Ideología de género. XI. Dos millones de años de evolución diferente

Por José María Arévalo

( Familia vaccea. Ilustración en la web pintiavaccea.es sobre el yacimiento de Padilla de Duero) (*)

Sorprendente este nuevo capítulo, el 10, “Chimpancés y bonobos… Dos millones de años de evolución diferente” de Alicia V. Rubio – titulada en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca y profesora de educación física en un centro público de Madrid durante veinticinco años- en su libro, “Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres. Para entender como nos afecta la ideología de género”, editado en 2016 por la digital Titivillus, que estamos reseñando en esta serie.

La autora se extiende ahora en explicar las peculiaridades de los chimpancés, que forman sociedades patriarcales, y los bonobos, que las forman matriarcales, dos tipos de monos que se distribuyen por zonas distintas a uno y otro lado del río Congo, para después reconocer nuestra semejanza con el organigrama sociobiológico del chimpancé, “una vez admitida la posibilidad de que los comportamientos tengan una clara base filogenética y que, aunque la educación puede modular y moderar sus expresiones, las raíces biológicas son imposibles de erradicar salvo con millones de años de evolución”; para finalmente descubrirnos que la ideología de género nos quiere convertir, contra la naturaleza evolutiva de nuestros comportamientos, en bonobos. Vamos a verlo.

Después de citar la famosa frase de Albert Camus “El hombre es la única criatura que rechaza ser lo que es”, comienza: “En un capítulo anterior ya se mencionó a un tipo de monos, los bonobos, que han supuesto, por sus comportamientos, un argumento y un ejemplo para la ideología de género. Y ciertamente el asunto es tan interesante que vale la pena hablar de ello. El bonobo o chimpancé pigmeo (Pan Paniscus) se ha confundido con su pariente más cercano, el chimpancé (Pan Troglodytes) hasta hace poco tiempo. Aunque ambos son de tamaño parecido y el nombre común de «pigmeo» no se refiere a su tamaño sino a la zona en la que habita, presentan algunas diferencias físicas: el bonobo es más esbelto, con las piernas algo más largas y la cara más oscura. Camina de forma bípeda por más tiempo que los otros primates y la hembra tiene más volumen mamario. En cambio, el chimpancé, más fuerte y musculoso presenta, frente al bonobo, la capacidad de utilizar herramientas diferentes y una capacidad anticipatoria que se demuestra en la obtención de esas herramientas antes de necesitarlas pero sabiendo que cuando llegue, por ejemplo, al hormiguero, le van a ser útiles para sacar las hormigas.

Chimpancés y bonobos se distribuyen por zonas distintas a uno y otro lado del río Congo. En alguno de los textos consultados se da por cierta la posibilidad de que esa separación física fuera la razón por la que unos y otros evolucionaran de forma diferente. Esta evolución diferente se calcula que se inició entre 2,5 y 1,5 millones de años atrás. Los humanos compartimos con ellos el 98% de material genético, algo más que con los gorilas.

Presentados los protagonistas vamos a sus comportamientos. El chimpancé se comporta como la inmensa mayoría de los mamíferos: territorialidad, agresividad, lucha de los machos por copular con las hembras, infanticidio ocasional para que las hembras entren en nuevo celo, defensa de las hembras y la prole. El organigrama sería patriarcal. Aunque vive en sociedad, los grupos son muy variables y no se mantienen fijos: es lo que se llama sociedad de fisión-fusión. Los machos estarían en el centro de la estructura social con la función de patrullar, cuidar de los miembros del grupo y la búsqueda de alimentos y entre ellos habría una jerarquía de dominancia. La testosterona les produce la agresividad para defenderse y atacar.

