Por Javier Pardo de Santayana

( Teckle. Acuarela de Elizaveta Kharicheva)
Las trajo nuestro hijo de Jerez de la Frontera. De ahí los nombres con los que mi mujer las bautizó: “Sol” y “Maca” por Soledad y Macarena, que suenan como a niñas andaluzas. Son lo que se llama teckles, o sea perras que antes llamábamos “salchichas” y que de joven no me caían nada bien, pues lo que me gustaba eran los perros grandes como el “León” de la finca de mis tías, o los terriers, como la adorable “Pizca”, una West Highland de la que he confeccionado un álbum entero de fotografías. Murió un buen día hace unos pocos años y la tengo enterrada en un rincón de mi jardín.
He de explicar que Sol y Maca son hermanas de una camada de siete, y que han seguido siempre juntas desde entonces, así que no pueden vivir la una sin la otra y eso que son muy distintas en su forma de ser y sus costumbres. Maca, que es algo más afilada y tiene los ojos achinados, es activa y ha tomado más la iniciativa. Por ejemplo, cuando las mandamos a la cama hacia las once y media de la noche, ella sale directa a la escalera sin que haya casi que insistirla, mientras Sol permanece ajena a mis palabras e insistencias. Pero Sol – de ojitos más tristes y redondos – no se mueve del sitio así la maten. Pero entonces su hermana se detiene en el camino y mira hacia atrás para ver si Sol la sigue, y vuelve a buscarla y tira del collar para que arranque.
Y es que Sol es una perra muy casera: sólo desea estar caliente y cómoda con alguien que la rasque la barriga. Solo quiere que alguien la sobe como sea. A mí me ve por el pasillo y se tira decididamente boca arriba. Creo haber contado en este blog cómo tuvimos que instalar un mecanismo de cierre del armario en que colgamos los abrigos, porque aprendió perfectamente a deslizar sus puertas y esconderse entre la ropa amontonada. Pero luego aprendió también a hacer saltar el sistema establecido, así que no hay manera.
Sí; lo que quiere esta perra de la casa es vivir el confort que ésta la ofrece. Pero la cosa cambia cuando se halla en nuestra vivienda montañesa, porque nada más llegar se encela con los ratones de campo y con los topos, y nos tiene fritos levantando la tierra y abriendo surcos que cualquier día tendré que rellenar para evitar que alguien se mate. Porque la sale su vena cazadora.
Ahora, ya entrado el otoño, salen las dos como dos flechas cuando por la mañana abro la puerta de la casa, y se tumban sobre la hierba del jardín – siempre cercana la una de la otra – donde dejan que las acaricie el sol de la mañana. Pero ¡la que arman luego cuando oyen pasar otros perros a su alcance o ven entrar el gato blanco! Porque entonces dan saltos sin parar mientras observan a través del brezo de nuestro cerramiento, y a veces hay que ponerse serios para que callen, y más aún cuando se escapan, que ya lo han hecho varias veces, sobre todo en el jardín montañés, cuando casi llegaron hasta Treto y hasta pararon la circulación rodada. Y es que, aunque no nos lo parezca, son un par de perras cazadoras y de vez en cuando salen a flote sus instintos.
Cuando viajamos hacia el norte y paramos a comer en el camino, que lo hacemos siempre en Burgos – en el Landa – hemos optado por dejarlas en el coche porque es una paliza dominar a las dos a un mismo tiempo, así que lo que hacemos es dejarlas dentro provistas de agua y a la sombra. Y por supuesto sin echarlas pienso, porque Sol se nos marearía al dar las curvas de los Tornos. Recordemos que la primera vez que las llevamos Sol se zampó unas flores de azalea y estuvo a punto de morirse, así que no las damos de comer hasta llegar por fin a nuestra casa.
En resumen: hay que reconocer que ambas se comportan muy bien y que hasta ahora han respetado las muchas cosas que tienen a su alcance. Sólo nos descabalan las alfombras cuando dos veces o tres al día juegan a pelearse, que parece que se van a destrozar entre ellas mismas y nunca se hacen nada. Me recuerdan entonces a esos dobles que trabajan en las películas de acción y que fingen disputas horrorosas sin tan siquiera llegar a despeinarse.