Tierra Santa. 7. Nazaret, Caná y el Tabor

Por José María Arévalo

( Cripta de la Basílica de la Anunciación. Hic Verbum caro factum est) (*)

El cuarto día (el lunes, 1 de octubre) de nuestra estancia en Tierra Santa – que, como venimos diciendo, recorrimos viajando desde Saxum, Centro de Interpretación del camino de Emaús y residencia que ha abierto el Opus Dei recientemente- nos fuimos de nuevo a Galilea, primero hasta Nazaret, y de allí a Caná y después vimos el monte Tabor.

Nazaret era una aldea desconocida para la mayor parte de los habitantes del mundo: un puñado de pobres casas, parcialmente excavadas en la roca, que se arracimaban en la ladera de unos promontorios, en la Baja Galilea. Ni siquiera en el ámbito más reducido de su región, tenía Nazaret excesiva importancia. En dos horas de camino a pie, se llegaba a Séforis, donde se concentraba casi toda la actividad comercial de la zona; esta localidad contaba con edificios de buena planta, y sus habitantes hablaban griego y estaban en relación con el mundo intelectual grecolatino. En cambio, en Nazaret vivían unas pocas familias, que solo hablaban arameo. Sus pobladores serían un centenar. La mayor parte se dedicaba a la agricultura y la ganadería, pero no faltaba algún artesano como José, que con su ingenio y esfuerzo prestaba un buen servicio realizando trabajos de carpintería o herrería.

Nos comentaba nuestra guía judía, mientras recorríamos Nazaret, que era esta población tan pequeña que probablemente tenía San José otro taller en Séforis, de donde le vendría la mayor parte de los encargos que le hacían. En aquella aldea, en un rincón perdido de la tierra, donde nadie que proyectase una gran empresa humana habría acudido a buscar quien la sacara adelante, se encontraba la criatura más extraordinaria que jamás haya existido, llevando una vida absolutamente normal y sencilla, llena de naturalidad. Seguimos ya las explicaciones de la otra guía, que ya mencioné en artículos anteriores, “Huellas de nuestra fe, Apuntes sobre Tierra Santa”, de Jesús y Eduardo Gil, que puede descargarse gratuitamente en www.saxum.org. “Según una antigua tradición, recogida por varios Padres de la Iglesia, en el siglo II vivían aún en Nazaret algunos parientes de Jesús, que conservaban la habitación donde la Virgen Santísima recibió el anuncio del Ángel y la otra casa en que más adelante vivió la Sagrada Familia. También se mantenía la memoria de la fuente donde nuestra Madre, como las demás mujeres de aquel poblado, iba a buscar agua. Hay testimonios escritos de peregrinos que visitaron Nazaret durante el siglo IV para ver esa casa, y atestiguaron que ya entonces era un lugar de culto cristiano, donde había un altar.

Gruta de la Anunciación

En el siglo V, se edificó una iglesia de estilo bizantino, que se encontraba en ruinas cuando llegaron los cruzados a finales del siglo XI. El caballero normando Tancredo, Príncipe de Galilea, ordenó construir una basílica sobre la cueva, pero el nuevo edificio fue una vez más echado al suelo durante la invasión del sultán Bibars, en 1263.

Las investigaciones arqueológicas realizadas en Nazaret a mediados del siglo XX confirmaron que existió desde los primeros siglos culto cristiano alrededor de la Gruta de la Anunciación. Además, sacaron a la luz los restos de tres iglesias, visibles en la cripta de la basílica actual, que fueron construidas antes del traslado de la Santa Casa a Italia.

En 1620, un emir autorizó a los padres franciscanos adquirir las ruinas de la basílica y la gruta. En 1730, los franciscanos obtuvieron permiso del sultán otomano para construir una nueva iglesia en ese lugar. La estructura fue agrandada en 1877 y completamente demolida en 1955, para permitir la construcción de la basílica actual, que es el santuario cristiano más grande en el Medio Oriente.

Antes de empezar la edificación de la nueva basílica, el Studium Biblicum Franciscanum realizó una investigación arqueológica del lugar: encontraron un edificio dedicado al culto, con numerosos grafitos cristianos. Entre ellos, destaca una inscripción en griego: “xe mapia” (Ave María); y otra en la que se menciona «el lugar santo de M». Tanto el edificio primitivo como los grafitos son anteriores al siglo III, y con bastante probabilidad corresponderían a finales del I o principios del II”.

