Tierra Santa.5. Mar de Galilea y Cafarnaún

Por José María Arévalo

( El lago Tiberíades desde la iglesia del Primado de Pedro) (*)

El tercer día de nuestra estancia en Tierra Santa – que, como venimos diciendo, recorrimos viajando desde Saxum, Centro de Interpretación del camino de Emaús y residencia que ha abierto el Opus Dei recientemente- nos fuimos hasta el lago Tiberíades o Mar de Galilea, en la zona de Cafarnaún, donde el Señor pasó buena parte de sus tres años de vida pública. Primero a la región de Tabgha, donde los primeros cristianos enseguida identificaron los lugares donde habrían sucedido estos hechos, el monte donde Jesús había pronunciado las bienaventuranzas, la ladera donde se produjeron las dos multiplicaciones de los panes y los peces, y la ribera donde se había aparecido después de resucitado, cuando propició la segunda pesca milagrosa.

Esta última, donde está la Iglesia del Primado de Pedro, fue lo primero que visitamos, porque estaba cerrado el acceso a la iglesia de las Bienaventuranzas, que nos quedamos sin ver. En cambio oímos Misa junto a la Iglesia de la multiplicación de panes y peces, al aire libre, en un templete que hay preparado al efecto, desde el que se ve Tiberíades. Impresionante escenario para revivir la consagración que preanunció aquella multiplicación. Está muy cerca de la Iglesia del Primado de Pedro.

TABGHA

Las huellas más importantes del paso del Señor por estas tierras se conservan en la parte noroeste del mar de Genesaret, al rededor de Cafarnaún. Al principio de su vida pública, recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo. Su fama se extendió por toda Siria; y le traían a todos los que se sentían mal, aquejados de diversas enfermedades y dolores, a los endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curaba. Y le seguían grandes multitudes de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado del Jordán.

( Zona de Tabgha con los templos del Primado de Pedro, Multiplicación de los panes y peces y de las Bienaventuranzas) (*)

El Señor había dejado Nazaret y vivía en Cafarnaún, en la parte noroeste del mar de Genesaret, donde algunos de los Doce o sus parientes disponían de casas. Las multitudes de que habla el Evangelio se acercaban hasta aquella pequeña ciudad de pescadores para encontrar a Jesús, pero también iban en su busca a otros sitios de los alrededores. Entre estos últimos, destaca Tabgha, un paraje situado a tres kilómetros al oeste de Cafarnaún, que se extiende por unas pocas hectáreas desde la orilla del lago tierra adentro, hacia las colinas que lo rodean. El nombre parece una derivación árabe del original bizantino Heptapegon, que significa en griego siete fuentes: se debe a los manantiales que existían entonces, y que siguen activos todavía hoy. Según la tradición de los cristianos que habitaron aquella zona ininterrumpidamente desde los tiempos de Jesús, allí habría multiplicado los cinco panes y los dos peces para dar de comer a una multitud; allí habría pronunciado el Discurso de la Montaña que comienza con las Bienaventuranzas; y allí se habría aparecido a los Apóstoles después de resucitado, cuando propició la segunda pesca milagrosa y confirmó a san Pedro como primado de la Iglesia. Apenas unos cientos de metros separan los tres lugares donde se sitúan estos episodios de la vida del Señor.

Por las características de Tabgha, no resulta extraño que el Señor lo eligiera para retirarse a veces, solo o con sus discípulos, ni tampoco que acogiera reuniones de miles de personas: estaba despoblado, quizás por la dificultad de cultivar el terreno, pues se topaba con un estrato rocoso a poca profundidad; a la vez, gracias a los siete manantiales que surgían en la zona, la hierba cubría el suelo y no faltaba la sombra de muchas palmeras; esa parte del lago era especialmente rica en pesca, pues algunas corrientes de agua caliente atraían los bancos de peces; las laderas de los montes circundantes empezaban su pendiente casi en la misma ribera, formando un anfiteatro natural.

