Turismo carcelario

Por Javier Pardo de Santayana

(Cartel de El hombre de Alcatraz, película de 1962 )

Difícil es saber de qué se trata: si de pasión por la aventura, de vicio de coleccionista, o de puro y descarnado masoquismo. Pero la noticia es cierta y constatable: hay gente que disfruta viviendo la experiencia de la cárcel. Lo he sabido hoy mismo cuando, superando el ruido del agua de mi ducha, me llagaba la voz de una periodista que se dedica a visitar las prisiones abiertas al público que hay a lo largo y lo ancho de nuestro mapamundi.

Sabido es que se encuentra gente para todo, y que la opulencia es a veces mala consejera como inductora de aberraciones en el comportamiento humano. Además supongo que a quien se encuentre encerrado en una cárcel le sentará como una piedra ver cómo para disfrutar del ocio en un remedo del “panem et circenses” la sociedad del bienestar ofrece la posibilidad de experimentar el sufrimiento de un castigo.

Así me entero de que, si usted lo desea y tiene medios para hacerlo, tendrá la ocasión de relajarse experimentado en en sus propias carnes la dureza de la vida entre rejas dentro del amplio programa de curiosidades a las que tiene ya acceso el ciudadano. Esto ocurre, por ejemplo, con la cárcel más mediática y famosa. Me refiero naturalmente a la de la isla de Alcatraz, implantada en el centro de la bahía de San Francisco; aquella en la que estuvo recluido el “hombre de los pájaros” y que daría lugar a una película del famoso Burt Lancaster, amén de una segunda con Clint Eastwood como protagonista y basada en una fuga real.

Y no crea usted que la cosa queda en que le cuenten in situ la vida y los procedimientos de castigo usuales en determinados momentos de la historia, sino que además le invitan a uno a ponerse en la piel de los penados. Un paso más, en suma, a la extensión del turismo de tragedias tan en boga, como el organizado para visitar el campo de concentración de Auswchtz por su elevado interés educativo, o más recientemente de los restos de la central de Chernóbil, la cual añade el aliciente de plantear los riesgos de una posible permanencia de los efectos de un accidente nuclear. Se trata, pues, de capitalizar el malestar y la angustia vividos por el prójimo; algo desagradable ya de entrada, pero que por lo visto está teniendo un éxito difícil de explicar.

Usted podrá elegir entre distintas opciones carcelarias. Podrá usted, por ejemplo, optar por Usuaia, una prisión en el final del mundo, lo cual supone un indudable morbo además de introducir al sufrimiento un clima extremo. Ya saben ustedes que hay gente para todo, y que dormir pelado de frío y en un lugar sin posible escapatoria puede añadir un atractivo sufrimiento.

Mas un éxito suele llamar a otro, y esto es algo que al parecer también sucede con las cárceles. Ahí tienen ustedes la prisión de Karostas, en Lituania, que ofrece el aliciente de una llamada “Noche Extrema” creada y aplicada a petición del distinguido público: el que solicitó en su día recibir el desconsiderado e humillante trato con el que hace años se castigaba a los reclusos militares. Así quienes abonen la entrada religiosamente se verán obligados a soportar entre otras cosas los sustos nocturnos y los gritos a la cara, las flexiones desconsideradas, el incomible mendrugo de pan duro o la obligación de limpiar las letrinas de la cárcel con un cepillo de los dientes. No les bastó, no, por lo visto, aquel primer programa del año 2003 que se llamaba simplemente “Tras las rejas” y que no duraba tanto tiempo.

En todo caso ver una prisión por dentro para hacerse cargo de lo que debe ser vivir tales condiciones no deja de ser una experiencia interesante como la que experimentó quien les escribe al visitar la cárcel federal de Leavenworth, en Kansas, ciudad en la que tuve la ocasión de vivir durante un año. He de decir que fui invitado oficialmente y que, aunque el ofrecimiento no suscitara en mí el menor deseo de pasar una noche en ella para disfrutarla, me impresionó profundamente ya de entrada que el organizador dijera aquello de “debe suceder todos los días” al tener que retrasarlo por un sobrevenido asesinato.

De mis notas de entonces recojo la descripción de lo que muchas veces vimos en los filmes norteamericanos y que en esta ocasión pude ver en vivo y en directo. Con ello acabo. Dice más o menos lo siguiente:

“Me impresionó mucho ver el bloque formado por la acumulación de pisos de galerías enrejadas, entre los cuales y la pared opuesta se abría un profundo espacio vigilado por unas garitas. Desde el exterior se tenía completo acceso visual al interior de todas y cada una de las celdas. No escapaban a nuestra observación ni los retretes, que juntamente con la cama, la mesa y una silla constituían la totalidad del mobiliario del recluso. Los rostros eran tod un muestrario de dolor y de miseria en el que predominaban los hombres de color y los “hispanos”. Algunos inquilinos de la zona de máxima seguridad inspiraban respeto. Pero lo que más me impresionó fue ver muchos rosarios enredados entre los barrotes”.

Para terminar, una nota entre cómica y macabra. En el programa del cine de la cárcel se anunciaba una película titulada “Jack the Ripper”: “Jack el destripador” en nuestro idioma.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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