Por Carlos de Bustamante

(Carmen en la boda de su nieta en Santander hace unos días)

Mis queridos amigos y probables etc…  Era mi intención seguir un orden cronológico de la miniserie “Balneario Abadía de los Templarios”, aún no publicada –sí ha salido un artículo sobre el día del Corpus en La Alberca, de nuestra llegada a las Batuecas-,hasta completar el esquema trazado para ella. Imposible. 

Sucedió lo inesperado: después de una estancia plenamente satisfactoria de dos semanas en tan privilegiado lugar, mi esposa (la mi Carmen) que llegó maltrecha de las vértebras y pinzamiento del nervio ciático, con el tratamiento de las aguas termales y del fisioterapeuta, se sintió admirablemente bien. Sin los dolores ni molestias con que llegó. Tanto fue así, que me indicó la conveniencia de una semana más de estancia. Así lo hicimos. Nunca en la vida -y llevamos 63 años `-63´- casados más 6-7 de noviazgo- había estado tan jovial y en extremo animada.  La economía familiar no daba para más y muy a nuestro pesar, tuvimos que regresar a casa. Al día siguiente, marchó muy alegre y sin dolores   a Santander. Se casaba nada menos la nieta que prácticamente había criado hasta finalizar los estudios su madre. Si en la Abadía fue muy muy feliz, en la boda fue el no va más.  Con nuestros cinco hijos cuidando de ella hasta en el más mínimo detalle, enseguida fue la referencia del cariño hacia una abuelita animosa.  Quien se lo dice es el marido que hubo de quedarse en casita por serle prohibitivo el trajín de esta venturosa celebración.

No volvió contenta; más, mucho más, volvió entusiasmada; jovial y sin molestias tras la paliza. Me contó todo con detalle, ilustrado con un montón de fotografías.   Era domingo día 28de julio.  Una mujer preciosa, alegre y ¡¡guapa! Mi mujer. Lunes y martes, bajamos a Misa de 12,00, como de costumbre a la Parroquia, que lo es de Santiago Apóstol.  Pero antes, increíble pero cierto, hizo la caminata-paseo que ni soñando podía hacer antes de la impresionante mejoría.  El martes aprovechó para acercarse a la lejana iglesia penitencial de Nª Sª de las Angustias. Llegó justito antes de empezar la Santa Misa, para oírla conmigo en la parroquia. Por respeto al lugar sagrado no me dijo nada. Fue a la salida: qué suerte he tenido, Carlos, me he confesado con don Crescenciano, su confesor durante años, y ha sido la última confesión que por su avanzada edad (94 años) le ha permitido el Sr. arzobispo. Comulgamos los dos. Sin posibilidad de salvar los obstáculos del banco, recibí al Señor sin moverme del lugar habitual. Con el gesto, lancé unos besitos que recibió con ligera sonrisa. Los dos muy muy felices.

Al siguiente día 31 de julio, el celebrante ofreció la Santa Misa por nosotros.  Era nuestro 63 aniversario de boda. Comulgamos, claro. Su alma estaba limpia como una patena un día después de la confesión. Era miércoles. Jueves y viernes, caminata antes de Misa y Comunión ambos. Más besitos. Felices.

Después de un poco de televisión, tranquilos, contentos, cada uno dormía plácidamente en su cama.  Es tan moderno mi reloj, que no necesita pilas. Con poco movimiento el día anterior, se me paró durante la noche.

Cuando desperté, era un poco tarde, creo. Pero mi mujer debía haberse ya levantado, como acostumbraba para hacer sus oraciones, tranquila y concentrada para “hablar con Dios sin nadie que la distrajese. Como a diario, debió madrugar como de puntillas y sin hacer ruido alguno por no despertarme.

Me extrañó ver la luz encendida de su mesita de noche y del cuarto de baño, que apagaba para que no me molestara la luz. Un encanto.  Como acostumbro cuando despierto y aún no me llama a las 8,15,00 mi esposa, tuve tiempo de rezar el Santo Rosario completo: misterios gozosos, sábado 3 de agosto.

-¿Estás ahí…?, pregunté  extrañado, pero tranquilo.  Y silencio. Entraba la asistenta, justo cuando me calzaba las zapatillas. Como la mi Carmen no estaba en el cuarto de estar ni en la cocina, entró con recato en nuestro dormitorio. Penetró en el cuarto de baño con la luz aún encendida.

– ¡¡Carmen, Carmen, despierte, despierte! gritó angustiada. Acudí   todo lo raudo que pude.  La mi Carmen estaba tendida en el suelo inmóvil. No tenía pulso. La mi Carmen había fallecido de forma fulminante.  Como quiso morir: en silencio, sin dar guerra, sin molestar a nadie, como nuestro padre san Josemaría, de la que era hija fidelísima en el Opus Dei. En total y absoluta gracia de Dios. Era sábado, día de la Señora y llevaba puesto el Santo Escapulario de la Virgen del Carmen a quien amaba entrañablemente.

Después de intentar reanimarla con cuanto sabía, sólo pude besarle la mano. A la cara en el suelo no podía llegar sin caer y no poder luego  levantar sin ayuda. Quedaron sólo los besitos después de la Comunión.

Llegaron las dos hijas que tenemos en Valladolid. Más tarde todos los de fuera.

Ya no me dejaron salir del cuarto de estar. Luego el tumulto, médico forense, juez… En soledad, rezaba y lloraba en silencio sin nadie que lo advirtiese. Como ella hubiera querido.  Hoy lunes 6 de agosto ha sido la Misa-funeral. He estado nervioso, parlanchín, pero contento. Tengo a la mi Carmen mi `pelirrojilla y polvorilla´ en el cielo. Seguro.

-¡Carlitos, Carlitos!, me decía cuando hablaba  y hablaba sin parar. Ella siempre en segundo plano, sin hacerse notar. Pero con eficacia. Se me ha ido, para ayudarme   más y mejor.

– ¿Estás bien?, le pregunto a solas con mis más gratos recuerdos.

-¡Que sí,  pesado! Mejor, mucho mejor que en el balneario. Estoy contento.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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