Por Carlos de Bustamante

( Carmen, en la época de pasear)
Me referiré al protocolo establecido por no sé quién para el noviazgo hasta llegar al matrimonio. Naturalmente y durante un tiempo imprevisible, serán remembranzas de la que fue única mujer de mi vida: Carmen. 63 de matrimonio hasta su repentino fallecimiento el pasado 3 de agosto más 6-7 de noviazgo desde recién iniciada la adolescencia en ambos.
Había en Valladolid la costumbre, hoy perdida, de una diversión buena, bonita y…barata.: el PASEO. Era éste tan sencillo y entretenido ¡y barato!, que lo hacíamos cuantos entrábamos en la `edad del pavo´. El escenario: Plaza Mayor, – C/ Santiago-Avenida del Generalísimo y vuelta por el Paseo Central del Campo Grande.
No, no se trataba de entablar conversación; ni, con ella, siquiera el acompañamiento a las niñas que `nos gustaban´. La cosa estaba en sólo vernos en la efímera mirada del cruce. Respeto total a las féminas que bien bajaban la vista ruborizadas si el gustarnos era mutuo, o bien trinaban como jilgueros en jolgorio indiferente… (¿).
Si la sola amistad requiere trato, y más si lo que se pretendía era entablar un inicio de ella (lo que ahora llaman con ligereza `relación´ en nada se parecía a ésta por lo general forzosa etapa), el paseo fue en el caso de nuestros inicios el `método´ que nos llevaría a un feliz término.
Si los días `sin clase´ se esperaban con ansiedad indisimulada, y en principio por inocente entretenimiento, no transcurrían así las noches de los dos adolescentes amigos. Cada uno soñaba maravillas de conversación y trato con la que de las tres amigas nos gustaba. Eran sueños de cariño, aún muy distantes de lo que, desconocido, llamaban amor. Pero si representásemos éste por fuego o llama, en el adolescente que se lo dice, se inició una chispita al menos, que, en la hojarasca de lo desconocido, ya hizo brotar una pequeña columna de… humo.
Bien se ve que aquella canción tantas veces cantada sin entender el significado, no necesitó explicaciones: cada estrofa, la fue traduciendo con los no pocos días que transcurrieron con la inocente (¿primitiva?) diversión. Se la recuerdo:
Por el humo se sabe
donde está el fuego;
del humo del cariño
nacen los celos:
Son mosquitos que vuelan
junto al que duerme
y zumbando le obligan
a que despierte.
¡Si yo lograra,
de verdad para siempre,
dormir el alma!
Y, en la celdilla del amor aquél,
borrar el vértigo
de aquella mujer.
Por una puerta
del alma va saliendo
la imagen muerta.
Por otra puerta llama
la imagen que podría
curarme el alma.
Se me entra por los ojos
y a veces sueño
que ya la adoro.
Cariño de mi alma
recién nacido,
la llama extingue,
¡ay! de aquel cariño.
¡Vana ilusión!
En amores no vale
matar la llama,
si en las cenizas muertas,
queda la brasa.
El amor se aletarga
con los desdenes
y parece dormido,
pero no duerme.
¡Ay, quién lograra
de verdad para siempre
dormir el alma!
Y, en la celdilla del amor aquel,
borrar el vértigo
de aquella mujer
fatal. ¡Ah! fatal.
Resultaría en extremo prolijo, cuando no imposible, aplicar cada estrofa de la zarzuela, por no cuadrar, o sí, con `lo nuestro´. Digo como desacuerdo con la letra de la canción que de mujer fatal aquella preciosidad del paseo, ¡nada de nada! tampoco `vana ilusión. ´ Celos, sí, porque al menor descuido revoloteaban a su alrededor, moscas, mosquitos y moscones…