Por Carlos de Bustamante

( Rastrojos. Acuarela de Jesús Meneses del Barco en jesusmenesesdelbarco .blogspot.com) (*)
Al día de hoy: primavera recién estrenada, limito comentarios a los cebadales de or Carlos de egadío; porque con la sequía persistente, los de secano apenas si los hay. .Al decir cebadales en terrenos de regadío, serán ¡cómo no!, en los de la Dehesa de Peñalba La Verde.
De acuerdo que trigo y cebada no admiten “comparanza” en cuanto a cualidades para panificación; pero si mis amigos y probables únicos lectores tienen la santa paciencia de leer lo que sigue, verán cómo, además de un cereal insustituible para la alimentación del ganado, tampoco es disparate panificarlo para consumo humano. Miren, mis amigos y lean la historia que nos narran los Evangelios:
…” Después de esto partió Jesús a la otra orilla del mar de Galilea, el de Tiberíades. Le seguía una gran muchedumbre porque veían los signos que hacía con los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Pronto iba a ser la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús, al levantar la mirada y ver que venía hacia él una gran muchedumbre, le dijo a Felipe: —¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos? —lo decía para probarle, pues él sabía lo que iba a hacer.
Felipe le respondió: —Doscientos denarios de pan no bastan ni para que cada uno coma un poco.
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo:
—Aquí hay un muchacho que tiene “cinco panes de cebada” y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos? Jesús dijo:—Mandad a la gente que se siente —había en aquel lugar hierba abundante.
Y se sentaron un total de unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes y, después de dar gracias, los repartió a los que estaban sentados, e igualmente les dio cuantos peces quisieron.
Cuando quedaron saciados, les dijo a sus discípulos: —Recoged los trozos que han sobrado para que no se pierda nada.
Y los recogieron, y llenaron doce cestos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido.
Aquellos hombres, viendo el signo que Jesús había hecho, decían: —Éste es verdaderamente el Profeta que viene al mundo.
Jesús, conociendo que estaban dispuestos a llevárselo para hacerle rey, se retiró otra vez al monte Él solo”.
Visto lo cual, “páice” que tan malos no son los panes elaborados con harina de cebada, cuando el Señor los bendijo y cinco mil hombres más mujeres y niños se saciaron de ellos y de peces. Hasta tal punto fue así, que, una vez saciados, recogieron doce cestos llenos de sobras…
Volvemos ahora al cebadal. Sembrada la de ciclo largo en otoño, una alfombra verde pálido, cubría el cacho de la Encina. Antes y cuando apenas despuntaban los primeros brotes nacidos de la madre difunta, la lluvia temprana otoñal obró el prodigio. El que, no por repetido, dejó de asombrar al amo de turno. Yerba que antes de mirar inhiesta al cielo de donde le vino el vigor, se extendió en hojas cansinas hasta cubrir la tierra. Al tiempo de recrear la vista con el espectáculo del cebadal, tímido por incipiente, meditó para sus adentros el misterio al hacer la “comparanza” con el no menor misterio de la vida humana.
Aquí, fue preciso que el grano de semilla muriera para engendrar nueva vida en el seno de la tierra. Semilla que, cuidada de malas yerbas y regada de arriba primero y por la inteligencia y mano del hombre luego, se multiplicaría en descendencia de familia numerosa. ¿Cabría en mente de labrador sensato -se dijo- extirpar el fruto de la madre tierra? ¿La que sembrada con el fin de procrear nuevos frutos con que servir a quien lo depositó con cuidados sumos? Si tal era la labor de quien prepara, trabaja y custodia la tierra. Siembra, abona y riega, para obtener una cosecha de vida con desarrollo vegetal hasta lograr el objetivo de llenar la panera y posteriores necesidades, ¿cómo entender que se arranquen como “cosas” las vidas humanas engendradas en el seno materno de una mujer? Vidas destinadas a llenar la tierra con el necesario relevo generacional…
¿Hasta dónde llegaría la locura del labrador que iniciado el mismo proceso – aun no siendo éste humano- arrancase a golpe de herramientas, la cosecha en yerba porque aún no ve la espiga con frutos cuajados…? Con vida vegetal, pero vivos.
Entristecido por tales pensamientos y al extender la vista por el cacho de la Encina, bendijo al Creador-como hicieran sus antepasados- con la alegría de contemplar el nuevo Paraíso. Abstraído en estas reflexiones, observó cómo según había avanzado el agua del riego por el cebadal en yerba, hacía raya el verdor y desarrollo con el terreno con una elevación apenas perceptible, en el que, sin subir la bendición del agua, la vegetación languidecía.
¿Cómo-pensó entonces- bendecir al Señor de todo lo creado, con un trabajo imperfecto? Si en el resto había posado su mirada como en acción de gracias por ser consecuencia de un trabajo hecho para Dios, ¿acaso le agradaría el pequeño cotarro improductivo por no regado? Y con la sencilla meditación solitaria de un trabajo inacabado o dado por bueno sin serlo, ¿sería también objeto de bendición lo imperfecto? Sumido en estos pensamientos, se dijo: ¡bah!,no se notarán granos de cebada como lenguas de pájaro en un montón de cebada en su mayoría bien granada. Consciente del error de semejante burla, caviló en el remedio para no engañarse, ni presentar una ofrenda defectuosa como buena.
Será en otro cultivo, si Dios es servido, donde posiblemente veamos cómo solventó el problema. Pequeño, pero problema. ¿O es que -finalizó sus ocurrencias- sólo Le importarían las grandes obras sin descender a los “pequeños detalles”…? Pues eso, que nos vemos.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://live.staticflickr.com/7825/47556830321_f03225b040_b.jpg