LA IGLESIA DE LA MULTIPLICACIÓN DE PANES Y PECES

Sobre el lugar en que transcurrió la multiplicación de los panes y los peces, explica la guía que ya mencioné en artículos anteriores “Huellas de nuestra fe, Apuntes sobre Tierra Santa” – de Jesús y Eduardo Gil, que puede descargarse gratuitamente en www.saxum.org-, que ya se veneraba por los primeros cristianos la roca exacta donde el Señor habría apoyado los alimentos. La peregrina Egeria, que recorrió Tierra Santa en el siglo IV, nos ha transmitido un testimonio muy valioso acerca de la existencia de una iglesia en aquel sitio: «No lejos de allí [de Cafarnaún] se ven los escalones de piedra, sobre los que estuvo de pie el Señor. Allí mismo, por encima del mar, hay un campo cubierto de hierba, con heno copioso y muchas palmeras, y junto a esas, siete fuentes, cada una de las cuales provee agua abundantísima. En ese prado el Señor sació al pueblo con cinco panes y dos peces. Conviene saber que la piedra, sobre la que el Señor puso el pan, ahora se ha transformado en altar. De esta piedra, los visitantes se llevan trocitos para su salud, y aprovecha a todos. Junto a las paredes de esta iglesia pasa la vía pública, donde el apóstol Mateo tenía el telonio. En el monte que está allí cerca hay una gruta, en la que el Señor, subiendo, pronunció las bienaventuranzas» ².

( Capilla, donde oímos Misa, al aire libre junto al templo de la Multiplicación de los panes y peces) (*)

A juzgar por los datos mencionados en otros testimonios posteriores –continúa explicando la citada guía-, el santuario que conmemoraba la multiplicación de los panes y los peces existía aún en el siglo VI. Sin embargo, debió de sufrir los efectos de las invasiones de los persas –en el año 614– o los árabes –en el 638–, pues el peregrino Arculfo no encontró más que unas pobres ruinas a finales del siglo VII. La iglesia nunca fue reconstruida, e incluso la memoria del emplazamiento primitivo se debilitó, hasta llegar a confundirse con el antiguo de las bienaventuranzas. El estado de abandono terminó en el siglo XIX, cuando el lugar fue adquirido por la Sociedad Alemana de Tierra Santa. Esto facilitó las primeras excavaciones arqueológicas, realizadas en 1911, que fueron completadas con otros estudios en 1932, 1935 y 1969. Estas investigaciones permitieron comprobar la existencia de dos iglesias: una más pequeña, de mediados del siglo IV, que sería la que visitó Egeria; y otra más grande, de tres naves, edificada en la segunda mitad del siglo V. Pero sobre todo, confirmaron la exactitud de la tradición recibida, al traer a la luz los restos del altar, la roca venerada con muestras de haber sufrido la extracción de numerosos fragmentos, y un mosaico que representa una cesta con panes flanqueada por dos peces.

Los vestigios de aquellas dos iglesias son hoy visibles en el moderno santuario, terminado en 1982, que forma parte de un monasterio benedictino. Hay otros restos de indudable valor arqueológico y artístico: a la derecha del altar, a través de un cristal, se pueden ver los cimientos de la iglesia del siglo IV; en algunos muros, los sillares se apoyan sobre la fábrica bizantina de piedra basáltica; y en el piso, se conserva una gran parte del pavimento original en mosaico, que sigue un diseño geométrico en las naves pero muestra una gran riqueza de motivos figurativos en los lados del transepto, con representaciones de varias especies de aves y plantas que tienen su hábitat en el mar de Genesaret. Basándose en una inscripción hallada junto al altar, esta ornamentación con influencias del valle del Nilo se atribuye a Martyrios, que había sido monje en Egipto y fue patriarca de Jerusalén entre los años 478 y 486.

( Mosaico del siglo IV, encontrado en las ruinas de la iglesia de la Multiplicación, que representa una cesta con panes flanqueada por dos peces) (*)

EL MAR DE GENESARET

“Pocos lugares de Tierra Santa – sigo la citada guía respecto los pasos que dimos en nuestra visita- acercan con tanta inmediatez al Nuevo Testamento como el mar de Genesaret, en Galilea. En otros sitios, después de dos mil años de historia, la topografía se ha transformado radicalmente: se han edificado iglesias, santuarios y basílicas; algunas se han destruido, reconstruido de nuevo, ampliado o restaurado; muchas aldeas y pueblos se han convertido en populosas ciudades, mientras otras han desaparecido; se han trazado calzadas, carreteras, autopistas… En cambio, en el lago, aunque sus alrededores no son ajenos a estas variaciones, el paisaje se mantiene casi inalterado; su contemplación, que recrea Tabgha la vista y relaja el espíritu, llena el alma de una sensación intraducible: el recuerdo de Jesús y el eco de sus palabras, que aún parecen resonar en estos parajes, hacen trascender el tiempo presente.