( Basílica de la Anunciación) (*)

Alguno de los peregrinos preguntó si era verdadera la casa de la Virgen que se conserva en Italia, en Loreto, que se dice trasladaron los ángeles desde Nazaret, y nos confirmó nuestra guía que en Loreto se conservan las paredes construidas de la casa, pero que las llevaron los cruzados en la Edad Media.

“Estos descubrimientos –dice la guía escrita- se completaron después con los estudios efectuados en la Santa Casa de Loreto (Italia), entre 1962 y 1965, que mostraron su coincidencia con las proporciones que debería tener un edificio adosado a la gruta de Nazaret, y que los grafitos encontrados en los muros de la Casa que se conserva en Loreto son del mismo estilo y corresponden a idéntica época que los hallados en Nazaret. Estos datos, sumados a los que aportan las fuentes escritas y otros restos arqueológicos, explican por qué es perfectamente compatible que, tanto en la basílica de Nazaret como en el santuario de Loreto, los peregrinos puedan contemplar el lugar físico en el que aconteció la Encarnación del Verbo, considerando con emoción y agradecimiento: Hic verbum caro factum est”.

Nosotros estuvimos primero en la iglesia de San José, sobre los restos de la casa de éste, a pocos metros de la Basílica de la Anunciación, a donde se trasladaría la Virgen tras su matrimonio con el santo Patriarca. En aquella iglesia oímos Misa sobre las once de la mañana, y al terminar nos aconsejaron bajar a rezar el Ángelus a la gruta de la Anunciación, como así hicimos. Fue impresionante: una procesión de sacerdotes bajó la escalinata de la Basílica hasta llegar a la cripta, entre cánticos religiosos, y el que dirigió el rezo del Ángelus hizo especial hincapié en el “hic” que añadió al “Et verbum caro factum est” de la tercera invocación habitual, momento en el que se me pusieron los pelos de punta. Todo muy solemne, ya digo.

Hay una leyenda que se cuenta en Nazaret, de que quizá el Ángelus –la anunciación- podía haber tenido lugar en la fuente del pueblo, donde la Virgen se habría parado a hacer oración. Así que antes de oir Misa, fuimos a la que se conoce hoy como Fuente de la Virgen, que ha abastecido a los habitantes de Nazaret durante siglos, así que por lo me nos podemos suponer que Santa María iría allí con frecuencia. El agua llega canalizada a la fuente desde el manantial que se encuentra a unas decenas de metros, en la cripta de la iglesia ortodoxa de San Gabriel, que tiene unos iconos impresionantes.

( Pozo de Nazaret) (*)

La casa donde vivía la Sagrada Familia

La ciudad de Nazaret cuenta hoy con unos 70 000 habitantes, aunque en tiempos del Señor no pasaba de ser un pequeño poblado en el que vivían poco más de un centenar de personas, dedicadas en su mayoría a la agricultura. La aldea estaba situada en la falda de una colina, rodeada de otros promontorios que formaban algo así como un anfiteatro natural.

“El trabajo de los arqueólogos –seguimos de nuevo la guía de Saxum- ha permitido descubrir cómo eran las casas en esta zona de Galilea hace dos mil años: muchas eran cuevas excavadas en la roca, a veces ampliadas exteriormente con una sencilla construcción. Algunas disponían de una bodega, de un granero, de una cisterna para guardar agua. De todos modos, se trataba por lo general de viviendas pequeñas, estrechas y poco iluminadas. En Nazaret hay varios enclaves en los que se conserva el recuerdo de la presencia del Señor: el más importante es la basílica de la Anunciación. Otros lugares evangélicos son la Sinagoga y el cercano Monte del Precipicio, que rememoran el rechazo de algunos nazarenos tras haber escuchado la predicación de Jesús; además, están la Fuente de la Virgen, donde según algunas tradiciones antiguas María iría a buscar agua; la Tumba del Justo, en la que habría sido enterrado el Santo Patriarca; y la iglesia de San José, construida sobre los restos de una casa que la piedad popular ha identificado desde hace muchos siglos con el hogar de la Sagrada Familia.

