Ideología de género. III. ¿Qué es en este momento?

Por José María Arévalo

( Femenina. Acuarela de Esther Cuesta en Hispacuarela de Facebook) (*)

Estamos reseñando en esta serie el libro “Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres. Para entender como nos afecta la ideología de género”, de Alicia V. Rubio -titulada en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca y profesora de educación física en un centro público de Madrid durante veinticinco años-, editado en 2016 por la digital Titivillus, libro del que ya hemos dicho nos ha sorprendido mucho por la novedad de sus enfoques y claridad de exposición.

Tras la Introducción y el capítulo primero, que como ya vimos titula “El conflicto entre biología y cultura”, vamos hoy al capítulo segundo, “¿Qué es la ideología de género … en este momento?”. Comienza Alicia V. Rubio señalando que “El ser humano es una mezcla indisoluble de su biología y de su cultura. Sus características biológicas son el fruto de una larga serie de estadios evolutivos y adaptaciones exitosas cuyo objetivo, evidentemente logrado, era la supervivencia individual y, sobre todo, la supervivencia de la especie. Esta herencia biológica, fruto de la evolución y determinante en sus comportamientos para todos los animales, en el caso del hombre se ve mediatizada por otra evolución mucho más rápida: la cultural”.

“La evolución biológica – continúa- desde los «hombres-mono» ha durado millones de años mientras que en los últimos 200 años se han producido tales cambios en nuestro modo de vida a raíz de la evolución cultural que, a veces, sentimos nuestra herencia biológica como un lastre que nos impide avanzar todo lo rápido que quisiéramos y que nos mantiene anclados en un pasado que creemos ya superado. Esta dicotomía entre biología y cultura, entre cuerpo y mente, nos produce unos conflictos de difícil solución.

La imagen que mejor puede explicar esta situación es la expresada por David P. Barash, para quien el hombre es un animal que tiene los pies anclados en una tortuga, que sería la evolución biológica y la cabeza atada a una liebre, como expresión de la evolución cultural.

El conflicto entre biología y cultura está relacionado intrínsecamente con el conflicto entre biología y educación. Los biólogos, psicólogos y diversos especialistas han reconocido hace tiempo que la naturaleza (nuestra herencia genética y biológica) y la educación (nuestras experiencias y saberes adquiridos) producen nuestro comportamiento combinándose de forma inextricable. Y esta relación estrecha no tiene por qué estar en armonía. De hecho, cultura y biología no siempre se ajustan como quisiéramos.

El hecho de que una de las bases que determinan nuestro comportamiento evolucione tan despacio y la otra tan deprisa ha creado una serie de problemas y conflictos de difícil solución. Por un lado, nuestra evolución cultural nos ha llevado a una serie de conceptos, conclusiones y creencias sobre qué es lo óptimo y lo deseable en diversos ámbitos de nuestra organización social, económica, política y otras superestructuras colectivas y, sobre estos parámetros, creamos normas y leyes a fin de que esos conceptos y conclusiones se materialicen. Una de ellas es la igualdad en dignidad y derechos de los seres humanos con independencia de la raza, la ideología, el sexo o cualquier situación personal. Pero la igualdad en dignidad y derechos de ambos sexos no puede englobar la igualdad biológica. La biología y la evolución nos hicieron diferentes. Y tuvieron poderosas razones y poderosísimas estrategias. Por otra parte, al querer aplicar este organigrama de creación ideológica y cultural en el campo de la biología, nos tropezamos con una realidad diferente, que se rige por leyes y normas distintas a las que tratamos de aplicar y que busca otros objetivos y resultados ajenos a nuestros esquemas culturales. Además, su evolución es exasperantemente lenta.