Los bonobos, por el contrario, presentan organigrama matriarcal. Los machos permanecen siempre bajo la tutela de sus madres. Y son estas las que los defienden de otros machos. No hay territorialidad porque los machos copulan con todas las hembras y también entre ellos. No hay competencia. De hecho los machos copulan entre sí antes de copular con una hembra en celo. Se calcula que solo el 25% de los encuentros sexuales son para procrear. La promiscuidad sexual genera lo que los estudiosos llaman la incertidumbre de la paternidad de forma que ningún macho puede excluir la posibilidad de que la cría sea suya, por lo que se promueve la protección de toda la tribu hacia las crías. El hecho de que los machos más audaces de la tribu copulen antes con la hembra no implica que las crías lleven sus genes, sino que es habitual que las crías pertenezcan a los que han copulado más tarde, posiblemente por un retraso en la ovulación de las hembras. Esto llevaría a una selección de la descendencia de los machos más conformistas frente a los más audaces.

Cuando hay conflictos, se resuelven manteniendo relaciones sexuales entre los contendientes sea cual sea su sexo. En el caso de que el conflicto sea entre tribus, la resolución es la misma y esa promiscuidad sexual facilita nuevos lazos de parentesco que eliminan la posibilidad de nuevos conflictos.

Las hembras jóvenes abandonan el grupo para unirse a nuevos grupos. La forma de ser admitida en el nuevo grupo es obtener el beneplácito de la hembra dominante manteniendo relaciones sexuales con ella. Con este sistema de intercambio de hembras se resuelve el alto grado de consanguineidad que podría derivarse de la reproducción endogámica y sin control alguno sobre el parentesco de los miembros de la tribu.

Las hembras forman una alianza frente a los machos, más fuertes y grandes que ellas, y estos jamás se enfrentan al grupo organizado de hembras de su tribu. El comportamiento de agresión durante un conflicto no está influenciado ni marcado por un aumento de los niveles de testosterona en los machos. El bonobo macho es totalmente pacífico y nada le altera. En sus orgías sexuales practican todo tipo de posturas, incluso la frontal y no rehuyen el encuentro sexual con otros animales o el hombre.

Por alguna razón, la evolución favoreció, mediante la selección de individuos, este tipo de comportamientos y el organigrama funcionó para la supervivencia del bonobo en ese territorio, al contrario que sucedió en el territorio de los chimpancés, donde la supervivencia se aseguró con territorialidad, la agresividad, defensa de la prole propia y el patriarcado, entendido como prepotencia del macho, por su fuerza física, y como la respuesta biológica a la escasez de machos, posiblemente sacrificados en luchas, contrarrestada con harenes de hembras bajo la tutela del macho dominante.

Sin saber nada acerca de la situación en una y otra orilla de Congo, cualquiera podría suponer que los antecesores de los bonobos se encontraron con pocos depredadores y la respuesta agresiva del macho resultó innecesaria y, a la larga, contraproducente. El hecho de que sean capaces de mayor tiempo de bipedestación, tengan las piernas más largas y menos musculatura que los chimpancés, puede hacer suponer también la supervivencia en un ambiente menos peligroso al tener la posibilidad de abandonar los árboles por más tiempo y menos necesidad de defender al grupo.

Los machos agresivos se fueron extinguiendo por su propia agresividad puesto que la testosterona nada favorecía para la supervivencia de su prole mientras que los machos más pacíficos encontraban en los senos de sus madres una mayor seguridad y posibilidades de supervivencia. Ante la inoperancia de los comportamientos fruto de la testosterona, la faceta cooperativa de las hembras les dio preponderancia y la fuerza grupal que el varón no conseguía. Dos millones de años modelaron, por selección genética, estos comportamientos priorizando la supervivencia de los que más se adaptaban a la situación concreta.

En el caso de los chimpancés, la existencia de depredadores hizo necesaria la defensa de la prole y la fuerza del macho. Las hembras que querían que su descendencia sobreviviera habían de aparease con los machos más fuertes e involucrarlos en la defensa de las crías por la certidumbre de la paternidad. Lo que en un territorio fue determinante para sobrevivir, en el otro era un hándicap. Naturalmente, los machos más agresivos y con más testosterona conseguían más descendencia a la que transmitían sus características. Las hembras que más consiguieran involucrar al macho en la paternidad también tenían un plus, y en el caso de haber varias hembras, la cooperación entre ellas ayudaba a salir adelante al grupo bajo la cobertura defensiva de los machos y la figura de macho dominante. En dos millones de años, este prototipo, perfecto para una situación concreta, ha dado lugar al actual chimpancé.

