Retorno a Segovia

Por Javier Pardo de Santayana

( Segovia. Acuarela de Luis Labrador) (*)

Cuando se llega a cierta edad – y yo he cumplido los ochenta y cinco – suele abordarse con recelo el retornar a sitios conocidos por temer a que estos hayan cambiado demasiado. Y sin embargo uno suele albergar la ilusión de volver a sus orígenes, a los tiempos mozos en los que aún se reconoce. Este es el caso de una vuelta a Segovia, allá donde se forjó mi condición de militar y de artillero, tan ligada a los paisajes y rincones vividos siendo joven. En esta ocasión se trataba de enseñárselo a mis nietos, pero también a unos hijos para lo que no hubo en su día la ocasión de hacerlo.

Como otras muchas ciudades españolas, Segovia es un lugar de larga historia que en esta caso se ha cuidado con esmero en gran parte gracias a la Artillería que custodia no sólo el convento de San Francisco en que se asienta su Academia, sino también otro lugar señero como es el imponente Alcázar, cuya conservación tenemos asignada, así que se conserva en unas más que excelentes condiciones. Debe saberse que el edificio ardió cuando albergaba a los cadetes y en él se celebraban las clases no sólo de materias estrictamente militares, sino también – puesto que las dos cosas permanecían confiadas a ellos – en la ingeniería en general; de tal modo que los artilleros serían durante muchos años la punta de vanguardia de unas y otras ciencias y destrezas.

No en vano la creación de esta Academia formó una importante parte, quizá clave, de los afanes modernizadores del rey Carlos III, que de Nápoles se trajo un grupo de nombres destacados como el del Conde de Gazola, primera director de la Academia, o del omnipresente y fecundo Sabatini. Tan patente sería este propósito que el profesor principal de la Academia sería el padre Eximeno, un ilustrado sabio jesuita.

Pero la cosa no quedaría ahí, puesto que aquel afán científico, aun hoy patente en la imponente biblioteca de 50000 ejemplares, en el museo de materiales de laboratorio, o en una colección mineralógica considerada en su tiempo como la mejor del mundo, impulsó el nombramiento como profesor del prestigioso químico francés Louis Proust, descubridor de la Ley de las proporciones definidas y organizador de las primeras pruebas para la utilización militar de los globos aerostáticos como medios de observación a gran distancia.

La jornada, tan intensa como interesante, me permitió constatar que los artilleros no sólo mantienen viva su tradición de antaño, sino que se esfuerzan por cuidarla. Como lo hace por otra parte la ciudad de Segovia, en donde se respira el viejo estilo; eso sí con mayor intensidad en un turismo que satura las arterias principales en contraste con las tranquilas calles adyacentes.

Pueden imaginar la emoción de la visita familiar a la Fuencisla que ha dado nombre a mi mujer y a nuestra hija y a donde en mis tiempos los cadetes acudimos para pedir el apoyo de la Virgen antes de iniciar nuestros estudios y también al despedirnos de Segovia. Como el entusiasmo de los más pequeños ante la grandiosidad de lo que fue modelo de palacios y castillos: un alcázar cuajado de sorpresas y de lugares misteriosos para ellos. O el remate del cochinillo y el cordero o de los judiones de la Granja en uno de los más conocidos restaurantes, en un ambiente familiar al mismo tiempo que refinado y típico.

Y las lecciones de la historia plasmadas en la sabia Academia segoviana, ahora modernizada con simuladores a los que acuden los países de la Organización Atlántica, pero acumuladora sobre todo de recuerdos artilleros entre los que se hallan registrados los nombres de un buen número de personajes familiares tanto en la galería de promociones, en donde estamos todos, como en el registro de los laureados o en el interesante museo del colegio, donde los Premios Daoiz tienen también su sitio al igual que en su gran sala del Alcázar y hasta se exhiben recuerdos de mi padre y mis hermanos. Historia pura presentada con entusiasmo y generosidad.

Toda una demostración de erudición y de sabiduría a cargo de quien nos lo presenta a pocos metros del acueducto que vigila imperturbable y silencioso el paso de los siglos.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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