Ideología de género. XII. Técnicas de manipulación. I

Por José María Arévalo

( Peoples. Acuarela de Alesandro Andreuccetti en aandreuccetti. altervista.org)
(*)

Después del sorprendente capítulo10 sobre “Chimpancés y bonobos… Dos millones de años de evolución diferente”, Alicia V. Rubio – titulada en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca y profesora de educación física en un centro público de Madrid durante veinticinco años- aborda una primera parte sobre “Técnicas de manipulación” en su libro “Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres. Para entender como nos afecta la ideología de género”, editado en 2016 por la digital Titivillus, que estamos reseñando en esta serie. Empieza a desgranar ahora los distintos sistemas de manipulación, coacción y adoctrinamiento que hemos sufrido y estamos sufriendo como sociedad para conseguir que todos veamos y creamos lo que no vemos, ni creemos, ni existe.

Titula Alicia V. Rubio el capítulo 11 de su libro “Técnicas de manipulación. I: La paradoja del traje nuevo del emperador y la presión social”, y lo encabeza con una frase de George Orwell: “Cuanto más se desvíe una sociedad de la verdad, más odiará a aquellos que la proclaman”. “Ya sabemos –continúa- que la ideología de género afirma que hombres y mujeres somos exactamente iguales en todo, no sólo en dignidad y derechos, sino que, en varias vueltas de tuerca consecutivas, afirma que tenemos las mismas percepciones, capacidades, gustos, deseos, comportamientos e intereses y que somos intercambiables, como dos ladrillos en una pared, si se nos educa de igual forma”.

“Puesto que es la educación –prosigue-, y no la biología, la que nos hace hombres o mujeres, la «culpa» de que una mujer sea tal cosa es de los vestidos, las muñecas, el color rosa y el ejemplo nefasto de su madre. De esa misma forma, los balones, los juegos competitivos, el color azul y el referente paterno es lo que hace varón al hombre.

Igualmente sería de esperar que una educación idéntica nos hiciera ser idénticos. Sin embargo, no está resultando tan fácil que los hombres dejen de comportarse como hombres y las mujeres como mujeres, pese a lo sencillo de la fórmula transformadora. Hay que conseguir que todos se lo crean y, una vez se lo crean, traten de adaptarse a las nuevas exigencias.

Si el ser humano no fuera tan asombrosamente adaptable y su naturaleza no tuviera un componente cultural tan poderoso como ya hemos desarrollado anteriormente, es decir, si fuéramos como cualquier animal mamífero superior, sería imposible trascender de nuestros comportamientos biológicos. Debido a esa naturaleza cultural, intelectual y espiritual que nos eleva de lo animal, somos capaces de adaptarnos, si nos lo proponemos, a situaciones extremas y dominar nuestra propia naturaleza biológica a través de los dictados de la mente.

El peligro de esta ideología, como el de todas las demás, procede de esa posibilidad de adaptación, en la medida de lo posible, de nuestros objetivos e ideales a sus descabellados planteamientos. Si se consigue hacer creer a las personas que sus ideales son los que marca la ideología de género al margen de la realidad, muchos se adaptarán al artificio inculcado creyendo que es lo que desean. Naturalmente, cuanto más ajeno a la otra parte de la naturaleza humana, la biológica, sea el artificio, más resistencia y más fracasos va a haber en la adaptación. Y cuando se habla de resistencia y fracasos se está hablando de dolor, infelicidad y fiasco vital.

Por tanto, hay que conseguir que el mayor número posible de personas se crean la falacia, que muchos se adapten a ella, ocultar los dramas vitales de los que fracasan en la adaptación y que, los que no se lo crean, al menos no se atrevan a decirlo para que no se descubra el decorado teatral, la falsedad de la ideología.