Parece evidente que el homo sapiens ha evolucionado de forma parecida al chimpancé y no al bonobo. Es más, la organización sociobiológica más repetida en las sociedades humanas es, con variantes, la expresada por todos los grupos de primates a excepción del bonobo.

En ninguno de los dos casos, ni el bonobo ni el chimpancé han decidido voluntaria y racionalmente que les convenía uno u otro tipo de organización para su supervivencia. Simplemente, han ido sobreviviendo los comportamientos más aptos, los que más se adaptaban a una situación que, posiblemente, no fue la misma. La relación con la genética de este tipo de comportamientos parece clara pero es que, además, estudios actuales vinculan directamente algunos comportamientos con genes específicos.

A esta capacidad para establecer vínculos de cooperación y crear comunidades pacíficas e implicadas en el bien común y no individual, parece habérsele encontrado un lugar físico: esa base molecular del comportamiento social altruista o egoísta en las sociedades de primates que residiría en el gen ubicado en el brazo corto del cromosoma X denominado Gen Darwin. Parece estar demostrado que este gen está sobreexpresado en los individuos con Síndrome del Hiper-altruísmo y está subexpresado en los individuos con Síndrome del Hiper-egoísmo. Humanos y chimpancés presentamos una copia única localizada en un dominio genómico estable. Los bonobos, por el contrario tienen varias copias localizadas en regiones variables.

Cuando se hizo un experimento con 203 humanos a los que se les hizo jugar a un juego de donación de dinero, tras tomar muestras de ADN, las personas que respondieron al juego de forma más generosa presentaban una mayor longitud del componente RS3 del citado gen (327-343 pares de bases) mientras que los que mostraron respuestas poco generosas tenían una menor longitud de ese mismo componente (308-325 pares de bases, alrededor de 20 pares de bases menos).

Respecto a la forma de transmisión de comportamientos, resulta fácil explicar cómo se transmite el comportamiento egoísta o el llamado comportamiento mutualista en el que se crea un beneficio mutuo con otro ser: su beneficio facilita la supervivencia del portador y puede transmitirlo a sus descendientes. Sin embargo, en el caso del altruismo, como en el caso de la conducta maliciosa, en las que no existe un beneficio directo para el individuo, la teoría de la evolución de Darwin tiene serios problemas para explicar su transmisión y selección natural. En este caso entra en juego la regla de Hamilton o «selección de parentesco» en la que la selección actúa sobre grupos de parentesco: es decir, que aunque el individuo pierda la vida, sus genes se preservan en los parientes. En el caso del altruismo, si un individuo en vez de huir ante un depredador y salvarse, da la alarma al resto del grupo, puede morir, pero sus parientes directos, portadores de ese gen, sobrevivirían gracias al aviso y transmitirían el gen a sus descendientes. En el caso del gen del egoísmo, la supervivencia sería individual, asegurada pero quizá menos efectiva evolutivamente. Como el altruismo se muestra útil para la supervivencia, se transmite. También el egoísmo se muestra útil y por ello sobrevive.

Después de exponer estas informaciones y reconocer nuestra semejanza con el organigrama sociobiológico del chimpancé, una vez admitida la posibilidad de que los comportamientos tengan una clara base filogenética y que, aunque la educación puede modular y moderar sus expresiones, las raíces biológicas son imposibles de erradicar salvo con millones de años de evolución, la sorpresa viene al descubrir que la ideología de género nos quiere convertir, contra la naturaleza evolutiva de nuestros comportamientos, en bonobos. Veamos algunas de las frases que parecen demostrarlo:

-Alison Jagger: El fin de la familia biológica será el fin de la represión sexual. La homosexualidad masculina, el lesbianismo y las relaciones sexuales extramaritales no será visto, al modo liberal, como una elección alternativa.(…) La humanidad podrá revertir finalmente a una sexualidad polimorfamente perversa natural.

