Para que lo trabajara y custodiase. 33. Achicorias. 4

Por Carlos de Bustamante

( Cafetera antigua. Obra de Manuel Sierra) (*)

Con esto de las achicorias sucede algo parecido a lo de aquél, no muy bien del `caletre´, que va a la consulta de un médico especialista para que le cure de algo que padece y, cuando el doctor le pregunta, va y le dice, que se encuentra muy bien y que no le sucede nada. Natural que el médico le diga: “¿y a qué carajos viene usted entonces aquí?”
O como el otro que va confesarse con un sacerdote – él que dicho sea de paso y como bien saben, es el propio Cristo (“in persona Christi”) quien absuelve metido (con perdón) en el kiosco- y por vergüenza se calla la mitad o más de los pecados más gordos. Como en el caso anterior, igualmente se le podrían decir: “¿a qué… viene usted aquí?”.

Pues esto, más o menos, puede que le haya sucedido al chaval, hoy ya más que adulto, si con el (3) o anteriores sobre achicorias, se hubiese quedado `tan oreado´. Como hay más, mucho más, recapacitando dirá en (4), o (5) si fuera preciso, los cambios que le fue preciso hacer al amo de turno, para modernizar y humanizar este cultivo tan ancestral como cuasi desconocido.

Quedó claro, creo, cómo es posible hacer oración contemplativa con cosas tan materiales para los labradores de la zona propicia para el cultivo de referencia, al ver (contemplar) el progresivo desarrollo de las plantas, achicorias en este caso. Si antes no lo he dicho, digo ahora, que `amo´ y sobrino, dieron gloria a Dios por la sucesiva transformación, sin saber cómo ni por qué de las diminutas semillas que, ¡muriendo!, nacieron de ellas cuasi imperceptibles cotiledones; y en poco tiempo, dejada una plántula de entre multitud de ellas, alcanzaron tal vigor que, con idéntico misterio -no ocasionado por mano de hombre- se transformaron en hojas hermosas que tapizaban de verde intenso suelos tan pobres, que no servían `nian pa ceriales´ de ínfima categoría (avena, centeno).

Si el porte exterior era hermoso, las entrañas de la tierra escondían raíces familia de las “asteráceas” (¡toma frase!), procedentes de éste nuestro Viejo Mundo. Aunque si esto lo dice la sabelotodo Wikipedia, permitan al chaval, más viejo ahora que la tos, de ponerlo en duda. Más bien diría, `principalmente´, sin excluir otras procedencias.

Historias aparte, que no vienen al caso, seguiremos con achicorias (4) en la Dehesa de Peñalba `la Verde´. La que lo fue mucho más (verde) con una muy considerable extensión sembrada por la ambición del amo de turno.

Si el hombre es el animal que tropieza varias veces en la misma piedra, el amo, tropezó. Y nuevamente cayó. Estrepitosamente.

Lo vemos…

Por lo del viejo el consejo, el amo se informó detalladamente de los más viejos de uno de los lugares donde la achicoria era -fue- el principal cultivo de los pequeños labradores. Los que, con una cuarta o menos de terreno, completaban los ingresos imprescindibles para cubrir las necesidades más perentorias-que no eran muchas- trabajando a jornal en la Dehesa. Supo entonces que aquel sucedáneo de café consumido a diario en toda España en los `tiempos del racionamiento´, no solo era un producto bueno rico y barato, sino que, además, podía producirse en terrenos muy pobres, sin apenas gastos de abonado, ni necesidad de rotación con otros cultivos por la casi nula extracción de nutrientes de la madre tierra. Es decir, que sembradas las achicorias en el mismo cacho un año tras otro, no lo esquilmaban como lo hiciera, ¡ay! su prima hermana la remolacha en los malhadados tiempos del rentero.

Pero es que, además, supo de numerosas propiedades medicinales tanto de hojas como raíces de la rústica achicoria.

Amo de turno y chaval ambicionaron hacer fortuna. Cuarenta y dos hectáreas fueron la máxima extensión de España sembradas de la portentosa raíz. Ambición y extensión a partes iguales. Ni olvidado, ni escarmentado con la catástrofe de las dichosas patatas, nuevamente la ambición -desordenado afán de enriquecerse- volvió a romper el saco. Y más importante: nuevamente `peco´´ (¡oigan, que el pecado existe!) de avaricia. Cuando escarmentado, se levantó de la caída, “Tarde de amé…”, volvió a recordar. Pero como el hijo pródigo, después de meditar… “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, ¡mientras yo aquí me muero de hambre! Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré…”.

Importante primero el pesar y arrepentimiento. Cuando por el desorden (que eso es el pecado: un desorden) le vinieron al amo mal dadas, se arrepintió y `fue´; fue ¿eh?, a su Padre:

«Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros». Y se puso en camino adonde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. ¡Le dio mil besos!

Como tanto para el amo de turno como ahora para el que fue chaval no era nueva la caída, `se les vinon a las mientes´ la sentencia escuchada o leída de san Josemaría en Camino:

“Me dices que sí, que quieres. —Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer? —¿No? —Entonces no quieres”.

Cuando ambos fueron al `médico…divino´, sí querían. El ya anciano ahora se pregunta: ¿sería ésta la última vez…? Otra vez susurró el amo…:

“No todos pueden llegar a ser ricos, sabios, famosos… En cambio, todos —sí, “todos”— estamos llamados a ser santos”. Y enseguida, nueva cita de san Josemaría: ya `puesto´: “Ser fiel a Dios exige lucha. Y lucha cuerpo a cuerpo, hombre a hombre —hombre viejo y hombre de Dios—, detalle a detalle, sin claudicar”. ¡Jo, lo que sabía el tío! (el del chaval, claro). -Sin perdón, porque lo era. Luego, la novedad en nueva sentencia:

“Hoy no bastan mujeres u hombres buenos. —Además, no es suficientemente bueno el que sólo se contenta con ser casi… bueno: es preciso ser “revolucionario”. “Ante el hedonismo, ante la carga pagana y materialista que nos ofrecen, Cristo quiere ¡anticonformistas!, ¡rebeldes de Amor!”. “La prueba, no lo niego, resulta demasiado dura: tienes que ir cuesta arriba, a “contrapelo”.

Por todo lo dicho, hasta ahora, no creo equivocado que el chaval pensase, que no es preciso `adaptarse a los tiempos´, como se oía, y se oye, con frecuencia, sino que, en lo no opinable, debemos y podemos influir para que los tiempos se adapten a lo que es doctrina no opinable. “Paradoja al `respetive` : “es más asequible ser santo que sabio, pero es más fácil ser sabio que santo”. Naturalmente, `digo ó´. Y decía, en fin, el santo de lo ordinario:

—“¿Qué te aconsejo? —Repite: «omnia in bonum!», todo lo que sucede, “todo lo que me sucede”, es para mi bien… Por tanto —ésta es la conclusión acertada—: acepta eso, que te parece tan costoso, como una dulce realidad”.

Cuando al final de la jornada el chaval hizo examen del día, fue forzoso el pensamiento de que sería un «entrepato´ si lo escuchado en confidencia de amigos, además de tío y sobrino, no se le quedase ´áhura´ grabado y para siempre ´diquiá´ los años.
¿Y de modernizar y humanizar este cultivo?: en -5- si Dios es servido.

—

(*)  Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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