Para ello se han utilizado y se utilizan todas las técnicas de manipulación de masas conocidas, probadas y perfeccionadas en regímenes políticos totalitarios de triste recuerdo. No hay que olvidar que sus fundamentos parten de unas teorías en las que la mentira es una forma admisible de conseguir un fin. Y en los casos que no funcionan, se aplica la coacción y el castigo. A la aceptación mediante engaños de la idea, vendida mediante gente convencida, convenientemente ideologizada o bien comprada con dinero, se unen las subvenciones públicas a los «aceptadores» o entusiastas de la ideología de género y la ayuda inestimable de creadores de opinión. En el caso de los adultos que no respondan adhiriéndose, de forma entusiasta o a regañadientes, al adoctrinamiento de medios de comunicación y organismos públicos varios, se les aplica la presión social, la persecución del disidente, tanto más agresiva cuanto más resistencia oponga, la calumnia, el castigo económico o penal y la muerte social. Para todo esto último, así como para la eliminación de referentes morales y el adoctrinamiento educativo de jóvenes y niños, se utiliza la vía legislativa, última de las fases del proceso y en la que nos encontramos muchos países. Vamos, por ello, a empezar a desgranar los distintos sistemas de manipulación, coacción y adoctrinamiento que hemos sufrido y estamos sufriendo como sociedad para conseguir que todos veamos y creamos lo que no vemos, ni creemos, ni existe.

Para muchas personas, es evidente que la falacia de la igualdad entre hombres y mujeres en determinados aspectos es eso, una falacia, una mentira, una quimera. Sin embargo, muy pocas personas se atreven a manifestarlo, porque nada funciona mejor que la autocensura. La PRESIÓN SOCIAL es una de las armas más poderosas de autocensura y manipulación como se evidencia en el experimento que dio nombre al síndrome de conformidad con la mayoría, uno de muchos con resultados semejantes ante la presión social.

Solomon Asch, psicólogo estadounidense, realizó un experimento en el que siete voluntarios en coordinación con el investigador contestaban erróneamente, pero todos coincidentes, sobre la longitud de unas líneas. El octavo, ajeno a la trampa, era preguntado tras oír la opinión equivocada de los anteriores. Sólo un 25% de los no implicados con el investigador mantenía su percepción y su opinión sobre la longitud de las líneas al margen de lo que dijeran los demás. Un 36% respondían incorrectamente siempre y, tras conocer el experimento, afirmaban que, a pesar de que reconocían la respuesta correcta, no la habían dicho por miedo a equivocarse, al ridículo, o a ser el elemento discordante. Un porcentaje menor solo decía lo que realmente veía si había tres cómplices o menos, por considerarlo una «presión social asumible». Los que mantenían su opinión frente al resto mostraban un malestar evidente por la tensión de oponerse al grupo.

A este proceso de conformidad mediante el cual, los miembros de un colectivo cambian sus pensamientos, decisiones y comportamientos para encajar con la mayoría, se le ha llamado Síndrome de Solomon. Esto hizo pensar al psicólogo que no somos tan libres como creemos ser y que hay unas condiciones que inducen a los individuos a someterse a las presiones del grupo, aunque sean contrarias a sus percepciones u opiniones.

El miedo a llevar la contraria, la necesidad de no sentirse excluido, el afán de encajar, hacen que la presión social funcione muy bien con un alto porcentaje de la población para silenciar las evidencias e incluso, en el caso de algunas personas especialmente influenciables, produce una autoconvicción de la mentira. Pero la inmensa mayoría mantiene su criterio a escondidas.

Por ello, hay que introducir condicionantes que recrudezcan el efecto, que impidan una presión social asumible, que consigan cómplices de la mentira ya sea por interés o por verdadera convicción.

Para que la autocensura funcione mejor, sólo hay que conseguir que la verdad sea «políticamente incorrecta» asociando el reconocimiento de esa «verdad incorrecta» con la traición al bien común y con la posterior «muerte social» del transgresor. Esto explica que se produzca la extraña circunstancia de que socialmente aparezca como cierto algo que nadie ve, y es lo que podemos denominar la «Paradoja del Traje Nuevo del Emperador», ya mencionada de pasada en otro capítulo y que aquí desarrollaremos. Se basa en el cuento popular que narro brevemente, por si algún lector no lo conoce:

Unos pillos, llegados a la corte del Emperador, convencieron a éste de que le iban a hacer un traje con una asombrosa característica: sólo podían ver la tela las buenas personas. Por el contrario, las malas personas no podían ver nada, por lo que el traje le serviría a su propietario para conocer mejor a sus súbditos y actuar en consecuencia con los que no lo vieran y, por tanto, fueran malvados. Naturalmente, el precio de tal tela era muy elevado pero sus extraordinarias cualidades lo valían.

De esa forma, tal y como estaba organizado el engaño, ningún noble se atrevía a afirmar que no veía traje alguno y que eso era falso, puesto que todos los demás afirmaban verlo y describían maravillas de la bella tela.