Sin embargo, también es parte de lo que fundamenta nuestro comportamiento, parte de nuestro ser y, nos guste o no, no deberíamos olvidarlo nunca. Pese a ello, hay una tendencia en nuestra sociedad a olvidarlo, obviarlo e incluso despreciarlo, creyendo que las cosas, por el hecho de pensar que deben ser de determinada manera, se van a amoldar y transformar conforme nuestros deseos y convicciones por encima de la genética, la biología y la evolución. Es el caso de la ideología de género, que fundamenta todos nuestros comportamientos en una sola de las columnas que conforman y sustentan el edificio, tremendamente complejo, de la naturaleza humana. Y como puede suponerse, una teoría de la naturaleza humana que ignora una parte importante de esta, está condenada a caer estrepitosamente en el momento en que los soportes ideológicos que le dan estabilidad pongan en evidencia su inconsistencia frente a la realidad.

Una de las conclusiones a las que el ser humano ha llegado en su evolución cultural, es a la de la igualdad entre hombres y mujeres. No es el objetivo de este estudio poner en duda esa conclusión fruto de la superestructura cultural. Sin embargo, la igualdad teórica, en el plano de las ideas, creencias y leyes de creación humana, esa igualdad de derechos y deberes entre seres humanos de la misma especie que se fundamenta en una igualdad intelectual indudable y en una idea de la dignidad del ser humano como tal y por el hecho mismo de serlo, empieza a hacer aguas cuando se intenta aplicar en aspectos en los que la biología evolutiva ha decidido que es más efectiva para sus fines la discriminación, la diferencia de características en relación con las funciones que hombres y mujeres conviene que realicen para alcanzar el éxito: la supervivencia de la especie.

En aras de la igualdad teórica de dignidad y derechos entre el hombre y la mujer, se están llevando a cabo una serie de errores e injusticias que, en el ámbito de lo puramente físico, se hacen más patentes en tanto que afectan a esa parte biológica y «animal» que conforma nuestro ser, al individuo biológico hombre-mujer quien, ajeno a la evolución cultural, continúa su lentísima evolución hacia unos objetivos totalmente distintos a nuestras construcciones intelectuales, tan respetables como efímeras si las medimos en temporalizaciones o etapas de evolución biológica.

A esta discutible forma de igualar a hombres y mujeres en lo que no son iguales originada en los grupos feministas, que produce injusticia y en absoluto beneficia a nadie, y menos a la mujer a la que pretende ayudar, se ha unido una fuerza, la de los colectivos homosexualistas, minoritarios pero desde hace tiempo muy influyentes, que ven en la disolución de los dos sexos y sus características la forma de amoldar la sociedad a su idea de lo que esta debe ser. La sociedad heterosexual no les agrada y dicen no sentirse a gusto, por lo que hay que cambiarla de forma que la mayoría pierda sus referencias de alteridad sexual en beneficio de una minoría que no se identifica con ellas. Y puesto que la biología se empeña en reproducir el modelo varón-hembra con las características que mejor han funcionado para la supervivencia de la especie (dicotomía sexual, cuerpos diferentes para funciones diferentes, heterosexualidad, intereses y gustos diferentes, capacidades diferentes, percepciones diferentes, sexualidades vividas de forma diferente…) arremeten contra la biología. Y ya que no pueden negar los cuerpos diferentes, niegan que esto tenga nada que ver con nuestros comportamientos, ni con lo que somos.

Puesto que nada pueden hacer para que la tortuga, nuestra parte biológica, vaya más rápido, niegan que nuestros pies estén anclados a esos éxitos evolutivos que nos han traído hasta aquí y que nuestros cuerpos sexuados afectan a nuestras mentes en tanto que somos, en gran parte, lo que biológicamente somos.

Por esa razón, porque no se puede cambiar la biología tan fácilmente como el pensamiento y la cultura, la ideología de género ha encontrado en las diferencias físicas, con sus diferentes capacidades y competencias en hombres y mujeres, un campo de batalla arduo en la falsa igualdad a todos los efectos, si bien en este momento cree haberlo controlado. Sin embargo, un análisis de los pasos dados por estas teorías en la educación física, puede darnos una visión exacta de su falsedad y puede ser un buen punto de partida para desarmarla. Mis años de docencia en esa materia me han dado datos, ejemplos y argumentos que pueden aportar algo nuevo a esta batalla ideológica sobre la naturaleza humana.