-Shulamith Firestone: El fin del tabú del incesto y la abolición de la familia tendrá como efectos la liberación sexual y la liberación consecuente de la cultura.

-Informe Kinsey: Está comprobado que los contactos humanos con animales de otras especies han sido conocidos desde los albores de la historia y no son infrecuentes en nuestra propia cultura, por lo que hay que considerarlos como naturales.

-Heidi Hartmann: La forma en la que se propaga la especie es determinada socialmente. Si biológicamente la gente es sexualmente polimorfa y la sociedad estuviera organizada de modo que se permitiera por igual toda forma de expresión sexual, la reproducción sería resultado sólo de algunos encuentros sexuales: los heterosexuales.

No cabe duda de que la sociedad de los bonobos presenta ventajas evidentes como la no existencia de agresiones en los conflictos y la paz social que eso produce. Incluso, a lo mejor, a algún lector, la permanente orgía en la que viven estos monos le puede resultar atractiva. Sin embargo, ha de tener presente que un gran número de contactos no son heterosexuales y que la disponibilidad es absoluta, total y entusiasta: es parte del «buen rollo» de los bonobos. Hablando en serio, el problema es si una educación como «bonobos» puede ahogar los fenotipos de «chimpancés» que la inmensa mayoría portamos, nos guste o no.

Y nos guste o no, al contrario que la hembra bonobo, cuya genética le impulsa a aumentar la incertidumbre de paternidad con relaciones sexuales promiscuas para proporcionar protección a sus crías, el itinerario humano ha sido el opuesto: tratamos de crear certidumbre de la paternidad, creamos familias con fuertes lazos afectivos en las que el hombre se siente impulsado a cuidar de las crías. Nos guste o no, el varón humano ha cumplido su función biológica de conseguir la pervivencia de la especie movido por una testosterona que invade su cerebro y determina sus comportamientos.

Nos guste o no, la biología no buscaba ni la corrección política, ni caer simpática al feminismo actual, no conocía la lucha de clases, ni la presunta opresión del varón sobre la hembra. Buscaba el éxito evolutivo expresado en la supervivencia de la especie humana.

Por un lado, no está nada claro, pese a la opinión de las feministas, que la sexualidad humana sea polimorfa y polisexual. No, de forma mayoritaria. En el caso de la mujer, tampoco está probado que sea promiscua. Se habla de la generalidad, de la mayoría y, naturalmente, se admiten casos individuales que contradicen la inercia mayoritaria.

En nuestros lejanos antepasados, la supervivencia de la prole venía muy determinada por la defensa y ayuda de los machos a los que, en principio, nada habría de empujarles a semejante preocupación. Involucrar al macho en esa ayuda provenía esencialmente de la certeza de la filiación genética de las crías. Nuestro antepasado, homínido, pre-humano pero ya más que primate, perdía mucho, incluso la vida, si se hacía cargo de la defensa y la manutención de una prole. Necesitaba la certeza de que eran su descendencia y se fundamentaba en una fidelidad sexual de la hembra a la que ese comportamiento facilitaba la vida al contar con la ayuda del varón para sacar adelante a las crías y defenderlas. Naturalmente, en este tipo de situación la hembra había de ser muy selectiva en sus relaciones sexuales: a la fidelización de un macho por razones genéticas se unía que la «inversión» de la mujer en una relación reproductiva es mucho mayor que la del varón: nueve meses de embarazo, un parto y una crianza. Eso hacía imprescindible elegir un macho fuerte y agresivo que defendiera y obtuviera comida por estar sentimental y biológicamente unido a las crías. Concretamente, un padre.