El Emperador, que tampoco veía el traje pero no estaba dispuesto a reconocerlo, decidió pasearse por las calles de su reino para que todos admiraran el extraordinario tejido y, de paso, tomar medidas contra los que no lo vieran puesto que eran la hez de sus vasallos, ya que evidentemente eran unos malvados.

Cuando todo el mundo vitoreaba el espléndido tejido, un niño dijo que no veía nada. Al punto, los más interesados en que la falacia continuara, los dos pillos que se estaban enriqueciendo a costa del engaño, se apresuraron a callar al chiquillo. Muchos aprovecharon para señalarle como malvado, mofarse de él y así dejar claro que ellos sí veían el tejido y eran «de los buenos». Otros le insultaron por no ser tan bueno como para ver la tela. Sin embargo, poco a poco, la gente comenzó a reconocer que allí no había traje ni nada que se le pareciera.

La ideología de género es una falacia estructurada de la misma forma que los pillos presentan el engaño del traje. A ver quién es el valiente que dice lo que ven sus propios ojos, que el emperador está desnudo, y no lo que les dicen que han de ver. En la historia se dan varios mecanismos de manipulación que veremos de forma más pormenorizada y cómo se han aplicado en situaciones concretas de la ideología de género. Una de ellas es el ya visto mecanismo de la PRESIÓN SOCIAL. Si todos dicen que ven un traje, muy pocas personas se atreverán a negarlo frente a la mayoría, por miedo, por temor a equivocarse y al ridículo o simplemente para no ser el elemento discordante. En la mayoría de las personas, la presión social simple funciona bastante bien, pero si se utiliza «el sistema del palo y la zanahoria», forma tradicional de referirse al sistema del premio y el castigo con el que se conseguía que los animales obedecieran, los resultados son mucho mejores. La zanahoria consiste en dar beneficios a los que se adhieren a la mentira, ya sean económicos o morales: son «los buenos». El palo, por el contrario, consiste en que al disidente su actitud sólo le provoque problemas. Ese miedo ya natural a ser «el diferente», se ve acrecentado si la presión social se amplía mediante mensajes agresivos, el insulto y la descalificación personal, las sanciones económicas, las sanciones penales y la MUERTE CIVIL DEL DISIDENTE. Porque, cuando se asocia el reconocimiento de esa «verdad incorrecta» con el desprecio general y los insultos más vejatorios, casi nadie está dispuesto a afrontar semejantes consecuencias. La presión social de los que han aceptado esta mentira y, en muchos casos, sacado ventajas de ella, ha de ser tanto más fuerte cuanto más peligroso resulte el disidente para su supervivencia. Lo expresa con exactitud George Orwell al comienzo del capítulo.

Si vamos a los premios y castigos morales, observaremos que la manipulación utiliza un proceso totalitario que se describe en la obra «Transbordo ideológico inadvertido» de Plinio Correa de Oliveira. A través de esa inferencia (transbordo) de ideas positivas y buenas en una realidad ajena a toda bondad, se consigue que el negar la maligna o falsa realidad principal suponga negar las ideas reconocidamente buenas y nobles que se han asociado a ella. La afirmación de que vemos el traje nuevo del emperador, una evidente mentira, supone un plus de decencia y honradez al que es difícil renunciar aunque veamos claramente el engaño, mientras que reconocer que no lo vemos, nos convierte de inmediato en parias, en malas personas, en seres de nula credibilidad y respeto.

Como ya dijimos, la ideología de género oficializó su transbordo ideológico inadvertido en la intervención de Bella Azbug en Pekín, en la que se asociaba la objeción al término género y su reemplazo por sexo como una tentativa insultante y degradante de revocar los logros de las mujeres, de intimidarnos y de bloquear el progreso futuro. Si denostar la palabra «género» supone algo tan malvado como ir contra la mujer y su progreso, es porque se infiere que la idea de «género» es algo positivo que libera a la mujer y le garantiza su progreso.