Con todo, en el pasado quizá no se respiraba tanta calma en la zona. Cuando Jesús recorrió estas tierras, no menos de diez poblaciones se bañaban en el lago o se reflejaban en sus aguas desde las colinas circundantes. Existía un próspero comercio de orilla a orilla, sostenido por innumerables embarcaciones. Ninguna de esas ciudades bulliciosas ha llegado hasta nosotros. Solo la moderna Tiberias rememora en algo a la Tiberia romana, la más joven de las antiguas, fundada a principios de nuestra era y situada entonces más al sur. De las poblaciones que Jesús conoció, podemos hacernos una idea únicamente a través de sus ruinas”.

La riqueza de la comarca se debía en primer lugar a los recursos de pesca en el lago, que tiene veintiún kilómetros de largo de norte a sur, una anchura máxima de doce kilómetros, y una profundidad media de cuarenta y cinco metros. Su caudal procede principalmente del río Jordán y de algunos manantiales que nacen en sus orillas o bajo la superficie del agua. El pescado más abundante es el tilapie, también conocido como pez de san Pedro. Tuvimos ocasión de alimentarnos con él, como segundo plato de la comida en un restaurante de la zona. Alguien que ya lo había comido dijo que tenía demasiadas espinas, pero nuestra guía aseguró que más o menos como una trucha. Yo me arriesgué y la verdad es que tiene muchísimas más espinas, pero es sabroso y bien frito, como nos lo pusieron, se deja comer. Sobre todo que tienes la impresión de tomar lo mismo que pescaban los apóstoles, que no es poco.

La agricultura –continúa la guía que seguimos- constituía el otro medio principal de subsistencia. Por encontrarse a 210 metros bajo el nivel del mar Mediterráneo, la región goza de un clima templado en invierno y primavera, mientras sufre un calor agobiante muchos días de verano. Estas condiciones favorecen una vegetación de tipo subtropical.

El historiador Flavio Josefo fue testigo de la fertilidad que se daba allí en el siglo primero: «Esta tierra no rechaza ninguna planta, y los agricultores cultivan en ella de todo, pues la temperatura suave del aire es apropiada para diversas especies. Los nogales, que son, más bien, árboles de climas fríos, florecen aquí en abundancia. Y junto a ellos también germinan las palmeras, que crecen en zonas calurosas, y las higueras y los olivos, que requieren un aire más templado. Podríamos hablar de un orgullo de la naturaleza, que se ha esforzado por unir en un solo lugar especies tan contrarias, y de una hermosa competencia de las estaciones, donde cada una de ellas parece aspirar a imponerse en esta tierra. Pues esta región no solo produce los frutos más diversos, en contra de lo que se esperaría, sino que también los conserva. Durante diez meses sin interrupción suministra los considerados reyes de todos los frutos, es decir, las uvas y los higos, mientras que el resto de los productos maduran a lo largo de todo el año. Además de la buena temperatura del aire, la zona está regada por una fuente muy caudalosa, que la gente de allí llama Cafarnaún. Algunos creían que esta era una rama del Nilo, pues en ella se cría un pez parecido al corvino del lago de Alejandría».

CAFARNAÚN

Tras visitar la Iglesia del Primado de Pedro y la Iglesia de la multiplicación de panes y peces, nos fuimos a Cafarnaún, la ciudad de Jesús, de la que solo quedan las ruinas de la sinagoga y las de la casa de San Pedro. “Cafarnaún – explica la guía que seguimos-contaba poco en la historia de Israel. El nombre semítico, que significa poblado de Nahum, apenas aporta pistas sobre su origen, pero indica que no llegaba a considerarse una ciudad. No aparece citado explícitamente en el Antiguo Testamento, y tampoco resulta extraño: aunque los vestigios de la presencia humana se remontarían al siglo XIII antes de Cristo, el núcleo habitado sería más reciente, quizá de época asmonea. Sin embargo, san Mateo lo presenta unido al cumplimiento de una promesa mesiánica, y en verdad hace justicia al lugar: aparte de Jerusalén, ninguna localidad reúne tantos recuerdos del paso del Señor por la tierra como este pequeño pueblo situado en la ribera del mar de Genesaret.