( Pudo ser la casa de San José y La Sagrada Familia en Nazaret) (*)

El templo que vemos hoy se encuentra a cien metros de la basílica de la Anunciación. Fue construido en 1914, con estilo neo-románico, sobre las ruinas de edificaciones anteriores: existía, en efecto, una iglesia del tiempode los cruzados (siglo XII), que los musulmanes habían asolado en el siglo XIII. Cuando los franciscanos llegaron a Nazaret, por el año 1600, encontraron que entre los cristianos del lugar se había transmitido una tradición popular que identificaba esa iglesia –llamada también de la Nutrición, por ser el sitio donde habría sido criado el Niño Jesús– con el taller de José y la casa donde vivía la Sagrada Familia. Las excavaciones realizadas en 1908 sacaron a la luz restos de una primitiva iglesia bizantina (siglos V-VI), que habría sido construida en el lugar donde todavía hoy –en la cripta– pueden observarse algunas dependencias de una casa que los arqueólogos datan en el primer o segundo siglo de nuestra era: una
bodega excavada en la roca, varios silos, cisternas para el agua, así como lo que posiblemente era un baptisterio, al que se bajaba por una escalera de siete peldaños y que contiene algunos mosaicos.

( Iglesia de San José en Nazaret) (*)

Aunque estos hallazgos son significativos, sin embargo no permiten a los arqueólogos asegurar con toda certeza que esta y no otra fuese efectivamente la casa de la Sagrada Familia. Sería preciso contar con fuentes antiguas que lo atestiguasen, como sucede en otros lugares santos: por ejemplo, en la cercana basílica de la Anunciación. No obstante, tomando pie de la antigua y venerable tradición popular, bien podemos acercarnos con cariño a la cripta de la iglesia de San José para, de la mano de san Josemaría, meternos en la vida de la Sagrada Familia.

La Virgen dejaría la casa de san Joaquín y santa Ana e iría a vivir a la de su esposo, que seguramente estaba muy cerca, ya que las excavaciones realizadas en
Nazaret han revelado que las casas que componían este pueblecito ocupaban una superficie de unos cien metros de ancho por ciento cincuenta de largo.

( Nave mayor de la Iglesia de San José en Nazaret) (*)

“¿Cómo era la vida de la Sagrada Familia? –escribe San Josemaría-. La propia de hogar modesto, humilde, porque san José era un trabajador, un artesano de Galilea, un hombre como tantos otros. Y ¿qué puede esperar de la vida un habitante de una aldea perdida, como era Nazaret? Sólo trabajo, todos los días, siempre con el mismo esfuerzo. Y, al acabar la jornada, una casa pobre y pequeña, para reponer las fuerzas y recomenzar al día siguiente la tarea.

Pero el nombre de José significa, en hebreo, Dios añadirá. Dios añade, a la vida santa de los que cumplen su voluntad, dimensiones insospechadas: lo importante, lo que da
su valor a todo, lo divino. Dios, a la vida humilde y santa de José, añadió –si se me permite hablar así– la vida de la Virgen María y la de Jesús, Señor Nuestro” ( San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 40).

El fundador del Opus Dei repetía con frecuencia que hemos de vivir con la cabeza en el cielo, mientras tenemos los pies firmemente asentados en la tierra. Para llegar a ser contemplativos en la vida ordinaria, nos animaba a realizar las tareas de cada día como si estuviésemos con la Sagrada Familia en la casa de Nazaret, a perseverar en el trato con Jesús, María y José:

“Acostumbraos a buscar la intimidad de Cristo con su Madre y con su padre, el Patriarca Santo, que entonces tendréis lo que Él quiere que tengamos: una vida contemplativa. Porque estaremos, simultáneamente, en la tierra y en el Cielo, tratando las cosas humanas de manera divina” ( San Josemaría, Homilía en São Paulo, 26-V-1974, recogida en José Antonio Loarte –ed.-, Por las sendas de la fe, Madrid, Cristiandad, 2013, p. 138).

