Para que la trabajara y custodiase. 5. La casa del vapor

Por Carlos de Bustamante

( Campo. Acuarela de José María García Fernández, “Castilviejo” en Espacio36, Zamora, marzo 2012) (*)

Como una esponja compuesta de poros disimulados por el hilo invisible que los une, así quedaron en tiempo breve los terrenos áridos de la Dehesa y otros muchos circundantes. Horadados, taladrados, porosos. Pero como al igual que los prodigios (y el agua es uno de ellos) provienen de quien de la nada creó cuanto somos y tenemos, el mismo nos pide la colaboración humana para –lo diré una vez, más que no será la última- que trabajara y custodiase todo lo que salió de su omnipotencia.

Del mismo modo, digo, no impidió, sino que quiso que lo divino en el trabajo y custodia fuera también humano. Él crea. Nosotros debemos y podemos cumplir con la mayor perfección posible el mandato. Y con esa perfección o intento por conseguirla, alcanzamos (nuevo Mediterráneo descubierto) la meta donde nos espera. Comprendemos así, que todo trabajo humano noble, honesto, tiene valor divino.

Verdad oculta u olvidada durante algún tiempo, hubo de ser el llamado “santo de lo ordinario” quien presentara al mundo un “nuevo” panorama esperanzador. Sabrán mis amigos y probables únicos lectores a quién me refiero: san Josemaría Escrivá de Balaguer. Y suyas fueron las palabras que suscribo pronunciadas en la mundialmente famosa homilía pronunciada el 8 de octubre de 1967 durante la Santa Misa celebrada en el campus de la universidad de Navarra. Por inolvidables y esclarecedoras, transcribo en una de sus partes especialmente queridas:

“Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. `En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria´…”.

La moralina expresada, tiene una razón al menos, que digo gustoso: los pozos, innumerables en la Dehesa para nuevos regadíos que hicieron fértiles los antes terrenos baldíos, exigieron a los poceros trabajos manuales de pico y pala, que rayaban a veces en lo inhumano o heroico.

Por otra parte, relegadas las norias al olvido, era preciso sustituir el penoso trabajo de mulas o jumentos cuasi decrépitos, por los modernos motores de explosión. Artilugio que, por novedoso y en gran número, exigía al nuevo agricultor de regadío un desembolso considerable.

Especialmente queridas porque las palabras pronunciadas por `el santo de lo ordinario´, tienen para el relator (brrr..) un significado especial: `En la línea del horizonte parecen unirse al cielo y la tierra´…

Aún recuerdo con nostalgia –señal inequívoca del amor en lo que se añora- cómo en las muy largas andaduras por los rememorados páramos, bien cuando los galgos perseguían la liebre por las inmensas soledades, bien cuando lo recorría con escopeta y perro en busca de las piezas, reverberaban allá a lo lejos chispitas de cielo que parecía unirse con la tierra…

Es ahora cuando adquieren y entiendo el sentido pleno de las palabras del Santo. Esa soledad `que recrea y enamora´; esa unión del cielo con la tierra, patente en la lejanía del páramo, me lleva de la mano a entender que la vida ordinaria no es algo chato y sin relieve como pudiera creerse de la inmensa llanura castellana, sino imagen diáfana del portento que es la Creación. Amor en lo ordinario, aparentemente sin relieve. Como al del páramo recordado. Y amando lo creado, es posible amar más al Hacedor.

Consecuencia de lo dicho, y aunque me alargue en la moralina, cabría preguntarse: ¿qué `diablos´ tiene entonces que ver con esto páramos, llanuras, cielos y tierras…y las monsergas que tan machaconamente insisto? Nos bastará, digo, solo un pequeño esfuerzo de la imaginación, para que se entienda `divinamente´. Si lo entiendo cuando vosotros, mis amigos, volvéis cuando todavía voy, seguro que no hay problema. ¿No es por la apariencia de monotonía el trabajo habitual en la oficina, en el quirófano, en el taller, en la cadena de la fábrica, en el campo, en el cuartel… algo plano, sin relieve, en días de aspecto siempre igual…? ¿Qué mérito pueden tener si cumplimos con un deber que además nos remuneran? Os animo, amigos, a volver sobre los pasos anteriores que recuerdo: ‘la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, `cuando vivís santamente la vida ordinaria´. Como a buen entendedor con pocas palabras basta, hasta aquí llego.

¿Y la casa del vapor…? Si Dios es servido, ¡mañaanaa!


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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