( La sinagoga de Cafarnaún vista desde el sur, donde se encontraba la entrada principal) (*)

Los relatos de los cuatro evangelistas coinciden en poner Cafarnaún en el centro del ministerio público de Jesús en Galilea. Además, como hemos visto, san Mateo precisa que lo eligió para residir establemente. Aun siendo una ciudad pequeña, se encontraba en la Via Maris, la principal ruta que comunicaba Damasco y Egipto, y en una zona fronteriza entre dos regiones gobernadas por los hijos de Herodes –Galilea, por Antipas, y Gaulanítide, por Filipo–. Da muestra de su importancia, al menos en la comarca, el hecho de que tuviese aduana y alojase un destacamento de soldados romanos bajo la jurisdicción de un centurión. El que ejercía el mando en aquella época es bien célebre, pues el Señor elogió, conmovido, su acto de fe, que todos los días repetimos en la Santa Misa.

Algunos acontecimientos sucedidos en esta localidad durante los primeros siglos nos han permitido conocer bastante bien cómo era el Cafarnaún donde Jesús vivió: al principio del periodo árabe, en el siglo VII, el poblado, que era cristiano, entró en declive; doscientos años después, debía de estar completamente abandonado; los edificios se derrumbaron, la zona se convirtió en un conjunto de ruinas y poco a poco quedaron sepultadas. La misma tierra que ocultó la localización de Cafarnaún y hundió en el olvido aquellos vestigios, los conservó casi intactos hasta los siglos XIX y XX, cuando la Custodia de Tierra Santa logró adquirir la propiedad y promovió las primeras excavaciones.

El trabajo de los arqueólogos, realizado en numerosas campañas desde 1905 hasta 2003, ha permitido establecer que Cafarnaún se extendía unos trescientos metros a lo largo de la orilla del mar de Genesaret, de este a oeste, y otros doscientos tierra adentro, hacia el norte. Su máxima expansión coincidió con la época bizantina, pero ni siquiera entonces superaría el millar y medio de habitantes. Estos llevaban una vida de trabajo recio, sin lujos ni refinamientos, explotando los recursos de la zona: se cultivaba el trigo y se producía aceite; se recogían varios tipos de frutas; y sobre todo, se pescaba en el lago. Las casas, levantadas con piedra local de basalto unida con un mortero muy pobre, estaban cubiertas con una techumbre de tierra sobre cañas o ramas, sin tejas.

En ese ambiente rústico, propio de una sociedad sencilla formada mayoritariamente por agricultores y pescadores, sucedieron muchos acontecimientos relatados por los Evangelios: la llamada a Pedro, Andrés, Santiago y Juan mientras bregaban entre barcas y redes; la vocación de Mateo cuando trabajaba en el telonio y, a continuación, el banquete en su casa junto con otros publicanos; la expulsión de un espíritu impuro que poseía a un hombre; las curaciones del siervo del centurión, de la suegra de Pedro, del paralítico que descuelgan por el techo, de la hemorroísa y del hombre de la mano seca; la resurrección de la hija de Jairo; el pago del tributo del Templo con la moneda encontrada en la boca de un pez; el discurso del Pan de Vida…

Entre los restos de Cafarnaún que han llegado hasta nosotros, seguramente tenemos a la vista muchos de los emplazamientos donde ocurrieron estos hechos. Sin embargo, contamos con información suficiente para situar solo dos: la casa de Pedro y la sinagoga”.

LA CASA DE PEDRO

He visto fotos de cómo se veían las ruinas de la casa de san Pedro, donde el Señor curó a su suegra de la fiebre, hace unos años, y podía uno pasearse por ellas. Ahora se ve desde fuera solo, y bajo un gran templo que, como diremos, se ha construido encima más recientemente, eso sí, cobijándola muy dignamente. Pero, como ocurre en tantos otros lugares de Tierra Santa, ¿qué seguridad podemos tener de que realmente fueron esos los muros que albergaron al Señor y los apóstoles, la casa del pecador Simón, al que Jesús puso el nombre de Cefas, Pedro?. Pues sí.