Caná

Y de Nazaret, en el autobús, nos fuimos a visitar Caná de Galilea. San Juan es el único evangelista que narra el primer signo de Jesús, realizado durante aquella celebración en Caná: a petición de la Virgen, convirtió el agua en vino; y también sitúa en esta población de Galilea el segundo de sus milagros: la curación del hijo de un funcionario real, que estaba enfermo en Cafarnaún. El relato de Caná –explica la guía de Saxum- asombra por la sencillez con que está redactado, sin perder a la vez riqueza de matices:

( La Iglesia de las Bodas en Kefer Kenna se terminó de construir en 1906) (*)

“Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Y, como faltó vino, la madre de Jesús le dijo: –No tienen vino. Jesús le respondió: –Mujer, ¿qué nos importa a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora. Dijo su madre a los sirvientes: –Haced lo que él os diga. Había allí seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, cada una con capacidad de unas dos o tres metretas. Jesús les dijo: –Llenad de agua las tinajas. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: –Sacadlas ahora y llevadlas al maestresala. Así lo hicieron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde provenía –aunque los sirvientes que sacaron el agua lo sabían– llamó al esposo y le dijo: –Todos sirven primero el mejor vino, y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has reservado el vino bueno hasta ahora. Así, en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de los signos con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él”.

Los relatos cristianos más antiguos, que presentan Caná de Galilea como meta de peregrinación, la sitúan cerca de Nazaret: «No lejos de allí divisaremos Caná, en que fue convertida el agua en vino», afirma san Jerónimo en una carta escrita entre los años 386 y 392. Y en otro documento posterior, da a entender que la ciudad se hallaba en el camino hacia el mar de Genesaret: «A buen paso se recorrió Nazaret, la nutricia del Señor; Caná y Cafarnaún, testigos de sus milagros; el lago de Tiberíades, santificado por las travesías del Señor, y el desierto en que varios miles de personas se hartaron con unos cuantos panes y de las sobras de los que comieron se llenaron tantos canastos como son las tribus de Israel».

Numerosos testimonios nos hablan de un santuario edificado por los cristianos en memoria de aquel primer milagro realizado por Jesús; también afirman que se conservaban una o dos tinajas y que existía una fuente en el pueblo. Una de las pruebas más remotas pertenece al relato de un peregrino anónimo del siglo VI, que había partido desde Séforis-Diocesarea: «Después de tres millas de camino, llegamos a Caná, donde el Señor estuvo presente en las bodas, y nos sentamos en el mismo lugar, allí yo indignamente escribí el nombre de mis padres. Quedan todavía allí dos vasijas, llené una de agua y vertí vino de esa; me la puse llena sobre los hombros y la posé sobre el altar. Después nos lavamos en la fuente para las bendiciones».

Aunque estos testimonios que han llegado hasta nosotros tienen un valor indudable, no aportan datos definitivos para situar Caná, pues podrían referirse a dos lugares con ese nombre que existen al norte de Nazaret: las ruinas de Khirbet Qana, una aldea despoblada desde hace siete siglos; y la ciudad de Kefer Kenna, que actualmente cuenta con diecisiete mil habitantes, de los que una cuarta parte son cristianos.

Khirbet Qana ocupaba la cima de una colina sobre el valle de Netufa, cerca del camino que unía Acre con el mar de Genesaret. Se hallaba a nueve kilómetros de Séforis y a catorce de Nazaret. Las investigaciones arqueológicas han sacado a la luz los restos de una pequeña aldea que sobrevivió hasta los siglos XIII o XIV, donde hay una gruta con vestigios de culto cristiano de época bizantina y numerosas cisternas excavadas en la roca para almacenar el agua de lluvia, pues no existían fuentes en la zona.

Kefer Kenna está a seis kilómetros de Nazaret, en el camino que baja hacia Tiberias. El asentamiento, abastecido por un manantial, se remonta al menos hasta el siglo II antes de Cristo. Parece ser que en el siglo XVI, sus habitantes, que eran en su mayoría musulmanes, conservaban la tradición del lugar donde Jesús había realizado el milagro. Los peregrinos encontraron allí una habitación subterránea a la que se accedía desde las ruinas de una supuesta iglesia, cuya construcción atribuyeron al emperador Constantino y a su madre santa Elena. En 1641, algunos franciscanos se asentaron en la población y empezaron las gestiones para recuperar aquellos restos, que no pudieron poseerse hasta 1879. En 1880 se edificó una pequeña iglesia y posteriormente se fue agrandando, entre los años 1897 y 1906. También se levantó en 1885, a unos cien metros, una capilla en honor de san Bartolomé –Natanael–, que era oriundo de Caná.

