Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de F. Roldán sobre la Adoración de los Magos del Maestro Wiligelmus de Módena. Abadía de Nonántola- Italia. S.XII) (*)
Lo que me propongo traer a colación en este artículo tiene que ver, aunque a usted la extrañará sobremanera, con nuestras fiestas navideñas. Y más concretamente, con su celebración aquí en España.
Estábamos montando el nacimiento – o mejor, lo teníamos ya casi montado – cuando constatamos que algunas bombillas no encendían por estar fundidas, y que eran precisamente aquéllas que con sus destellos rojos simulan el fuego, cosa que conviene si queremos transmitir un poco de calor al Niño o crear el adecuado ambiente del rincón en el que los pastores reciben el aviso del ángel. O dar crédito a la fragua, por no decir para ambientar el círculo de castañeras y comadres: gente mayor que no debiera pasar frío. Así que nos preguntaríamos en dónde podrían encontrarse las cotizadas bombillas especializadas. Y no nos fue fácil de entrada, así que removimos Roma con Santiago.
Al final – según creo ya haberles relatado – daríamos con ellas en la Plaza Mayor, que tiene puestos para todo. Pero lo hicimos tras dar vueltas y vueltas y recorrer medio Madrid a pie, porque la capital de España es un lugar inhóspito para quien no disponga de medios necesarios para comprarse un coche nuevo. Y antes, naturalmente, probamos con los chinos, que tampoco nos solucionaron el problema.
Y, sin embargo, descubrimos algo que me parece interesante: que si bien nuestros amigos orientales no tenían las bombillas pretendidas, si que vendían toda clase de adornos relacionados con la Navidad según la vivimos en España, cosa asombrosa teniendo en cuenta la inmensa distancia que hay entre los dos países, por no decir entre nuestras costumbres y las suyas o entre las religiones respectivas.
En efecto, en todos los casos en que probamos suerte, es decir, en los tres establecimientos habitualmente conocidos como “chinos” de nuestro pueblo guadalajareño, así como en aquel que forma parte del complejo comercial que frecuentamos por cercano – en San Sebastián de los Reyes por más señas -, si bien tampoco conseguimos nuestro objetivo prioritario, sí que, junto a los clásicos adornos navideños de todas clases y colores y aquellos elementos del paisaje que proporcionan un toque de realismo, hallamos entre algunas de las típicas figuras del belén tres esbeltos Reyes Magos de a pie, o sea descabalgados, que bien podrían medirse sin desdoro con los nuestros. Así que los colocaremos enfrente del Portal el próximo cinco de enero por la noche.
De aquí mi asombro al constatar que los omnipresentes chinos son capaces, no sólo de ofrecer sus productos nacionales y aquellos comunes de consumo que pueden verse en cualquier lugar del mundo, sino que también se permiten fabricar los que proceden de culturas foráneas para venderlos luego en el país correspondiente. Y para hacerlo con la oportunidad precisa por muy grande que sea la distancia, pues hay que recordar que, si no me equivoco, su distribución se hace para nosotros, españoles, principalmente a través de una nueva “Ruta de la Seda”. Lo cual impone la onerosa obligación se calcular con precisión los tiempos, y hacerlo, supongo, según proceda en cada caso y circunstancia.
Imaginen lo que supone, por ejemplo, el hacer tan complicadas previsiones con cada país de exportación – que serán probablemente todos – y preferentemente según cada costumbre, es decir, adaptándose a gustos y sensibilidades distintas de las propias y teniendo en cuenta que este enfoque comercial requiere todo un inmenso despliegue de almacenes, de tiendas y personas con sus familias respectivas y regidas por paisanos suyos, decididos firmemente todos ellos a convertirse en extranjeros en cualquier posible punto del planeta.
Y no se trata sólo de esto, pues las consideraciones que hemos hecho se refieren a un país inmenso que se encuentra en el trance de asumir su liderazgo en competencia con los poderosos norteamericanos. Para lo cual tropezará algún día con la intensa presión que le generará sin duda la contradicción contra natura de tratar de mantener un implacable sistema comunista en el ambiente de creciente libertad que exige un mundo ya globalizado.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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