“Según antiguas tradiciones, a finales del siglo I existía en Cafarnaún un pequeño grupo de creyentes. En las fuentes judías se los denomina Minim, herejes, pues habían abandonado el judaísmo ortodoxo para adherirse al cristianismo. Ellos debieron de mantener la memoria de la casa de Pedro, que con el tiempo se convirtió en lugar de culto. A finales del siglo IV, la peregrina Egeria escribía: «En Cafarnaún se ha transformado en iglesia la casa del príncipe de los Apóstoles, cuyas paredes se han conservado hasta hoy tal y como eran. Allí el Señor curó al paralítico. También está la sinagoga donde el Señor curó al endemoniado, a la que se llega subiendo muchos escalones; dicha sinagoga está hecha con piedras cuadradas» ¹³. Este testimonio debe completarse con otro de un siglo más tarde: «Llegamos a Cafarnaún, a la casa del bienaventurado Pedro, que actualmente es una basílica» (Itinerarium Antonini Placentini, 7)

( Restos de la estancia venerada como la casa de Pedro) (*)

En efecto, las primeras excavaciones realizadas por los franciscanos sacaron a la luz un elegante edificio de fines del siglo V, estructurado en dos octágonos concéntricos con otro semioctágono que servía de deambulatorio. El pavimento lucía un mosaico polícromo decorado con figuras vegetales y animales. En 1968, cuando se descubrió el ábside orientado al este y una pila bautismal en su interior, aquella construcción pudo identificarse como la basílica bizantina.

( En el centro del Memorial de San Pedro, un óculo se abre sobre los vestigios de la casa venerada) (*)

Los hallazgos sucesivos han confirmado los datos de las otras tradiciones: el edificio se apoyaba sobre una base de material de relleno, donde abundaban fragmentos de revoque con numerosos grafitos incididos entre los siglos III y V; bajo el octágono central, había una habitación cuadrangular de unos ocho metros de lado, cuyo piso de tierra fue revestido con al menos seis capas de cal blanca a finales del siglo I y por un pavimento polícromo antes del V. Esta sala, con muestras de haber sido lugar de veneración, sería la «casa del príncipe de los Apóstoles» que Egeria vio convertida en iglesia.

Los arqueólogos han podido establecer con bastante precisión cómo era la vivienda, que habría sido levantada hacia la mitad del siglo I antes de Cristo. En realidad, formaba parte de un conjunto de seis estancias comunicadas entre sí a través de un patio a cielo abierto, provisto de una escalinata y de un hogar de tierra refractaria para cocer el pan. Los habitantes –varias familias emparentadas– compartirían el uso de ese espacio central. El acceso desde la calle se encontraba en el lado oriental del recinto, a través de una puerta que ha conservado bien el umbral de piedra basáltica y el travesaño con huellas de los batientes. Era el último edificio del barrio, por lo que el complejo daba a una extensión de terreno libre por el este y a la playa por el sur.

El 29 de junio de 1990 fue dedicado el moderno Memorial de San Pedro, construido sobre los vestigios de la casa y la basílica bizantina. Se trata de una iglesia octogonal sostenida por grandes pilares que la separan del suelo: esto permite a los peregrinos observar los restos arqueológicos tanto desde el exterior del templo, pasando por debajo, como desde el interior, a través de un óculo cuadrangular abierto en el centro de la nave”.

De modo que no pudimos entrar en los habitáculos que formaban la casa de Pedro. Desde dentro de la iglesia que se eleva sobre ella, justo en el centro de la única nave que la conforma, hay un como mirador para observar, hacia abajo, algo más las pocas estancias de la casa.

LA SINAGOGA

A pocos metros de la casa de Pedro están las ruinas de la sinagoga de Cafarnaún, de gran valor artístico. Por ellas sí pudimos deambular a gusto, como se puede pasear por el teatro romano de Mérida, cuyas columnas me recordaron las que ahora veíamos y que mejor que yo describe la guía que seguimos, más detallada aún que la información que nos facilitó nuestra guía judía, muy versada, pero que no pude retener, lógicamente.