Por el contrario, la propensión genética del macho pre-humano, como en sus parientes primates, es de suponer que sería la de conseguir tantos encuentros sexuales como pudiera a fin de asegurar la supervivencia de sus genes. Sin embargo, la fidelización a una hembra y su prole facilitaba la supervivencia de las crías y, por tanto, de la especie. En algún punto de la evolución la relación de pareja se consolidó con la existencia de esos afectos que fidelizan a los machos y que aparecen en algunas especies de primates. Puesto que esos comportamientos daban un plus de supervivencia a las crías de los adultos que los ejecutaban, por biológicamente exitosos, es normal que pervivieran. En el caso humano lo llamamos amor.

Efectivamente, existen una serie de reacciones químicas a nivel cerebral que involucran a dos seres humanos mediante una sensación de gratificación y recompensa que llamamos enamoramiento. La biología facilita las relaciones estables y los lazos de afecto entre ambos sexos de forma que unos cócteles hormonales provocan una atracción y otros cócteles la facilitan y la mantienen. La existencia de factores biológicos que empujan al enamoramiento de dos seres hace muy difícil la imposición del «universo bonobo» porque la tendencia natural humana, al menos en relación a su bioquímica, es a tener relaciones con una persona, la que desencadena el cóctel químico del enamoramiento y la que produce una gratificación especial. La ideología de género trata de convertir a la hembra humana en una bonoba, con una sexualidad promiscua, homosexual y sin compromiso para la que biogenéticamente no está programada. Las mujeres podemos llevar una vida promiscua y, además, la ideología nos puede modelar, una por una, con formas retorcidas al margen de nuestra tendencia natural convenciéndonos que de que somos más libres y más felices con relaciones esporádicas sin compromiso, sin maternidad y sin implicaciones emocionales. La pregunta es si realmente somos más felices.

Porque el problema es que la hembra humana, alentada por la ideología de género a practicar una sexualidad promiscua, que podríamos determinar como biológicamente «masculina» por las muy diferentes implicaciones que la sexualidad acarrea a uno y otro sexo, es decir, sin consecuencias indeseadas directas como el embarazo, es un chimpancé que se mueve en una sociedad de chimpancés. Y, contra los parámetros de la ideología de género, no es la sociedad patriarcal la que ha creado a los chimpancés sino al revés: son estos los que, con sus comportamientos biogenéticos, han creado las formas de relación que existen en nuestra sociedad. La diferencia entre chimpancés y bonobos no proviene de sus organigramas sociales sino al revés: los organigramas sociales provienen de sus diferencias.

La ideología de género está empujando a las mujeres a ser bonobas en una sociedad que, aunque adopte costumbres bonobas, está formada por humanos «chimpancés» macho con su testosterona, y humanas «chimpancés» hembra, ambos con su instinto de posesión y pertenencia, sus pulsiones y comportamientos filogenéticos que subyacen bajo la nueva «sociedad bonoba». Y que son muy difíciles de erradicar.

Igualmente está intentando hacer del macho humano, tan chimpancé después de millones de años de evolución y de su éxito evolutivo en proteger su descendencia y su tribu, en un bonobo dócil y enmadrado, atemorizado por los grupos de bonobas feministas.

La hembra bonoba en una sociedad de chimpancés estaría condenada al fracaso evolutivo al no hacerse cargo ningún macho de sus crías de indeterminada paternidad. En el caso humano, no sucedería esto exactamente: la sociedad, mucho más compleja, garantizaría la supervivencia de su descendencia o le facilitaría (como ya hace) el masivo uso de métodos anticonceptivos, o bien el aborto le evitaría el «problema» de la maternidad. En caso de que la hembra humana bonoba desee ser madre, se le facilita la maternidad sin macho mediante técnicas de reproducción asistida. Porque lo cierto es que ese timbre que las mujeres llamamos «reloj biológico» inevitablemente suena, en muchos más casos de los que los grupos de feministas bonobas quisieran, avisando de que los últimos cartuchos de la época fértil se están quemando… y no hay relación estable a la vista. Y ese reloj, que en la sociedad moderna, tan proclive a dificultar la maternidad y a hacer que se retrase, no tiene origen social, ni de roles y estereotipos sino que es puramente biológico. Se puede poner sordina a la biología, se la puede amordazar, pero cada mujer debería preguntarse si la opresión y la manipulación proviene del deseo de tener hijos o de la imposición social de acallar ese deseo y, sobre todo, si hay compensación a esa imposición social y si vale la pena obviar la biología.