Este sistema del TRANSBORDO IDEOLÓGICO INADVERTIDO es una técnica publicitaria muy común consistente en asociar al producto una cualidad altamente deseada. Pongamos un ejemplo: en el caso de una crema para la piel de la mujer con la finalidad de que se mantenga joven, la técnica comercial no diría «vendemos una crema», sino que, asociando la crema con algo que todos deseamos, diría «vendemos juventud». La identificación o transbordo ideológico de algo tan deseado como la juventud, la belleza o la felicidad con el producto, crea en el consumidor un interés en conseguirlo porque quiere juventud, belleza o felicidad, no exactamente la crema. La identificación del producto con algo ideal funciona del mismo modo que género es futuro (igualdad, libertad…) para la mujer. Sin embargo, a diferencia de la publicidad, en cuyo contexto todos sabemos que trata de venderte un producto con trucos y seducciones de todo tipo, en el caso de la ideología de género el uso de técnicas de manipulación para su difusión fuera de un contexto claro, explícito y marcado como sería un espacio publicitario, imposibilita en muchos casos una acción crítica de defensa. […]

Aunque ya desde el principio del armazón ideológico de esta falacia del traje nuevo del emperador, que es en definitiva el género, se dejó claro que lo que se buscaba no era el beneficio de la mujer y que había quedado atrás la lucha por las mejoras en la vida de estas (La cuestión de la mujer nunca ha sido la cuestión feminista decía Heidi Hartmann), se ha seguido utilizando esa coartada de cara a exigencia y establecimiento de las políticas que únicamente benefician a un tipo de mujer que, además, tiene muy claro que debe obligar al resto, la mayoría, imponiendo sus parámetros de perfección social (No debería autorizarse a ninguna mujer a quedarse en casa para cuidar de sus hijos, C. Hoff Sommers; Las mujeres no deben tener esa opción, porque si esa opción existe, demasiadas mujeres la elegirán, Simone de Beauvoir).

Sin embargo esto, lejos de comprenderse como una indefendible imposición, se ha traducido como que existen mujeres a las que hay que salvar de sí mismas. Demasiadas mujeres deben ser salvadas de sus propios deseos e instintos como para no preguntarse si realmente eso que se impone por «el bien de todas» es realmente «el bien».

Para que esta inversión de intenciones -no aceptas el género, vas contra las mujeres- funcione, hay que utilizar la FALSA DICOTOMÍA, es decir, que no haya términos medios entre una posición y otra: naturalmente que negar la ideología de género no significa que vas contra la felicidad y la libertad de las mujeres, y que eres un machista misógino o una mujer alienada por el patriarcado. Sin embargo, esta percepción de «todo o nada», además de ser sencilla de asumir, facilita la precepción del disidente como enemigo y sirve como manera sencilla de atacar a cualquiera que se enfrente a la corriente dominante. Hasta el adepto de la ideología de género más incapacitado intelectualmente y torpe en el debate o la discusión tiene argumentos para increpar y razones para odiar. De esa forma, ser disidente es muy incómodo, porque uno no debe defender sus ideas sino defenderse de las acusaciones implícitas a su disidencia. El castigo al disidente no sólo aparece como una forma de coacción, sino como reafirmación de ser «el bueno» que ha asumido los principios y como una forma de poder de éste sobre «el malo» al que puede vilipendiar (y si es necesario, llegar a su deshumanización) y del que no se puede esperar un dato o un argumento válido por aplicación de la FALACIA AD HOMINEM: nada de lo que semejante individuo despreciable diga puede ser tenido en cuenta.

Cuando es una persona particular, también suele suceder que se le adscriba a un grupo social o de pensamiento al que ya, previamente, de una forma deliberada y con un proceso sostenido y organizado, se le ha destruido la credibilidad y la reputación: es el CONTAGIO DEL ESTIGMA. De esta manera, es muy fácil el rechazo y el desprecio de la persona en tanto le afecta inmediatamente la campaña de acusaciones falsas, manipulación de informaciones y rumores que se ha ejercido de forma continuada con el grupo con el que se le identifica. El funcionamiento es parecido al contagio de una enfermedad: se adscribe al disidente al grupo y se contagia inmediatamente de todos los pecados y culpas que se hayan achacado a ese grupo.