“Las ruinas de la sinagoga, por su valor artístico, concentraron desde el principio el interés de los investigadores: los arqueólogos Robinson –que visitó el lugar en 1838– y Wilson –que realizó un sondeo en 1866– dieron noticia de su existencia. Al mismo tiempo, también llamaron la atención de otras personas con pocos escrúpulos: muchos restos estarían dañados o perdidos hoy en día si la Custodia no hubiera adquirido el terreno de Cafarnaún en 1894.

(El muro oeste está cimentado sobre bloques de piedra basáltica, que podrían
pertenecer a la sinagoga que conoció Jesús o a otra intermedia entre esa y la
del siglo IV. En el lado este, se aprecia el atrio añadido en el siglo V) (*)

La sinagoga se alza en el centro físico de la pequeña ciudad y sus dimensiones son notables: la sala de oración, de planta rectangular, mide 23 metros de largo por 17 de ancho, y tiene alrededor otras estancias y patios. A diferencia de las casas particulares, con sus muros negros de piedra basáltica, fue construida con bloques cuadrados de caliza blanca, traída de canteras situadas a muchos kilómetros de distancia; algunos de los sillares pesan cuatro toneladas. La magnanimidad de los arquitectos se manifiesta también en los elementos decorativos, ricamente labrados y esculpidos: dinteles, arquivoltas, cornisas, capiteles… Aunque nos encontramos ante el lugar de culto judío más hermoso de los hallados en Galilea, esta sinagoga no es aquella donde se escucharon las enseñanzas de Jesús y se presenciaron sus milagros, sino que pertenece a una época posterior: los estudios arqueológicos indican que el edificio principal y otro recinto al norte habrían sido levantados hacia finales del siglo IV, y que se añadió un atrio en el lado oriental a mediados del V. Sin embargo, las mismas investigaciones confirmaron que el complejo se apoya sobre los restos de otras construcciones, entre las que se contaría la sinagoga anterior. El indicio más notable consiste en un amplio pavimento de piedra del siglo I, descubierto bajo la nave central de la sala de oración. La localización, por tanto, se habría mantenido.

( El entorno del santuario de las Bienaventuranzas queda embellecido por
un jardín frondoso) (*)

Tras establecer su residencia en Cafarnaún, Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. San Pedro, que fue testigo de aquellos hechos maravillosos, los tenía presentes cuando acudió al encuentro del centurión Cornelio y anunció la buena nueva a los de su casa: Vosotros sabéis lo ocurrido por toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan: cómo a Jesús de Nazaret le ungió Dios con el Espíritu Santo y poder, y cómo pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; de cómo le dieron muerte colgándolo de un madero. Pero Dios le resucitó al tercer día y le concedió manifestarse, no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de antemano por Dios, a nosotros, que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos; y nos mandó predicar al pueblo y atestiguar que a él es a quien Dios ha constituido juez de vivos y muertos. Acerca de él testimonian todos los profetas que todo el que cree en él recibe por su nombre el perdón de los pecados” (Hechos de los Apóstoles, 10, 37-43).

Tras Cafarnaún, nos fuimos a comer a Tiberíades, un pequeño puerto a orillas del lago de Galilea, tanto para la pesca como para las actividades turísticas. Allí mismo tomamos un barquito que nos dio un paseo de hora y media por el lago. Es como cuatro o cinco veces mayor que nuestro Lago de Sanabria, yo creo el mayor que tenemos, así que comprendo se le llame mar, Mar de Galilea o de Tiberíades.

(El Mar de Tiberiades) (*)

Dicen que desde la década de 1990, la importancia del puerto de Tiberíades para la pesca fue disminuyendo gradualmente, con el declive del nivel del lago, debido a las continuas sequías y al mayor bombeo de agua dulce desde el lago, perdiendo unos seis metros de altura, pero parece que hoy ha recuperado su nivel original, gracias a las instalaciones de desalinización israelíes.

Lo que nos ha permitido ver más en la realidad lo que fueron las aguas que el Señor apaciguó dos veces, cuando los apóstoles creían naufragar por la tormenta, donde predicó, subido a una barca, a la multitud, y donde se produjeron las dos pescas milagrosas, la primera de ellas cuando el Señor ofreció a Pedro pasar de pescador de peces a pescador de hombres, y la segunda cuando –ya resucitado- le otorgó el primado de la Iglesia. Algunos compañeros tomaron piedrecitas de la orilla como recuerdo. Muy impresionante, ya digo.


(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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