Un mozo de noventa años

Por Javier Pardo de Santayana

( Arturo Fernández cumple 89 años)

Siempre sentí fascinación por él. Ese telón que se alza en la oscuridad para abrir una realidad aparente siempre me pareció un invento mágico, y a ello contribuyó el ambiente en que me desenvolví de niño. Eran los tiempos en los que aún no se había popularizado, no ya la televisión, sino el “cinematógrafo”, así que el teatro era la gran diversión; el acontecimiento cultural por excelencia. En el Calderón de Valladolid mi padre frecuentaba el palco de los artilleros para el cual redactó un reglamento en verso. Eran tiempos en los que un hombre de sesenta años era tratado ya como un anciano.

Y nosotros teníamos en casa un pequeño teatro que era como la maqueta de uno de verdad, o sea tal como es también por dentro, así que siendo niño se me ocurrió construir uno yo mismo y escribir una obra para él. Pero confieso que ya hace mucho que no contemplo un escenario. El último, porque el gobierno vasco me invitó a la inauguración de temporada del Arriaga y me dio ocasión de saludar a la Tosca y a Mario Cavaradossi; éste aún con la camisa empapada de falsa sangre roja. Tenía entonces yo casi sesenta y cuatro.

Pero si le hablo a usted ahora de estas cosas es porque acabo de asistir a una representación que me parece de tal modo extraordinaria que bien merece hablar de ella. Y como usted, improbable lector mío, sabe mejor que nadie hasta qué punto me motivan los asombros, me he decidido a confiárselos a usted sin más demora. En este caso provienen de algo bien sencillo pero tan desusado como el hecho de que el único protagonista, junto con la mujer que le hace el contrapunto, fuera un caballero tan cercano a cumplir ya los noventa que los hará dentro de un mes escaso. He aquí una circunstancia sorprendente teniendo en cuenta que, según acabo de puntualizar ahora, la obra solo requiere la presencia de un par de actores, y uno de ellos es precisamente nuestro longevo artista.

Pero aún hay más, porque durante las dos horas que aproximadamente dura la función, nuestro hombre hará gala de su memoria hablando sin parar y acaparando la mayor parte del tiempo disponible. Y todavía hay que añadir que el caballero no se limita a hablar con la mayor soltura, sino que también hace otras cosas que suelen resultar difíciles de realizar con desparpajo cuando uno siente el peso de los años. Me refiero por ejemplo a vestirse y desnudarse sin ayuda o sin hacer determinadas contorsiones.

Y esto no es todo, porque el papel que él desempeña no corresponde a un anciano torpe y venerable como pudiera deducirse de sus años, sino el de un caballero esbelto y elegante consciente además de su atractivo físico; es decir, de algo así como un conquistador guaperas dedicado nada menos que a la “alta seducción”, tal como reza el título.

Seguramente a estas alturas ya sabrá usted cuál es el nombre de nuestro curioso personaje. En efecto, se trata de Arturo Fernández, ese actor que a todo el mundo cae simpático. Y a poco que usted imagine el argumento, se habrá ya dado cuenta de que éste ha sido cortado a la medida de los trajes que él cuida con esmero. Así que habrá acertado, pues en la comedia se oirán sus frases preferidas, su característico deje de asturiano y sus gestos de caballero presumido. Hasta en el final su personalidad será reconocible.

Desconozco el número de meses que lleva la obra en cartelera, pero sí puedo constatar que sigue el éxito y que éste se debe en parte al gran tirón que tiene para los “mayores”; tan es así que cuando mi mujer y yo llegamos a aquel antiguo cine convertido hoy en teatro con la anticipación acostumbrada, tuvimos ocasión de ver acumularse toda la tercera edad de Madrid y alrededores, por no decir “y parte de la cuarta”.

Ojalá que este milagro de un nonagenario en plena forma dé nuevos bríos a mi generación, ya decadente y maltratada diariamente por el tiempo. Porque mi principal asombro es que el que un hombre de noventa siga haciendo papeles de galán con la mayor soltura no llegue a convertirse en “más noticia” y en un mayor motivo de esperanza.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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