De esa forma en el disidente confluyen dos motivos de desprecio: sus evidentes pecados sociales (machista, misógino, homófobo…) y su pertenencia a un grupo social o de pensamiento que tiene esos pecados y otros muchos pecados más (normalmente creados expresamente para la ocasión mediante bulos y manipulaciones) de los que se ha contagiado inmediatamente, al margen de que realmente pertenezca al grupo, o incluso de que ese grupo exista realmente como tal. El acusado de los «pecados sociales» de machismo, feminifobia, homofobia, heteronormatividad y LGTBfobia, en realidad no odia a estos colectivos, solamente tiene que opinar diferente, no gustarle la homosexualidad como puede no gustarle la pornografía o las revistas del corazón sin que eso signifique odio o animadversión. […]

Los abultados beneficios económicos de abrazar la causa del género ya se verán más adelante pero los «anímicos y espirituales» son inmediatos. La «mercancía averiada» del género ofrece a sus seguidores dos premios: la posibilidad de ser LOS BUENOS, y a algunos incluso ser LAS VÍCTIMAS. Veamos el beneficio anímico de la posibilidad de victimizarse. Mujeres y LGTB que cuenten historias de discriminación y opresión social, verdaderas o figuradas, son aplaudidos y admirados. Son las víctimas, los que demuestran que los malos existen, que el heteropatriarcado sigue siendo el peligroso enemigo a batir, que la lucha tiene sentido. Porque el malo en este cuento, ante la imposibilidad de culpar a la biología, es un supraorganigrama, un ente, una cosa pegajosa que siempre aparece aunque todos estemos contra ella: el heteropatriarcado. Comenzó siendo solo el patriarcado, ese organigrama social de base biológica donde el pater se responsabilizaba de esposa y prole, y en muchas ocasiones del pasado suponía una distribución de tareas entre hombres y mujeres que llevaba aparejada una diferencia de derechos. Se luchó por la igualdad de derechos. Luego por la igualdad de funciones con una equivocada idea de lo trascendental de la igualdad entre sexos. Más tarde y ante la imposibilidad de que el hombre dejara de ser hombre y la mujer, mujer con todo lo que ya vimos llevaba aparejado, se decidió que el odioso heteropatriarcado era, en realidad, todo hombre heterosexual y toda mujer heterosexual que no abracen la lucha contra el heteropatriarcado.

Al margen de los casos de discriminación o agresión real, escasos pero existentes, y donde personas de los colectivos a los que utilizan los lobbies son víctimas de personas particulares sin escrúpulos y no del heteropatriarcado, de toda una sociedad completa, libre, respetuosa y regida, por propia decisión, por los derechos humanos, el victimizado es un personaje falsamente víctima cuyo éxito proviene de las ganas que tienen los demás de encontrar héroes. Es el caso de dos homosexuales que ocuparon portada y página interior completa de un periódico porque habían sido «víctimas» de una discriminación incalificable que los había disgustado profundamente, hasta casi el soponcio: eran matrimonio gay y, al viajar a un país dónde esta figura jurídica no existía, en los impresos a rellenar ponía marido y mujer. Adhesiones diversas, pésames por su drama y portada, apenas podían frenar la desolación sentida. Es el caso de la mujer ofendida, hasta la somatización del dolor, por un piropo.

Además de este enfoque de la victimización, está la posibilidad de achacar todos los errores, mala suerte, o incapacidades propias al enemigo: si no me contratan es porque soy mujer o LGTB, si me echan del empleo es por culpa del heteropatriarcado, si no triunfo como creo que merezco es porque soy una víctima de la sociedad… la victimización tiene el encanto de la irresponsabilidad de las propias culpas o errores y el gratificante sabor del resentimiento que justifica el odio. […]

Todos los medios de manipulación les han hecho creer que hay unas injusticias creadas por ese ente supraestatal de inmenso poder, ese heteropatriarcado contra el que están entablando una lucha de videojuego, donde imaginan jugarse la vida y no se exponen ni a la rotura de una uña. Es la «rebeldía visa oro», la disidencia dentro del sistema, financiada, ultra-apoyada por los medios de comunicación y regada con subvenciones públicas.

Ninguno de estos lobbies que juegan a la guerra contra la nada se han atrevido hasta el momento, y espero poder retractarme, a jugarse la vida por sus ideas donde la situación de homosexuales o mujeres es realmente preocupante. Por ello, el abrazo de la causa es de lo más beneficioso. Y en este juego de mesa sin peligro se les premia con los valores de la rebeldía: el valor, la bondad y la defensa de lo noble… a la vez que les llega dinero en cantidades extraordinarias. Lo raro es que aún quedemos disidentes de los de verdad.

