Ciudades “inteligentes” en el horizonte

Por Javier Pardo de Santayana

( Amapolas. Acuarela de Milind Mulick en Pinterest) (*)

Mucho empieza a hablarse ya de “ciudades inteligentes” para referirse a uno de los empeños con los que se pretende aprovechar las facilidades que ofrecen los imparables avances tecnológicos, en este caso orientados a paliar y superar los inconvenientes y trastornos de una masificación inevitable. Cosa que no parece de extrañar teniendo en cuenta que, según las actuales previsiones, si ya el 50 por ciento de la población mundial vive o malvive en la inmensa Babel de nuestras grandes urbes, todavía existen previsiones que amenazan con un ingobernable porcentaje del orden de un 75 por ciento hacia el 2050. De ahí que se esté realizando un considerable esfuerzo intelectual para salir al paso de este exceso casi inmanejable y aprovecharlo al mismo tiempo como vector de desarrollo al buscar soluciones ventajosas en otros muchos aspectos de la vida, como la visión global, la coordinación, el perfeccionamiento y control de los servicios, la mejora del transporte, o una mayor racionalidad en el manejo y la utilización de la energía.

Y supongo que con mejoras como éstas – y otras varias que afectarán también a la salud y al bienestar de las personas – se intentará paliar la hostilidad con que se enfrenta el ciudadano que se haya visto obligado a vivir entre el cemento y el asfalto. Algo que está muy bien porque de paso se procurará luchar contra los futuros males del cambio climático y se estimulará la participación del ciudadano en determinadas decisiones que le afectan.

Mas hay algo que no me cuadra demasiado. Porque lo que yo mismo he percibido y vivido con frecuencia es más o menos lo contrario: que, aun siendo consciente de las ventajas de vivir en la ciudad, el hombre de la calle se encuentra tan desazonado y tan confuso que en cuanto hay ocasión tiende a abandonar las capitales para vivir en un entorno menos hostil y presionante. Así habrán visto ustedes con qué ansiedad espera el español los anhelados puentes, y no digamos los días del verano. Se diría, incluso, que el resto del año es para él tan sólo un mal trago que habrá que soportar: un tiempo nulo y sin sentido que dedicará a soñar con el famoso chiringuito. ¿Y qué me dicen de la fiebre por poner tierra de por medio para vivir alejado de atascos, metros y autobuses aunque sea tan sólo una semana? Si ustedes hacen un esfuerzo de memoria recordarán los años precedentes a la famosa explosión inmobiliaria, cuando los urbanitas se endeudaban para contar con una segunda vivienda al aire libre que les alejara del atosigante paisaje habitual de las ciudades. Lo cual no impedía que, en sentido opuesto, se produjera la absorción de las grandes capitales sobre la gente que vivía en la naturaleza, ya que los dineros suelen huir de lo que no tiene futuro. Y sin embargo, en los apenas quince años que vivo en un sencillo pueblo castellano, he podido ver cómo pasaba de contar con poco más que un pequeño establecimiento solo dotado de productos esenciales a albergar nada menos que cinco grandes centros comerciales de primera fila y tres bazares, dos de ellos de los chinos.

¿Cómo es entonces – me pregunto – que quienes predicen el futuro nos auguren ahora la existencia de esas futuras ciudades gigantescas que son objeto de su análisis? ¿No es cierto que, hartos de prisas y de ruidos, hay muchos urbanistas que desean vivir en la naturaleza?

Y la respuesta será que este falso equilibro acaba siempre por vencerse del lado de lo que llamamos “el progreso” y que éste se ubica inexorablemente en el lugar en que la complejidad obligue a utilizar los medios más avanzados y esotéricos. O sea que al final siempre tendrán las de perder los pueblos, como se hace patente en lo que he visto en casi todos mis vecinos, que vinieron a una urbanización plagada de jardines con la ilusión de vivir al aire libre y han acabado por eliminar el césped para sustituirlo por cemento. O han de talar aquellos árboles frondosos que eran el domicilio de los pájaros para evitar la obligación de mantenerlos.

Parece, pues, que tendremos que acabar cediendo a los signos de los tiempos y resignarnos a hacer al papelón de contemplar la naturaleza despreciada por intermedio de un guía turístico que nos la explicará en inglés seguramente. O recurrir a la televisión, donde no sopla el viento y no se pasa ni calor ni frío.

Así que, si Dios no lo remedia, la España que ahora llaman “vaciada” puede considerarse perdida de antemano.

PS: Eso sí, contaremos con unas ciudades gigantescas llenas de ordenadores personales. Y los niños sabrán lo que es el campo por esas visitas del colegio en las que les enseñan lo monas que son los cabritillas y de dónde proceden la leche y las patatas.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://live.staticflickr.com/65535/48097353067_9c891f5fcc_b.jpg

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