Porque la situación de esta nueva mujer que nos venden y que ya han comprado muchas incautas, es una mujer con los pies anclados en una sexualidad chimpancé y una cabeza a la que han convencido de que puede ser bonoba. Una mujer a la que se le vende que los contactos sexuales múltiples y esporádicos con varones le van a gratificar como si fuera un varón y no le van a causar «imprevistos». Y para ello se le vende en el mismo paquete la «salud sexual y reproductiva» a cambio de la salud. Atiborrada de sustancias químicas potentes y en absoluto inocuas (no hay más que ver los prospectos de contraindicaciones y de efectos secundarios), va solventando los riesgos de embarazo, o incluso los embarazos mediante abortos, y encadenando relaciones breves autoconvenciéndose de que es mejor no tener parejas estables mientras en el fondo, porque aunque se vista de bonoba es una mujer humana, desea una relación afectiva intensa, y duradera. Y mientras, deteriora su salud «a secas», a cambio de una presunta salud sexual y reproductiva. Y sin salud, no hay salud sexual y reproductiva.

Y es que la psicología de la mujer, desde los más lejanos estudios y datos, ha asociado siempre el sexo y la afectividad en su realización personal, entre otras razones por su propia configuración cerebral y esas áreas de la empatía, la afectividad y la emotividad tan extensas y conectadas con todo, que afectan a todas las funciones cerebrales.

El problema, en todo caso, acaba derivando en psicosocial: pese a que los hombres chimpancé agradecen mucho la existencia de mujeres bonobas, lejos de aplaudir su comportamiento, simplemente desde lo más profundo de sus instintos no la ven interesante para lo que llamaríamos biológicamente una «relación de descendencia» y lo que llamaríamos socialmente una relación seria, estable y con visión de futuro. Es decir, para el hombre es una mujer con la que desfogar su instinto sexual y nada más. Esto es exactamente lo que buscan las feministas: que no haya ni la menor intención de una relación que dé lugar a familia y procreación, mujeres que sean felices desfogando a los varones sin sentirse prostitutas, pues no cobran, que también saquen placer sexual, y fin.

¿Hace esto feliz a la mujer chimpancé en el fondo, fondo de su ser, allí dónde por debajo de lo cultural se esconden los instintos? Curiosamente, los adolescentes actuales, enseñados en la libertad sexual y empujados desde diversas clases de educación sexual a las relaciones tempranas, diversas y promiscuas (lo que se denomina «el todo vale») tienen muy claro, porque la eclosión hormonal les hace aflorar los instintos primigenios por encima de todo lo cultural, que las chicas promiscuas son «para lo que son». Y lo curioso es que las mujeres adolescentes, después de afirmar que su cuerpo es suyo y que tienen derecho a hacer con él lo que quieren en el plano sexual, también lo reprueban cuando se lo ven hacer a sus congéneres. Es decir, entre lo aprendido y lo instintivo hay una curiosa dicotomía que es precisamente lo que este libro quiere hacer saber a la sociedad a fin de que si alguien elige ser de determinada manera, al menos sepa por qué no le encajan algunas cosas.

