Para que la trabajara y custodiase. 4. ¡Ya no hay grajos, padre!

Por Carlos de Bustamante

( Grajo, corneja y cuervo) (*)

Se llamaba Vidal, pero era tan pequeño, aún cuando dejó de ser niño, que seguramente por eso, y con perdón, le llamaban Peduco. Su padre trabajaba la tierra. Peduco la custodiaba. Entre los dos cumplían así el mandato divino. Y a fe que “divinamente”. Jamás se conoció en la Dehesa, ni creo que en todo el valle del Duero regador tan “périto” como Peduco (Vidal) padre. Lo mismo regaba por tornas en el llano, que con la filigrana costosa de las culebrillas, para terrenos con pendientes importantes. A golpe de azadón, hacía un curioso laberinto por donde obligaba a subir o bajar la bendición del agua en pequeños trechos. El cultivo, fuera el que fuese, sobresalía en el corte de Peduco -padre por encima de los colindantes. Y al medir, el sudor derramado se transformaba en la perla fina de gran valor. Vidal Peduco -padre, maestro del riego. La flor en las matas de patatas y en las apenas perceptibles de los ceriales, cantaban agradecidas en la belleza de pétalos y colores los cuidados del maestro del riego que les cupo en suerte.

-¡Ande voy a trabajar ó, padre!

-Tú Peduco, hijo, ande quedrás ir si no levantas nian una cuarta del suelo! –le contestaba uno y otro día.

Con el gesto habitual de rascarse la cabeza sin pelo bajo la gorra, le preguntó un día el Sábanas (el cachicán) mientras tiraba regaderas en el cacho “ande dispués” sembraría el mismo Peduco el cerial a voleo:

– ¿No tendrás tú, Peduco, algún hijo pa que trabaje en la Dehesa de grajero? , anque quisió, añadió, porque con esas carnes que tiés, que nian de las diun gurriato, quisió…

– ¡Quihacer si no tener!, le contestó sin molestarse, pero con fuerza. Pos anda, que no tié lo que tié que tener el mi Peduco, que no lo veas más aparente pa que esa peste no toque niun grano de cerial, le contestó con sonrisa de oreja a oreja.

Ya anochecido cenaban todos de la misma cazuela las sopas de ajo con vino en cá la Margarita, la hija del señor Demetrio el Raposillo, cuando entre gorgoritos por el chorro del vino de la bota “caendo recio” en la boca del maestro en el riego, y al tiempo de dejar la “cuchar” en la cazuela dio la noticia.

– ¿No querías trabajo, Peduco?, pregunta al hijo que se limpiaba la boca “restriegando los morros” con la manga.

– ¡Quihacer, padre, que no sé quiago ó aquí en ca madre comiendo esta sopa boba tos los días…! Anda tontoanda y que no falte!, dijo ofendida la madre. Y enseguida:

– ¡No sé qué trabajo vas tú hacer, Peduco, hijo, si nian las cuatro reglas te sabes entodavía!, intervino la Margarita.

– Amusque, como si pa grajero se nesecitasen esas boberías, que no son más que boberías, mujer, sentenció el maestro…del riego. Pos en cuantis que aparezcan los grajos, añadió, ya pué bajar al corte, en Peñalba, que de seguro que ya andan los pajarracos por los pinares, concluyó.

Pasó un día y otro día y de los grajos, otrora en bandadas que incluso nublaban al mismísimo sol, ni rastro.

– En vista de que padre pái que no quié darme corte en la Dehesa, tendré que ir a la escuela, a vei si don Rumualdo tié algo pa enseñarme que ó no sepa, dijo Peduco, hijo, cariacontecido.

¡Vaya que si aprendió! Listo como un conejo, no sólo las cuatro reglas, sino hasta lo que no está escrito en libros de escuela para un pueblo.

– Yo que tú, Margarita, le dijo el maestro a la señá de Peduco, mandaba al chico a la capital para que hiciera el bachillerato. Que tiene mucho cerumen tu gurriato, Margarita, añadió convencido el maestro… de escuela.

-¡A qué ton le voy a mandar ó a la capital, si lo que nesecitamos es pan pa las sopas, que con el jornal de mi hombre, nian pa eso tenemos. Fin de la conversación.

Al “desotro” día bajó Peduco hijo con su padre, para ver si el Sábanas le daba corte aunque fuera de vaquero para llevar las reses a los pastos. Y se hizo vaquero. Recorrió montes, riberas y rastrojos… todo el terreno donde el ganado pudiera llenar la panza de los animales insaciables.

Anochecido y dejados los cornúpetas en la cuadra “entriegados” a la monótona sinfonía del “iruto” y el rumio, el vaquero regresó a casa contento con el primer jornal en el bolso.

Al tiempo de guardar la señá Margarita las diez pesetas en la faltriquera, pregunta:

– ¿Y qué tal tesihadado, hijo, el trabajo?

– ¡Cuál!, responde: de primera en primera; que en quitando la Verdeja, qués una cosa isquerosa, todos son mansos como las uvejas.

– Luego, dijo muy serio el mayor de los peducos: ¡Ande iba ó a trabajar de grajero, si ya no hay grajos, padre!

– Ni grajos, ni abejarucos, ni carracas, ni maricas, ni cogornices, ni la madre que las parió, que con tanta química en el campo nos han marrotado hasta la asmósfera. Y que no sé ó ande vas a escardar estiaño con la binadera, Margarita, si no quedan nian yerbas en los ceriales, patatales o cachapales de remolachas, remató el que trabajaba la tierra con mimo.

Esa noche no faltaron en la mesa ni el pan, ni el vino para las sopas; pero ni rastro hubo del condimento de la alegría. La que “páice que con la química también se fue de en cá la señá Margarita. ¿Para siempre…? “Quisió”. ¡Velay que no!


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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