Por Javier Pardo de Santayana

( El Pisuerga cerca de Simancas. Acuarela de J. M. Arévalo)
Atosigado por una realidad política absolutamente insoportable que mueve a quien escriba a quedar agotado por el tema, busco algún otro asunto interesante que lo eluda. Y según voy en mi coche de regreso a casa topo con unas instalaciones que se identifican por su nombre. Dicen: “Ciudad Deportiva del Jarama”. Entonces reflexiono sobre las muchas veces que aparecen referencias a este río en un camino que recorro con frecuencia. Y llego a la conclusión de que la gente debe haber reconocido su importancia desde siempre.
Porque, efectivamente, un río es un personaje que vive con el hombre desde el comienzo mismo de los tiempos. De entrada, es literalmente vida en movimiento que circula ofreciéndosele e incluso sugiriéndole el lugar donde se debe establecer para formar familia. Y así todas las ciudades y los pueblos, hasta las más pequeñas aldeas del camino, se asentarían en sus bordes y riberas.
Pero el río no se queda allí, sino que sigue circulando, porque su generosidad es infinita. Ofrece, si, la regeneradora ayuda de sus aguas, que el ser humano convertirá en alimento para él mismo y para sus animales, sus huertas y sus pastos; o sea para todo cuanto considera esencial para seguir viviendo.
Y lo hará mientras vive su propia vida en la naturaleza, esa vida personal e intransferible desde que nació, criatura de las aguas, allá en las cumbres, hasta que, crecido y agotado en el esfuerzo, se entregue ya al abrazo de los mares. Mas siempre será el mimo, como lo será el hombre durante toda su existencia por mucho que continuamente cambie.
Por eso, para identificarlo le daremos un nombre, como al hombre: un nombre propio y personal, cuyo significado muchas veces se perderá en la historia, pero que se acabará repitiendo, como un eco compartido, por su camino, que es el valle. E incluso mucho más lejos todavía. Tanto, que servirá para bautizar a una comarca entera y aun a lo que conocemos como cuenca, que muchas veces adquirirá enormes proporciones, de forma que un país acabará siendo como un puzzle de piezas con su nombre: en el caso de España, del Guadalquivir, del Ebro, del Tajo, o del Guadiana; que hasta este punto trasciende su presencia.
Pero el río no presume de su utilidad o su belleza, como tampoco de su categoría. Eso sí, por muy importante que ésta sea, se identificará con las personas que a él acuden, y hasta con las costumbres que encontró a su paso, y establecerá amistad con quienes se acercaron a sus bordes y riberas para lavar su ropa o rellenar sus cántaros. Y, en un gesto de intimidad conmovedora, se acercará a nuestras cocinas familiares y nos brindará su servicio a domicilio haciéndose agüita fresca en el verano o acogedora agua caliente en el invierno. Y sabrá hacerse presente cuando el hombre nace, y servirá de alivio ante su muerte. Y añadirá belleza a los paisajes. Como un artista se disfrazará de cualquier cosa: mostrando su genio en las cascadas o su serenidad en las aguas dormidas. Y se alimentará del agua de la lluvia y la devolverá más tarde como está mandado; sin precisar de campañas radiofónicas: que él utiliza el reciclaje desde siempre.
También nos servirá como piscina gratis para chapotear o deslizarnos, o planteándonos obstáculos para probarnos el valor o la destreza. Así que el río sirve casi para cualquier cosa, como convertirse en energía luminosa, por ejemplo. O en alegría, haciendo saltar las cataratas. O en paz, cuando en el lago se remansa. Incluso jugando al escondite y reapareciendo más tarde de improviso.
Hoy diríamos, en esta jerga que hoy se lleva, que el río es sobre todo un “influencer” del paisaje y de la vida de los hombres; un inventor maravilloso que se nos acerca transformando la aridez de las tierras emergidas para hacer de ellas vergeles, o haciendo disfrutar a los humanos al ofrecerles alimentos y sensaciones gratas. Principio fundamental que convendrá añadir al aire, al fuego y a la tierra como uno de los instrumentos de la vida. Una especie de amigo que transforma las arideces del Planeta y a nosotros se acerca activo y armonioso.
Un compañero, en fin, que al morir tampoco muere; que en esto se parece al ser humano cuando al morir espera entrar en un lugar acogedor e inmenso donde no existen ni el dolor ni las fronteras, para – ¡oh milagro! – seguir viviendo en la gozosa perfección soñada.