Con ocasión del Jubileo de 2000, se llevó a cabo una restructuración del santuario, y se aprovechó para realizar antes una investigación arqueológica que completase otro estudio de 1969. Las excavaciones han sacado a la luz, además de la iglesia medieval, lo que podría ser una sinagoga de los siglos III-IV construida sobre los restos de habitaciones precedentes, que se remontan al siglo I. Esta sinagoga tenía un atrio con pavimento a base de mosaicos, y un vestíbulo porticado con una gran cisterna en el centro, que se conserva en el subsuelo del templo actual; también las columnas y los capiteles del pórtico se reutilizaron en la nave. En el ábside septentrional de la iglesia, se encontró un ábside aún más antiguo que contenía una sepultura de los siglos V-VI. El tipo de tumba parece indicar la presencia cristiana sobre el lugar durante la época bizantina. Al igual que los testimonios históricos, la arqueología no ha ofrecido pruebas concluyentes para situar Caná de Galilea: el lugar donde Jesús convirtió el agua en vino.

( La basílica de la Transfiguración se terminó en 1924;se inspira en las iglesias de la Alta Siria) (*)

El monte Tabor

Y dejando Caná nos fuimos a subir al monte Tabor, subida que se realiza en taxis que van aparcando sucesivamente, tras viajes interrumpidos solo para coger nuevos pasajeros, en una explanada a los pies del monte, donde tuvimos que esperar turno más de media hora.

“Desde los tiempos más remotos, caminos y pistas de caravanas han surcado la fértil llanura de Esdrelón, en Galilea. Los viajeros que bajaban desde Mesopotamia y Siria, tras costear el mar de Genesaret, la atravesaban hacia el oeste, para llegar al Mediterráneo y continuar hasta Egipto. Los que partían del sur, desde Hebrón, siguiendo la vía que pasa por Belén, Jerusalén y Samaría, la cruzaban hacia el norte cerca de Nazaret. Testigo de su marcha, solitario en medio de la planicie, se erguía el monte Tabor. Si formara parte de una cordillera, con sus 558 metros sobre el nivel del mar apenas llamaría la atención. Sin embargo, por su aislamiento y forma cónica –que sugiere la de un volcán aunque su origen sea calcáreo–, y por elevarse más de 300 metros sobre el terreno circundante, parece de una altura imponente. Destaca la notable vegetación de sus laderas, cubiertas siempre de encinas, lentiscos y plantas montaraces, y en primavera, de lirios y azucenas. Desde su cumbre, una ancha meseta donde además abundan los cipreses, se divisa un hermoso panorama. Estas características convirtieron al Tabor en escenario para los cultos de los pueblos cananeos, que veneraban a los ídolos en las cimas; pero también para las fortificaciones militares, como atalaya sobre la región: de lo uno y de lo otro hubo en ese lugar, donde las huellas de la presencia humana se remontan a hace setenta mil años.

( Vista panorámica del Tabor sobre el valle de Esdrelón y, al fondo, la depresión del río Jordán. El complejo de la izquierda es el monasterio y la iglesia greco-ortodoxa, construido en el siglo XIX sobre ruinas de época cruzada. En lo alto, la basílica de la Transfiguración –orientada al este– y el convento franciscano) (*)

Según los relatos del Antiguo Testamento, fue en las inmediaciones del Tabor donde Débora reunió en secreto a diez mil israelitas al mando de Barac, que pusieron en fuga al ejército de Sísara; allí mataron los madianitas y amalecitas a los hermanos de Gedeón; y una vez conquistada la tierra prometida, el monte delimitó las fronteras entre las tribus de Zabulón, Isacar y Neftalí, que lo tenían por sagrado y ofrecían sacrificios en su cumbre. El profeta Oseas fustigó ese culto porque, sin duda, en su tiempo no era solo cismático, sino también idolátrico. Finalmente, encontramos una prueba de la fama del Tabor en su uso como imagen literaria: el salmista lo une al Hermón para simbolizar en los dos todos los montes de la tierra; y Jeremías lo compara con el descollar de Nabucodonosor sobre sus enemigos.

Aunque en el Nuevo Testamento no aparece citado por su nombre, la tradición enseguida identificó el Tabor con el lugar de la transfiguración del Señor: “Se llevó con él a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a un monte para orar. Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro, y su vestido se volvió blanco y muy brillante. En esto, dos hombres comenzaron a hablar con él: eran Moisés y Elías que, aparecidos en forma gloriosa, hablaban de la salida de Jesús que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y los que estaban con él se encontraban rendidos por el sueño. Y al despertar, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban a su lado. Cuando estos se apartaron de él, le dijo Pedro a Jesús: –Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías –pero no sabía lo que decía”.