También en el caso de los hombres, la ideología de género intenta hacer bonobos. El macho humano está inundado de testosterona, la hormona que, para bien y para mal, determina y marca sus comportamientos. Por las buenas, ese grupo de hembras bonobas dominante y organizado que son los colectivos feministas trata de ensalzar los valores tradicionalmente femeninos en el hombre: la dulzura, la sensibilidad, la emotividad, la concordia. Sin miles y miles de años de evolución y selección de individuos, trata de que los hombres chimpancés dejen de serlo y se abandonen en las manos de sus madres perdiendo toda su competitividad, racionalidad fría, audacia, valentía, capacidad de iniciativa… todos esos valores que sin dejar de estar presentes en hombres y mujeres, eran representados por los hombres tras millones de años de dejarse la piel en ello luchando y muriendo para defender a su familia, para obtener alimento, para encontrar un mejor asentamiento… Para los cuales, poseer esas características es parte importante de su propia autoestima, además de ser parte de su comportamiento de origen biogenético.

Por las buenas, ya digo, se les invita a su autodestrucción. Naturalmente, gran parte de los hombres no quieren, ni pueden, ser y actuar como machos bonobos. Tampoco deberían planteárselo, aunque algunos han entrado en el juego con estúpida y entusiasta inconsciencia.

Como el objetivo final es la destrucción de la masculinidad por las malas, los grupos de feministas bonobas dominantes, se dedican a su exterminación social por la vía legislativa, creando leyes de discriminación positiva que vulneran el derecho de igualdad y mediante la demonización de los comportamientos masculinos e incluso del propio varón, al que se le acusa del delito de serlo. También se les discrimina por la ausencia de fondos y ayudas para las situaciones en las que los varones aparecen perjudicados (p. ej. VIH, más del 90% varones, sólo existen planes específicos para las mujeres; accidentes laborales, más del 90% varones; abandono de estudios primarios y secundarios que afecta mayoritariamente a los varones y sólo hay planes específicos para ayuda a las mujeres; frente a la inmensa movilización social y de fondos públicos para campañas del cáncer de mama, el cáncer de próstata con mayor número de casos, aún espera un trato semejante…)

El hombre actual está desubicado, sin referentes de valor positivo afines a su naturaleza. Sus comportamientos biogenéticos pueden ser tachados de machistas, opresores y autoritarios por la sacrosanta asamblea de bonobas, las feministas antihombres, hasta en las más inocentes acciones. Y eso les desconcierta profundamente.

La sociedad que hasta ahora nos hemos dado, más que probablemente por causas biológicas, tiene sus errores y nuestros comportamientos biológicos quizá han quedado, en algunos casos, obsoletos en el mundo actual. Sin embargo, la canalización de los instintos y su aplicación respetando la naturaleza humana es mucha menos manipulación que tratar de erradicarla. El hombre tiene un componente de agresividad y competitividad perfectamente canalizable en los deportes y otras actividades de confrontación y competición. Y un gran número de cualidades perfectamente utilizables en la mejora de la sociedad. Al igual que la mujer, sin necesidad de que se masculinice para ser «mejor».

En esta nueva sociedad bonoba que se propicia, de varones desubicados y perseguidos por su testosterona y mujeres forzadamente agresivas y promiscuas que ahogan de mil maneras su pulsión biológica, la maternidad, ¿de verdad no se nos están imponiendo estereotipos, y además unos estereotipos falsos?

Esta nueva sociedad bonoba en la que se intentan imponer unas asambleas femeninas de bonobas intransigentes organizadas en asociaciones feministas que persiguen a los machos que no se pliegan a sus designios, dicen hablar en nombre de todas las mujeres y se les escucha como si eso fuera cierto, pese a que es falso… ¿de verdad es más libre y más justa?

¿Somos más felices? ¿De verdad somos más felices?

Hay varias objeciones que hacer a esta sociedad bonoba de reingeniería social que la invalida como el mundo feliz que se nos trata de vender:

1. La imposición, la manipulación, el engaño, la vulneración de libertades individuales y el alto grado de violencia psíquica e incluso física que implica su establecimiento.

2. La posible dificultad de que los seres humanos seamos felices actuando permanentemente contra nuestros comportamientos biogenéticamente heredados.

