Por Carlos de Bustamante

(Colegio Santiago para huérfanos de militares en Valladolid )

Sí; os dije, mis amigos, que “Preciosa” Sería el último artículo que escribiría sobre ella para nuestro blog, Tres foramontanos en Valladolid. Rotundamente falto a mi palabra. El fallecimiento de “Mi Carmen” es tan reciente, que me resulta en extremo costoso no rememorar y transcribir recuerdos. Remembranzas.

Como creo haber escrito en este mismo blog algunas aventuras y desventuras de nuestro matrimonio en tierras africanas (Xaüen, Tetuán etc.), intentaré no relatar lo que mis amigos y probables únicos lectores ya conocen.

Tal vez ya sepáis, y si no, ahora os lo digo, que en el colegio Nª Sª de Lourdes, hice de todo -deportes, deportes, deportes- menos estudiar.

Cambió todo radicalmente cuando conocí a la mi Carmen de colegiala. Estudiaba (¿) 6º de bachillerato cuando salió la disposición de necesitarse tan solo cinco años de bachillerato para acceder al ingreso en la Academia General Militar. Carrera que amaba sin pensar jamás en ninguna otra. Pero ¡ay!, que la exigencia de conocimientos tanto en letras como en ciencias era tal, que ni por asomo los tenía para aspirar al deseado ingreso.

Deseo que se hizo apremiante cuando cuasi novios, por primera vez pensé en el porvenir que podría ofrecer a mi pelirrojilla para contraer con ella matrimonio.

Casi nulo en ciencias y curiosamente medio bien en letras (geografía, historia) y aceptable en idiomas (inglés francés o árabe a elegir), soñaba con tener opciones para aprobar lo que constituía el primer grupo junto con las pruebas físicas y el imprescindible y exhaustivo reconocimiento médico; el que dictaminaba no apto a la mínima anomalía del caballero aspirante. Ni corto ni perezoso, allá que me fui.

Pues, lo que son las cosas, mis amigos, aprobé este primer grupo “de letras” ¡y con excelentes calificaciones!

Fiesta en casa, y regalo a la mi casi novia. Felices.

Lo terrible era el segundo grupo: el de ciencias matemáticas del que no tenía ni pajolera idea.

Ya el año anterior -el del feliz aprobado- asistí a clases particulares de tan ignorada asignatura. Allí quedó manifiesta mi total falta de base en matemáticas.

Espoleado por el éxito parcial y con el pensamiento de ofrecer a mi muy querida “polvorilla” un porvenir digno para el firme propósito de matrimonio, “tomamos” la decisión de sacrificar un año de nuestro incipiente noviazgo.

En el colegio Santiago para huérfanos de militares en Valladolid, principalmente de guerra, había academia de preparación, para el ingreso en la General Militar en Zaragoza. Pero ¡ay!, que era en riguroso internado y de dureza extrema con régimen cuasi militar.

Decidido en común –“tú lo quisiste fraile mostén, tú lo quisiste tú te lo ten” – comencé el curso de preparación. En nada me diferenciaba entre los “pínfanos”, -compañeros huérfanos de padre militar internados en el colegio- salvo en que, por las mañanas temprano, rogando Dios y a su Madre Inmaculada el milagro en la Santa Misa diaria; y con el mazo dando luego con horas y horas de estudio intenso sin ceder un ápice al sueño y la fatiga.

Comencé prácticamente de cero; pero con ansia incontenible de aprender, con exclusivas vistas de futuro. ¡Ay sino hubiera sido por ella!

El pínfano es un elemento de cuidado… Compañero y sacrificado por sus iguales sin límites, amantes de la Patria incondicionales, duro y austero como pocos, con virtudes humanas difíciles de igualar…, es también de un granuja redomado. El peregrinar por diferentes internados y la ausencia en ellos de padre desde muy niños hicieron que aprendiera a vivir en tiempos en extremo dificultosos de forma, a veces, rayana en lo que, para otros de su edad, es prohibitivo. Más defectos que virtudes, quedan sin embargo compensados por una nobleza sin igual y unos principios a los que jamás renuncia el pínfano. Dios y Patria. Hoy añadiría Rey.

Carlitos Hierro, fue -o si aún es lo ignoro- un gigante que cuanto tenía de altura lo superaba en bondad extrema.

Pequeños “canallitas” los pínfanos del colegio Santiago, se permitían ciertas bromas con el gigante, no siempre de buen gusto, pese al afecto entrañable que le profesaban.

Era de noche. Como de costumbre, solo en el estudio me devanaba los sesos en problemas, ecuaciones e intríngulis algebraicos. En el silencio de la soledad nocturna, me llegó el murmullo de los que regresaban “alegres” de sus correrías haciendo de las tapias que cerraban (¿) el colegio la habitual puerta de escapada y regreso. Acudí a la nave- dormitorio, inusitadamente concurrida en derredor de Carlitos. Dormía como lo que era: un bendito.

Espectáculo seguro. ¡Ahí es nada los pínfanos…! Aunque emplee palabras que no acostumbro, he de ser fiel al suceso que narro tal cual.

Uno de los más atrevidos, aseguraba que, con su método, haría orinar en la cama al gigantón durmiente…

Le entregaron una jarra con agua y un vaso; los que, previamente habían sido tomados “prestados” del comedor o las cocinas. Según caía el chorro sonoro de la jarra al vaso, repetía suave e insistentemente…: “Te estás meando, te estás meando, te estás meando” … A los pocos minutos de serenata, saltó Carlitos de la cama como impulsado por un resorte. El pantalón del pijama estaba lastimosamente empapado; y la cama chorreaba a través del colchón -de borra, claro- hasta el suelo. A la reacción inmediata del gigante, otrora bonachón, salieron por los aires agua, jarra, vaso, sábanas y manta. Los pínfanos, escaparon como alma que lleva el diablo mientras llovían sobre ellos los exabruptos del que sufrió la gran `orinada´. El nombre del macho de cabras, montesas o no, dicho con vozarrón tremendo hizo que los pínfanos volaran lejos del alcance del pacífico grandullón. Neutral en la eficaz experiencia, volví al estudio con Carlitos duchado y vestido. En voz baja, pero insistente, repetía el calificativo del macho cabrío dirigido en plural a los del experimento.

Pues ya lo saben, prostáticos o con dificultades de micción. El ruido del agua al “tirar de la cadena”, es remedio que funciona. Palaba de pínfano.

¡Carlitos, Carlitos, Carlitos! Vaya, pues lo dejo, que desde el Cielo recién estrenado Carmen creo que me riñe.

 

 

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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