Por Javier Pardo de Santayana

(La princesa Leonor y Felipe VI en la ceremonia de los premios Princesa de Asturias )
Si señor; se trata de un contraste. Estamos a punto de salir de casa para oír la misa vespertina cuando en la televisión anuncian la retransmisión en directo de un acontecimiento interesante. Se trata de la entrega de los Premios “Princesa de Asturias”, así que decidimos quedarnos en casa para verla. Y como siempre, lejos de defraudarnos, nos seduce.
Todo el acontecimiento esta tocado por el buen gusto y la emoción. Se trata, como mi improbable lector sabe, de rendir un homenaje a la excelencia del esfuerzo humano, con la particularidad de que este año intervendrá también, por primera vez en su vida y en persona, la princesa Leonor, futura Reina de los españoles que acaba de alcanzar sus 14 años; es decir, los mismos a los que su padre el Rey hablara por primera vez en público.
Y todo el acto resulta trascendente. Varios de los galardonados intervienen haciendo uso de la palabra: así una mujer de simpáticos gestos explosivos que nos habla de literatura y feminismo. Y lo hace buceando en la profundidad del sentimiento de una joven que poco a poco descubre los resortes de la vida. Luego, una segunda nos ofrece un panorama integrador del ser humano con la naturaleza en la que vive inmerso. Y aún otro nos ofrece un ejemplar sistema educativo virtual y gratuito que favorece a quienes no encuentran fácil su acceso a la educación y la cultura. También saldrá a la palestra el Presidente del Patronato del Museo del Prado, un viejo conocido Secretario General de la OTAN. Y cerrando las intervenciones, el Presidente del Patronato que concede el Premio.
Todos ellos, más quienes no hablaron, son gente creadora o simplemente ejemplar: artistas, literatos, investigadores, inventores, sociólogos, filósofos, incluso deportistas. Gente de pro, de la que da pasos en el camino de la perfección del ser humano; mujeres y hombres ilusionados, imaginativos, esforzados, preocupados o curiosos, y destacados en una perspectiva global del panorama intelectual y humano. Gente que por algo es digna de ser conocida y escuchada. Incluso nos sorprende ver a una de las premiadas afectada por una enfermedad que descontrola sus gestos hasta el límite pero que añade la compasión a las virtudes que en el acto se ponen de relieve.
Pero, aún siendo de destacar estas intervenciones personales, más lo sería la esperada intervención de la Princesa, una niña que supera en su belleza a las que imaginamos en los cuentos. Les aseguro que su conmovedora primera intervención en público nos regaló, con su actitud y su sonrisa, todo un momento de emoción intensa con el precioso contrapunto de los emocionados rostros de sus padres y su hermana. Y de su regia abuela, pendiente y orgullosa del momento. Todo un caleidoscopio de emociones y miradas y gestos tiernos y sentidos: la perfección misma recogida por las cámaras. Instantes que valen la pena de ser compartidos y vividos.
Y aún quedaría, por supuesto, la intervención del Rey, a quien por cierto conocí de monaguillo. Sí, créalo usted, improbable lector mío. Fue en una misa estrictamente familiar en la residencia de su padre, directamente llegados ambos de El Aaiun. De su categoría personal y de mis ocasiones de contacto ya he tenido la ocasión de escribir antes en el blog. En este caso se trataría una vez más de un discurso perfecto, incomparable tanto en su contenido como en su expresión oral y gestual; sorprendente para quien no hubiera tenido la ocasión de constatarlo antes. Una intervención con palabras matizadas y expresivas dedicadas a cada personaje y cada situación concreta. Y con la lógica mención de aquel momento mágico en que su hija – una princesa como de cuento de hadas – estrenó su responsabilidad ante los españoles. De los cariñosos consejos como rey y padre subrayo sobre todo su mención a la bondad y la ejemplaridad: conmovedora y exigente norma de comportamiento.
Supongo que mi improbable lector podrá comprender el contraste de mi ánimo con el que simultáneamente me causaban las noticias llegadas de Barcelona. Se trataba de imágenes que hablaban, no de creadores de conocimiento o de belleza ni de personas que durante su vida se esforzaron en mejorar las cosas, ni, por supuesto, de deseos de perfección humana como los que que esa tarde nos llegaban de una niña cuya expresión conmueve a quien la vea, sino de la más abyecta y repugnante manifestación de la maldad y el odio.
Sí, no me equivoco: se referían a una ciudad que siempre fue tenida por modelo de modernidad y buen sentido, de lo que llamábamos “el seny”, y que esta misma tarde, mientras presenciábamos una exhibición de buen gusto y de buenos sentimientos – en resumidas cuentas, de categoría humana – estaba siendo arrasada por una masa de desalmados destructores de cuanto encontraban a su paso siguiendo unas consignas de agitación perfectamente establecidas en los manuales revolucionarios. “Apretad, apretad” habían sido las palabras del presidente de su desgraciada Autonomía, traducidas ahora en destrucciones y en incendios: incluso en agresiones a las fuerzas del orden a sus órdenes.