Existen muchas posibilidades de que la naturaleza, además de empujarnos a determinados comportamientos favorecedores de nuestra supervivencia, nos haya creado unas respuestas de satisfacción que nos gratifiquen y nos empujen a actuar así nuevamente. De igual forma, los comportamientos menos biológicamente afines, fomentados forzadamente por razones ideológicas, pueden resultar excesivamente agotadores o frustrantes al no formar parte de nuestra naturaleza biológica.

En este ensayo no se trata de imponer o desanimar a nadie, sea hombre o mujer, a que busque su realización personal en los comportamientos que quiera, en las ramas laborales que le apetezcan, con las funciones sociales que desee. Lo que se invita es a la reflexión y a la búsqueda del verdadero hombre y la verdadera mujer que cada uno somos, sin engaños ni ideologías. Es posible que la inmensa mayoría seamos chimpancés, y hay que aceptarlo y sacarle rendimiento. Puede que haya entre nosotros algunos bonobos. ¿Son realmente bonobos o simplemente creen, o nos hacen creer que lo son? ¿Por qué los simpáticos y pacíficos bonobos se comportan como depredadores para imponer su idílica sociedad?

Lo que debe quedar claro es que, una sociedad que no tiene en cuenta las bases biológicas en las que las relaciones humanas se sustentan de forma mayoritaria, no puede ser viable salvo por la imposición de los comportamientos. Y las imposiciones no hacen felices a las víctimas. Nuestro organigrama sociobiológico no es el de los bonobos. Algunos podrán adaptarse sin problemas; otros, mediante el adoctrinamiento y la manipulación, también. Una gran mayoría, es muy posible que estemos incapacitados para adaptarnos, salvo con una gran dosis de infelicidad personal por la mera razón de que, permítanme que siga con la comparación, somos chimpancés y no bonobos. Y no podemos obviar la tortuga evolutiva que lastra nuestros pies, para bien o para mal, y de la que no puede desligarse nuestra cabeza cultural de liebre.

¿Qué se busca en realidad?

Cuando se investiga, al final todo este puzle va cuadrando y se evidencia una perfecta ingeniería social de destrucción del varón y la mujer en su esencia, de destrucción de la familia como preservación de la independencia individual y protección de los menores. Y la transformación de los menores en bonobos, al margen de su naturaleza, mediante ideología institucional.

Por todo ello, en los capítulos posteriores se desarrollará y mostrará cómo aborto y contracepción, técnicas de reproducción asistida, vientres de alquiler, leyes de discriminación positiva para homosexuales y mujeres en detrimento del varón heterosexual (tan duro de pelar en esta guerra que se lleva los peores proyectiles) acusado, por su sexo, de maltratador y violador, son partes de ese puzle siniestro.

Cómo el divorcio facilitado hasta la promoción y ni un solo esfuerzo público para tratar de evitarlo pese al problema social que supone, el envilecimiento de la mujer sacando lo peor de sí misma en legislaciones revanchistas y animándola a despreciar la maternidad y a considerar un derecho la eliminación de sus hijos, la creación mediante leyes injustas de hombres heridos que utilizan a la mujer y la desprecian a la vez que huyen, escaldados, de cualquier compromiso, son partes de ese puzle siniestro. Cómo las clases de educación afectivo-sexual que sólo hablan de contracepción y técnicas para la búsqueda del placer personal a toda costa y en nada explican las diferencias fundamentales entre los sexos que pueden facilitar la convivencia y crear parejas estables, y la utilización del sexo como droga, son partes de ese puzle siniestro. Cómo la normalización de la medicación de la mujer con sustancias nocivas para que ejerza una sexualidad ajena a su ser, vacía, sin compromiso y sin crecimiento personal, la promoción de las diversidades sexuales como opción normal y razonable, la intromisión de los lobbies de género en la educación de los menores facilitada por los poderes públicos… son piezas de ese puzle siniestro, de un mecano infernal, la ideología de género, que ataca a mujeres, hombres y menores. Son cabezas de un monstruo que nos destruye en lo más noble y valioso que tenemos: nuestra humanidad. Y para ello ha de destruir la célula que nos protege y nos fortalece: la familia.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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