La alegría de la Buena Nueva

Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de J.M. Arévalo de felicitación de la Navidad, sobre la ‘Adoración de los pastores’ de los hermanos Serra, 1365-1375)

Ya se me ha convertido en una tradición el escribir en estas fechas sobre el nacimiento de mi casa. Bueno, no sólo sobre el mío, sino sobre la tradición familiar de introducir en nuestro hogar al Dios hecho Hombre rodeado de un ambiente en el que intentamos reproducir de la manera más artística posible lo que sería el paisaje de Belén en la ocasión crucial de la su llegada al mundo. Naturalmente, la idea se completa engalanando cada rincón de lo que podríamos llamar la parte noble de la casa, no sólo con el árbol clásico y las luces, sino también con repeticiones – de todos los orígenes, tamaños y expresiones – del Misterio.

Así se pueden ver los clásicos belenes mejicanos y peruanos junto a otros procedentes de países como Chequia, Dinamarca o Ghana, por ejemplo. O en forma de “matriuscas” con los personajes unos dentro de los otros, o fabricados en lana, o con todos bailando de alegría. O que se mueven metidos en los dedos como los muñecos del guiñol. Hasta uno de ellos es una miniatura ambientada nada menos que en el Polo Norte, con iglú incluido. Y, por supuesto, jamás olvidaremos el que mi mujer conserva de cuando era niña, que si por ventura se perdiera nos ocasionaría una tragedia. Como tampoco faltará en la casa el calendario de adviento, tan codiciado por los más pequeños y en el fondo también por los mayores.

El problema nos surge cuando revisamos las luces del tinglado, porque siempre habrá alguna que se nos habrá fundido. Por ejemplo, este año tuvimos que reponer algunas de las que semejan fuego, y para empezar probamos con los bazares chinos, de los que tenemos nada menos que tres en este pueblo. Pero no tenían bombillas de esas características, y eso que ya anticiparon generosamente la Navidad española, así que decidimos probar como último recurso con los puestos de la Plaza Mayor, que son lo clásico. Por eso decidimos ir al centro, vedado ya para nosotros por no tener posibles suficientes para comprarnos otro coche. Y he de decir que batimos la mejor marca registrada hasta el momento en nuestro móvil, que rubricaría nuestra hazaña con generosas felicitaciones y hasta muestras de asombro por los casi siete kilómetros que sobrepasarían todas las marcas registradas hasta entonces.

A mi improbable lector le convendrá saber que ahora los puestos de la plaza madrileña están perfectamente despejados y alineados, pese a lo cual habría preferido lo de siempre: aquel ambiente de caos populachero que antes reinaba allí. Lo cual no significa en modo alguno que fuera negativo el resultado de la búsqueda, que consistió en un fuego encendido bajo un cacharro de cerámica que completaba con ventaja el grupo de la castañera y sus vecinas. También cayó, naturalmente, el consabido bocadillo relleno de calamares de los buenos que forma parte de la tradición no escrita.

De lo que vengo a sacar la consecuencia de que eliminar la tradición cristiana no es cosa tan fácil como pudiera parecer a algunos. Por ejemplo, anotaré en mi agenda que el actual ayuntamiento madrileño, libre ya por lo que puede verse de los prejuicios de unos dirigentes descreídos, ha revestido su belén con lo que solíamos llamar “la colgadura”, es decir, con aquella bandera nacional que siempre hemos tenido en nuestro hogar los españoles para “colgarla” con ocasión de determinadas fiestas y acontecimientos, mostrando así una sensibilidad de los actuales próceres que poco tiene que ver, naturalmente, con la marranada exhibida por la señora edil de Barcelona, que por lo visto desea eliminar la presencia de la fe de nuestros padres en un esfuerzo semejante a la exhibida por sus predecesores en los sangrientos años 30 del pasado siglo, pero que por el momento se ha limitado a separar arteramente a los tres miembros de la Sagrada Familia situando a cada uno en un lugar distinto; es decir, muy a la manera de lo que hoy ocurre desgraciadamente con los matrimonios o ”arrejuntamientos” españoles.

Pero afortunadamente esto no evita que muchas de nuestras casas se engalanen con símbolos cristianos, y el arte de nuestros belenistas no sólo se mantiene vivo y coleando sino que se perfecciona cada día e incluso con frecuencia pasa a ser noticia. Hoy mismo nos informaba mi periódico de la existencia de un belén con vistas a un mar que se supone el Tiberiades y se vislumbra allá en la lontananza: ya sabe usted que los ensueños y las fantasías nunca anduvieron lejos del artista. Y ya vemos cómo por rebote nuestra tradición es sostenida incluso por los chinos.

Lo que no podré seguramente contemplar ya en esta Navidad que ahora vivimos serán las luces navideñas, porque las obras que se realizan actualmente en los alrededores de la plaza de Oriente no permiten de manera alguna aparcar en el límite del que mi coche no puede ir más allá sin que le pongan una multa. Y mire que lo siento, pues nos apetecía ver si permanecen aún aquellas luminarias desprovistas de cualquier simbología religiosa que nos endilgaron los salientes ediles madrileños, o si con los recientes cambios en el Ayuntamiento hay un atisbo de símbolos cristianos.

Porque, como se sabe, la abundancia de luces y colores de la iluminación nocturna – como el hecho de que cada vez se encienda antes –  parecen inspirarse más en el deseo de atraer a los supuestos clientes comerciales que en el deseo de reflejar de alguna forma nuestra tradición más arraigada: la alegría que nos trae la Buena Nueva.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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