En las clases de materias teóricas es más difícil detectar las diferencias entre hombres y mujeres fruto, nos guste o no, de la biología, si bien hay definidas ciertas diferencias sobre lo que los cerebros masculinos y femeninos procesan con mayor o menor facilidad: está estudiado que el cerebro masculino tiene mayor facilidad en el desarrollo de la visión espacial y el razonamiento matemático, y el cerebro femenino en el razonamiento verbal. No hay que olvidar que hablamos de mayorías y de situaciones generales. En todo caso, no se pone en duda que hay casos individuales que contradicen la inercia mayoritaria puesto que hay mujeres excelentes matemáticas o ingenieras.

En el caso de la Educación Física, la dicotomía de comportamientos entre alumnos y alumnas a partir del desarrollo, es decir, desde el punto en que dejan de ser niños y se convierten en hombres y mujeres fértiles, es tan evidente que no pasa desapercibido para ninguno de los profesores de esta área. Sin embargo, parece que la ideología de género y la teoría de la construcción social de la identidad sexual han calado tanto en nuestra sociedad, que prácticamente ninguno de los docentes que realiza estudios acerca de los diferentes comportamientos de ambos sexos ante el ejercicio físico centra la causa en lo que realmente marca la diferencia: que somos profundamente diferentes. Que nuestra biología, por mucho que la educación afecte a los comportamientos, nos mantiene anclados a esa parte fundamental de nosotros que es nuestro cuerpo físico, nuestros genes, nuestras hormonas y nuestro fin esencial como especie: la supervivencia como tal, la procreación de seres de la misma especie que perpetúen el éxito genético que somos. Nos guste, o no. Estemos dispuestos a asumirlo, o no.

Los hombres y las mujeres no somos iguales. No podemos serlo porque nuestras características físicas no lo son, ni los distintos agentes químicos que recibimos en nuestros cerebros lo son, ni nuestros deseos, gustos, comportamientos y pulsiones en tanto que proceden de esa diferente composición de factores químicos que riega nuestros cerebros.

La igualdad como creación humana, cultural, en el plano de las ideas o en el contexto de unas creencias religiosas, que dotan a la especie humana de unos valores sobrenaturales o de una dignidad ontológica, es evidentemente inaplicable cuando se trata de trasladar al plano biológico. A nivel biológico, hombres y mujeres son diferentes físicamente y, en tanto que esa biología nos influye, sus comportamientos y actitudes son igualmente diferentes.

Sin embargo, durante años se ha tratado de achacar a la educación sexista y a la imposición de roles sociales estas diferencias, obviando lo evidente, que somos diferentes físicamente, a fin de poder trasladar a la biología la construcción social de la igualdad. «No somos iguales porque se nos educa distinto. Cuando nos eduquen igual, haremos, desearemos y viviremos las mismas cosas y de la misma manera o construiremos nuestra personalidad ajenos a otra cosa que nuestros propios deseos» es un desiderátum que no tiene mucha base real en tanto olvida completamente nuestros «pies biológicos» atados a esa tortuga de tan lentos movimientos y lo mucho que nos implican y condicionan estas ataduras.

Es sorprendente que nadie quiera reconocer, ante la arrolladora entronización de la ideología de género, que nuestra naturaleza se desarrolla en dos dimensiones distintas (cuerpo y mente) que transcurren por dos planos diferentes con normas y objetivos totalmente distintos. Y que aplicar las normas de uno al otro es un error evidente que, en muchos casos, sólo trae conflictos.

