenga en el incógnito su verdadero nombre y actúe sin que nadie le sorprenda, merece el adjetivo de imposible. Mas aún cuando todo el mundo le conoce y el desvelar su verdadera personalidad sería el notición del día. Yo así lo considero, de tal forma que me huelo que hay cierta confabulación por protegerle.
No se trata, pues, de un grafitero al uso. Los hay, como sabemos todos, que escriben su nombre en las paredes o se limitan a escribir letras como de titulares. O palabras casi siempre sin sentido. O, como ahora parece estar de moda, simplemente corazones de colores varios. Claro está que también hay excepciones, pues algunos de los pintaparedes llegan incluso a ser contratados por los ayuntamientos para iluminar construcciones que estaban en en blanco, como ocurre ahora en mi pueblo, donde han protegido una zona comercial de esta manera; o en Santoña y en partes de Madrid, donde se han iluminado de esta forma barrios amenazados por la horda.
El caso que hoy me ocupa puede ser considerado, en cambio, como único en el mundo. La noticia está en la escenificación de un planteamiento caso filosófico: la obra de un grafitero de postín cuyo nombre ficticio es “Banksi”, puesto que una de sus principales obras, sometida a subasta nada menos que en la casa Sotheby, alcanzaría la valoración de más de un millón de euros para, acto seguido y ante la mirada asombrada de los asistentes, autodestruirse clamorosamente gracias a un artilugio oculto en el marco según dicen.
Y uno no puede por menos de asombrarse por tan extraño trance, que amplifica el misterio casi imposible de admitir del supervalorado artista inglés. Digo “casi imposible” pues resulta difícil incluso imaginar que un caballero como éste, conocido aunque no identificado totalmente, pueda pintar una pared en plena calle sin que nadie le vea y llevarse más tarde la pintura. O cómo puede ocultar en el mismo cuadro el explosivo sin que se den cuenta los expertos de la conocida empresa de subastas, gente acostumbrada a escudriñar las entretelas de las pinturas que se exponen.
Así pues, al desconocimiento de la personalidad del admirado autor se suma ahora la inquietante imagen de la autodestrucción de su pintura más famosa en un momento de máximo esplendor, hecho sin duda concebido con la intención de reforzar el aura del inquietante misterio que le envuelve. Y eso que aún queda la duda de si no sería él mismo quien pujó por la compra. Con todo, cabe recordar que este suceso tendría un mérito absoluto de haberse realizado en otros tiempos: cuando no habría tenido siquiera la posibilidad de conservar luego las pruebas de su arte, pues las posibilidades que hoy ofrece la fotografía permitirán reproducir con todos sus matices cualquiera de las muestras de su arte.
Pero lo más importante que hoy nos preguntamos es lo que este suceso nos revela, y es que se trata de un flagrante “postureo” referido a a la absoluta libertad del arte actual, que, como vemos, puede llegar a la autodestrucción; esto es, hasta el propio desprecio de sí mismo. Se trata, pues, del arte convertido en simple gesto, y en consecuencia, también en espectáculo: en un acontecer fugaz e intrascendente, en una especie de objeto de consumo como esos letreros sin sentido que ensucian las paredes de las grandes urbes. O de las fotografías de Instagram. O como un montaje publicitario cuidadosamente montado para simular un “happening”: algo que en este caso exigirá algunas operaciones complicadas. Como, por ejemplo, pintar en una calle transitada sin que nadie se entere y sin que nadie reconozca el rostro del artista. O eliminar la obra para recuperarla luego de forma tal que pueda convertirse en un cuadro enmarcado con un dispositivo de autodestrucción; algo que me parece sorprendente en una empresa de subastas en la que, como en Sotheby, se tomarán in duda numerosas precauciones de orden técnico con objeto de evitar los fraudes.
Así que yo supongo que lo que el autor pretendió seguramente fue presentar como la más reveladora de sus obras un hecho llamativo – bastante más allá de la niña y de su globo – que tendría lugar a lo largo de un tiempo determinado: una forma novedosa de autobombo en la que resulta difícil distinguir entre lo que es el arte y el mensaje y lo que es publicidad rentable.
PS: Según Wikipedia, se conoce hoy como “happenning” toda experiencia que parte de la secuencia provocación – participación – improvisación. Se enmarca en el llamado “performance art” y exige la participación de los “espectadores”. Suele ser efímero y requiere ser presentado en los lugares públicos irrumpiendo en la cotidianidad.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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