La exploración arqueológica en el Tabor ha puesto de manifiesto la existencia de un santuario en el siglo IV o V –que algunos testimonios antiguos atribuyen a santa Elena–, construido sobre los vestigios de un lugar de culto cananeo. Más adelante, las narraciones de algunos peregrinos de los siglos VI y VII se refieren a tres basílicas, en recuerdo de las tres tiendas mencionadas por san Pedro, y a la presencia de un gran número de monjes. De hecho, se ha encontrado un pavimento en mosaico de esa época, y consta que el Concilio V de Constantinopla, en 553, erigió un obispado en el Tabor. Durante la dominación musulmana, aquella vida eremítica fue decayendo, y en el año 808 se encargaban de las iglesias dieciocho religiosos con el obispo Teófanes.

( El Tabor se alza unos 300 metros sobre la llanura de Esdrelón) (*)

A partir del año 1101, y mientras duró el reino latino de Jerusalén, se estableció una comunidad de benedictinos en el Tabor. Restauraron el santuario y levantaron un gran monasterio, protegido por una muralla fortificada. Esta no fue suficiente para resistir los ataques sarracenos, que conquistaron la abadía y, entre 1211 y 1212, la convirtieron en un bastión de defensa. Aunque se permitió a los cristianos volver a tomar posesión del lugar algo después, la basílica fue de nuevo destruida en 1263 por las tropas del sultán Bibars. El monte quedó abandonado hasta la llegada de los franciscanos, en 1631. Desde entonces, consiguieron mantener la propiedad no sin dificultades; estudiaron y consolidaron las ruinas existentes, pero aún debieron pasar tres siglos para que fuese construida una nueva basílica: la actual, terminada en 1924.

La basílica actual

Hoy en día, los peregrinos suben al Tabor por una carretera sinuosa, trazada a principios del siglo XX para facilitar el abastecimiento de materiales durante la construcción del santuario. La llegada a la cima está marcada por la puerta del Viento –en árabe, Bab el-Hawa–, un resto de la fortaleza musulmana del siglo XIII, cuyos muros rodeaban toda la planicie de la cumbre. En el lado norte de esta extensión, se encuentra la zona greco-ortodoxa; y en el lado sur, la católica, a cargo de la Custodia de Tierra Santa.

Desde la puerta del Viento, una larga avenida flanqueada de cipreses conduce hasta la basílica de la Transfiguración y el convento franciscano. Delante de la iglesia, pueden verse las ruinas del monasterio benedictino del siglo XII, aunque también hay vestigios de la fortaleza sarracena. De hecho, esta se edificó aprovechando los cimientos de la basílica cruzada, los mismos sobre los que se apoya el santuario actual, de tres naves, que ocupa el plano del precedente. La fachada, con el gran arco entre las dos torres y los frontones triangulares de las cubiertas, transmite al mismo tiempo bienvenida e invitación a elevar el alma. Al atravesar las puertas de bronce, esta sensación se multiplica: la nave central, separada de las laterales por grandes arcos de medio punto, se convierte en una escalera tallada en la roca que desciende hasta la cripta; y encima, muy elevado, destaca el presbiterio, que tiene detrás un ábside en el que está representada la escena de la Transfiguración sobre un fondo completamente dorado. La evocación del misterio queda subrayada por una particular luminosidad, conseguida gracias a los ventanales abiertos en la fachada, los muros de la nave central y el ábside de la cripta.

El proyecto de la basílica respetó, incluyéndolos, algunos vestigios de las iglesias anteriores: junto a la puerta, las dos torres se construyeron encima de unas capillas con ábsides medievales, hoy dedicadas al recuerdo de Moisés y de Elías; y en la cripta, aunque la bóveda primitiva cruzada fue cubierta por un mosaico, el altar es el mismo y también quedan a la vista restos de mampostería en los muros. Además, recientemente se excavó una pequeña gruta al norte del santuario, debajo del lugar identificado como el refectorio del monasterio medieval: las paredes contenían inscripciones en griego y algunos monogramas con cruces, rastros quizá del cementerio de los monjes bizantinos que habitaron la montaña”.

Tras recorrer en taxis la sinuosa carretera que baja del Tabor, por la que apenas puede circular un coche, y no pueden subir los autobuses, tomamos de nuevo el nuestro para volver a Saxum.

(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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