Es sorprendente que los lobbies del género, controlando, como controlan, todas las organizaciones influyentes, no hagan nada por los que sufren en países sin derechos humanos. Mujeres y homosexuales mueren ajusticiados por su condición sin que ningún activista antiheteropatriarcal mueva un dedo. Pero quizá es porque, lo mismo que en el caso de la mujer la causa feminista no tiene el menor interés en mejorar su situación, en el caso de los lobbies LGTB, tampoco les preocupa el homosexual individual, salvo que pueda ser utilizado para la causa… la causa de obtener dinero y poder y la posibilidad de llevar a cabo una reingeniería social tan descabellada como letal. […]

Sí, en torno a la ideología de género se ha montado una amplísima e increíble red de receptores de dinero público que crece día a día, incrementando el número de personas que están dispuestas a afirmar y elogiar el traje de la ideología de género, a denostar y reducir al ostracismo a quien no lo vea, a crear nuevos mecanismos de afianzamiento y a luchar, como fieras, por no perder una forma de vida lucrativa y sustanciosa. Del cuento se benefician los siguientes grupos:

1. Las organizaciones internacionales (ONU, CEDAW, organismos europeos…) con todo lo que supone de derivación de fondos públicos de los países donantes para proyectos asignados a asociaciones y fundaciones afines a la ideología de género, de los que no tenemos datos reales acerca de su éxito o fracaso salvo la certeza de que los gobiernos quedan bien con dinero ajeno.

2. Las organizaciones feministas, con todas sus redes de asociaciones y federaciones, delegadas y representantes en diversos observatorios y comisiones que, además de tener infiltrados diversos organismos de ayuda y promoción de la mujer con sus correspondientes empleos en la administración, cobran asombrosas subvenciones de dinero público.

3. Los lobbies homosexuales, lesbianas, trans… que reciben ayudas, prebendas y cuantiosas subvenciones, además de legislaciones de discriminación positiva que les dan un trato de preferencia en todos los ámbitos.

4. Los partidos políticos y los sindicatos, con estructuras paralelas de asociaciones de mujeres y de LGTB como receptores presuntamente independientes de fondos públicos.

5. Las empresas abortistas y de control de natalidad que se encargan de garantizar una sexualidad «sin consecuencias» bajo el eufemismo de «salud sexual y reproductiva» donde se atenta contra la salud integral de la mujer y se niega el derecho básico de la vida al nonato. A la ayuda de fondos públicos se une el negocio privado. Las empresas y negocios de fabricación artificial de niños para parejas imposibilitadas de ser reproductivas por su esencia y las empresas de eutanasia, en proceso de implantación inminente (la eutanasia no sale gratis), podrían incluirse en breve en este apartado.

6. Los empleos paralelos y relacionados con la implantación de la ideología de género (observadores, asesores, expertos, comisarios…). Puestos de trabajo de dudosa necesidad que se pretenden cubrir con unas titulaciones de grado en género que han empezado a aparecer en algunas universidades españolas.

Evidentemente, en este momento hay tanta gente vendiendo tela mágica que nadie ve, que hay muchos que ya empiezan a creer que existe. Lo peor es que los beneficiarios sobrevenidos y nuevos pillos de la historia, no sólo nos están haciendo pagar a precio de oro los invisibles trajes del emperador, sino que están aprobando legislaciones que obligan a comprar la inexistente tela a los ciudadanos contra los deseos que quienes no ven el color ni las maravillosas cualidades del «género», como tela y como constructo social. Y el coste está resultando altísimo, tanto en el aspecto económico como en el ético-moral, en el social y en la vida individual y la felicidad de millones de personas. Vamos ahora a ver la silueta de todo este montaje del género que, como una hidra de infinitas cabezas, se alimenta de la infelicidad y la vida de muchos, y de fondos públicos y subvenciones en cifras incontables. Cifras con las que el perverso heteropatriarcado riega, paradójicamente, a las organizaciones que van contra él. Analizaremos otras técnicas de manipulación a fin de comprender y detectar las estrategias de la hidra, la maraña de legislaciones que instauran neoderechos y sus implicaciones en hombres, mujeres, menores y familia”.

Eso lo hará Alicia V. Rubio en el capítulo 13 de su libro, que titula “Técnicas de manipulación. II”, pero antes se detiene, en el capítulo 12, en describir el que denomina “Mapa ideológico-evolutivo del género: la hidra de las mil cabezas”


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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