Quizá se explique mejor con el caso contrario: la transposición de las leyes biológicas o los resultados visibles de éxitos evolutivos, aplicados a las creaciones intelectuales, leyes u organigramas de la cultura, han resultado fallidos por su propia incompatibilidad al estar en planos diferentes y han sido profundamente nocivas para los seres humanos a nivel individual. El hecho de pensar que, porque biológicamente las mujeres eran más débiles respecto a la fuerza física, las hacía inferiores como individuos, o el hecho de pensar que unas diferencias meramente adaptativas superficiales, como el color de la piel, pudieran significar una condición sub-humana sólo ha traído injusticia a la especie humana. Con ese tipo de diferencias, la naturaleza no pretendía crear individuos inferiores en derecho y dignidad, sino adaptarlos a unas necesidades y funciones concretas. Trasladar las acciones de la naturaleza al plano cultural e intelectual es un despropósito.

De igual manera, la transposición de los esquemas culturales, intelectuales o espirituales a las realidades biológicas, regidas por unas leyes y unos objetivos completamente diferentes, puede dar como resultado una nueva injusticia. Aún estamos a tiempo de aclarar los conceptos a quienes han decidido hacer avanzar la liebre de la creación cultural sin tener en cuenta los pies biológicos que sobre la tortuga de la evolución nos sustentan, produciéndonos el dolor y el desconcierto de quien en su avance pierde una parte de sí mismo.

Puesto que es evidente que gran parte de la preocupación e incluso de la infelicidad humana viene determinada por el desequilibrio entre esas dos «naturalezas» del ser humano, resulta importante tratar de equilibrarlas y no reforzar una en detrimento de la otra, puesto que son los dos pilares sobre los que fundamentamos nuestro ser. Sobre todo en la actualidad, cuando la ideología de género y otras teorías antropológicas han empujado el péndulo hacia el lado de la hipervaloración de nuestro ser cultural en detrimento del biológico, alejándonos del equilibrio entre nuestras dos naturalezas.

Exagerar la influencia de nuestra biología sin valorar la capacidad humana de variar comportamientos a través de la cultura es tan erróneo como tratar de magnificar esa capacidad de evolución cultural y achacarle la posibilidad de cambiar nuestra biología, nuestros instintos y nuestros comportamientos de origen neurofisiológico.

Decía Henry Hazlitt que el hombre es el único animal que ríe y llora porque es el único animal capaz de sorprenderse por la diferencia que hay entre lo que son las cosas y lo que deberían ser. Por esta razón, en este libro no se trata de impedir o criticar que los hombres tratemos de adecuar nuestros comportamientos derivados de factores biológicos a nuestros valores culturales en aras de una mayor armonía y felicidad, sino preguntarnos si podemos variar tales comportamientos, hasta dónde podemos variarlos y si vale la pena variarlos.

Para poder responder a todo ello hay que determinar la influencia de la genética, las hormonas y la evolución en la conducta humana, establecer con claridad si muchos de nuestros comportamientos tienen orígenes biológicos o bien, tras analizar los postulados de la ideología de género, son fruto de la educación tal y como esa teoría postula, qué posibilidades hay de variarlos, y qué perjuicios conlleva empeñarse en variarlos contra la propia naturaleza de la mujer y del varón. Del ser humano como especie adaptada y adaptable que busca su felicidad.

Comenzaremos analizando diversos aspectos de esa teoría de la naturaleza humana que es la ideología de género: su origen, sus estrategias, sus beneficiarios y sus diversas ramificaciones. Después se presentarán las diferencias físicas, fisiológicas y conductuales entre hombre y mujer de evidente origen biológico así como las que la etología considera comunes y repetidas en la inmensa mayoría de los grupos humanos, lo que hace pensar en un origen biológico al margen de los aspectos educativos. Como consecuencia de todo ello, se establecerá una posible teoría de la naturaleza humana contrapuesta a los planteamientos de la ideología de género y, finalmente se analizarán todas las consecuencias que esta teoría falaz ha traído, sus entramados económicos y sus objetivos no expresos”.

Lo veremos en los próximos capítulos.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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