Los sonidos del alma (II)

Por Javier Pardo de Santayana

 

(Violín. Acuarela de José Hoyos Valero en Hispacuarela de Facebool)

Terminaba mi primer artículo de esta serie con un ejemplo de poesía llevada hasta el extremo, y conste que no es precisamente de las más absurdas.

Confiaré a mi improbable lector una iniciativa mía personal que bien puede parecer descabellada y que consiste en que a la vista de que algunos poetas del presente sostienen que para ellos la poesía debe consistir en escribir palabras tomadas al albur para que salten chispas, hice una prueba consistente en ir escribiendo sucesivamente las primeras palabras que me vinieran a la mente para buscarlas a posteriori algún significado. La llamé “Batik” que es el nombre de una técnica de imprimación de estampados mediante la aplicación de unas capas de cera que ocultarán determinadas zonas del dibujo. Y lo más curioso es que aún así pude desarrollar posteriormente una cierta explicación con mayor facilidad  de la que encontraría al descifrar la mayor parte de las poesías ajenas de poetas consagrados. Es decir, que lo más aparentemente absurdo puede acercarse más a la realidad que un discurso cartesiano, y, en segundo lugar, que el subconsciente del hombre formado en el discurso lógico traicionará indefectiblemente a éste cuando se afane por incorporarse plenamente a la lógica del caos.

Dicho esto he de reconocer que, pese a esto, en alguna ocasión podremos encontrar poesía y de la buena en el absurdo. Y me permito presentar al improbable lector mío un buen ejemplo en el que podrán entresacar brillantes y efectistas retazos de poesía. Como es el caso de ésta de un tal Juan Carlos Mestre, leonés que no sé porque llaman poeta “del norte y del frío” a juzgar de la riqueza expresiva que demuestra. He aquí como excelente ejemplo su poema “Cavalo Morto”, referido a Lèdo Ivo”, poeta brasileño:

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo. 

Un poema de Lèdo Ivo es una luciérnaga que busca una moneda perdida. Cada moneda perdida es una golondrina de espaldas posada sobre la luz de un pararrayos. Dentro de un pararrayos hay un bullicio de abejas prehistóricas alrededor de una sandía. En Cavalo Morto las sandías son mujeres semidormidas que tienen en medio del corazón el ruido de un manojo de llaves.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

Lèdo Ivo es un hombre viejo que vive en Brasil y sale en las antologías con cara de loco. En Cavalo Morto los locos tienen alas de mosca y vuelven a guardar en su caja las cerillas quemadas como si fuesen palabras rozadas por el resplandor de otro mundo. Otro mundo es el fondo de un vaso, un lugar donde lo recto tiene forma de herradura y hay una sola calle forrada con tela de gabardina.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

Un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo es un río que madruga para ir a fabricar el agua de las lágrimas, pequeñas mentiras de lluvia heridas por una púa de acacia. En Cavalo Morto los aviones atan con cintas de vapor el cielo como si las nubes fuesen un regalo de Navidad y los felices y los infelices suben directamente a los hipódromos eternos por la escalerilla del anillador de gaviotas.

Cavalo Morto  es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

Un poema de Lèdo Ivo es el amante de un reloj de sol que abandona de puntillas los hostales de la mañana siguiente. La mañana siguiente es lo que iban a decirse aquellos que nunca llegaron a encontrarse, los que aun así se amaron y salen del brazo con la brisa del anochecer a celebrar el cumpleaños de los árboles y escriben partituras para el timbre de las bicicletas.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

Lèdo Ivo es una escuela llena de pinzones y un timonel que canta en el platillo de leche. Lèdo Ivo es un enfermero que venda las olas y enciende con su beso  las bombillas de los barcos. En Cavalo Morto todas las cosas perfectas pertenecen a otro, como pertenece la tuerca de las estrellas marinas al saqueador de las cabezas sonámbulas y el cartero de las rosas del domingo a la cortina de luz de las empleadas domésticas.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

En Cavalo Morto cuando muere un caballo se llama a Lèdo Ivo para que lo resucite, cuando muere un evangelista se llama a Lèdo Ivo para que lo resucite, cuando muere Lèdo Ivo llaman al sastre de las mariposas para que lo resucite.  Háganme caso, los recuerdos hermosos son fugaces como las ardillas, cada amor  que termina es un cementerio de abrazos, y Cavalo Morto es un lugar que no existe.

“Un río que madruga para ir a fabricar el agua de las lágrimas…” , “pequeñas mentiras de lluvia heridas por una púa de acacia…”, “Los locos tienen alas de mosca y guardan en su caja las cerillas quemadas…”, “los aviones atan con cintas de vapor el cielo…” , “la escalerilla del anillador de gaviotas…” , “salen del brazo con la brisa del anochecer a celebrar el cumpleaños de los árboles…” ¿No seducen al lector estas palabras? ¿Y qué me dice de “un enfermero que venda las olas y enciende con sus besos las bombillas de los barcos…? ¿O “cuando muere Lèdo Ivo llaman al sastre de de las mariposas para que le resucite…” o “cada amor que termina es un cementerio de abrazos…”

¿No le parece a usted que en este caso el absurdo es como un terreno removido para que en él crezcan hermosas plantas florecidas?

 

Recibe nuestras noticias en tu correo

Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

Lo más leído