Por Carlos de Bustamante

(La casa de la plazuela)
Tras casi cinco años académicos de estudio y actividad intensos, llegó al fin la entrega de despachos de teniente de Infantería (no obtuve calificación suficiente para el Arma de Artillaría como hubiera sido mi deseo). Y enseguida, elección de destino.
Por motivos que no voy a repetir, elegí un destino africano. Ni Legión, ni Regulares; de indudable valía éstos y tradición africana. Mi vocación de siempre fue instruir, formar, educar a soldados de reemplazo, tanto para servir a la Patria como en valores humanos cívicos y morales. Y a fe que pude ejercerla en el Regimiento África 53 con cerca de 4.000 soldados y de guarnición en la ciudad misteriosa y santa del islam en Marruecos: Chaüen o Xaüen,
Con el firme propósito de ofrecer a mi Carmen un hogar luminoso y alegre, la maravilla de esta ciudad, cumplía casi todos los requisitos. Clima grato, belleza de una naturaleza prodigiosa. Coste de vida asequible a un sueldo ajustado en extremo y vivienda – ¡ay vivienda! – barata, pero no como la que pronto sería mi esposa se merecía. La inolvidable `casita del moro´. La que con solo ilusión a raudales merecía el nombre de vivienda. Un amor a toda prueba y la delicada mano femenina obraron el milagro de hacerla en su interior posteriormente habitable.
Solicitado y concedido el permiso reglamentario para contraer matrimonio, sólo restaba el beneplácito de mi madre y los padres de Carmen. El único requisito que en opinión de mi madre – el que creo haber referido en un artículo en este blog “quisió cuándo”-, fue el de disponer de 30.000 pesetas ahorradas, para ayuda de gastoso para comenzar a vivir sin agobios en el nuevo estado. Dicho también anteriormente que, ahorrando peseta a peseta, propina a propina de ambos, las teníamos ya en nuestra cartilla común, para la decisión tomada desde inicios del noviazgo.
Ante alguna objeción referente a nuestra extrema juventud, aún tengo grabado en mis adentros la respuesta que transcribo tal cuál: “Mamá, es mejor casarse que abrasarse”.
¡¡Prueba superada!!
La actividad desde entonces fue tan frenética como plena de bendita ilusión. Papeleo reglamentario, acondicionamiento de los accesos a la `casita del moro´, cerrar el trato del alquiler, compra de los muebles imprescindibles, barnizarlos como disimulo del deterioro por los sucesivos dueños comprados de un oficial a otro que machaba destinado a la Península… Y cuanto pudo imaginar quien jamás se vio en `otra más gorda´.
Unido el llamado permiso colonial con el de diez días por contraer matrimonio, fijamos la fecha: 31 de julio de aquel año de 1956 en la parroquia común de San Miguel y San Julián en nuestro barrio histórico de Valladolid. Oficiante, nuestro entrañable amigo el sacerdote, `claro´, don José Velicia, recién ordenado y posteriormente fundador de las Edades del hombre.
Mi Carmen, por su parte, aceleró los primores de un `equipo´ de reina.
Sin mi presencia aún, se celebró en casa de mi Carmen la acostumbrada por entonces petición de mano. Acto protocolario para conocerse mejor ambas familias con el tradicional intercambio de regalos preboda. Pudo asistir al acto, simbólico más que nada, mi madre ya muy enferma y mi hermano mayor, que sería, Dios mediante, padrino de boda.
Cumplidos felizmente estos requisitos – ¡prueba superada con nota! -, pude emprender viaje a la Península. Avión de Tetúan a Madrid. Eran de tal intensidad los pálpitos del corazón que bien por turbulencias o por el ritmo inusualmente intenso de la víscera imprescindible, que el bimotor cabeceaba como los` tío vivos´ de las ferias.
Con tan solo dos zancadas, llamé con emoción a la puerta. Como una reina, abrió mi `pelirrojilla y polvorilla´. Sin el debido pudor por la presencia de sus padres, mi Carmen como que desapareció fundida en un abrazo entrañable. Los `muakas´ hubieron de esperar a una mayor intimidad.
Los preciosos momentos que siguieron al encuentro, serán objeto de una nueva remembranza, si Dios es servido. Baste ahora solo decir, que todas aquellas benditas locuras, aún es difícil asimilar que quedaran truncadas de forma tan fulminante como el nunca lejano tres de agosto.
Sólo la Fe, pedida, buscada y concedida, concede la alegría de pensar y creer en el Cielo de donde me vienen ayudas diarias en una maravillosa Comunión de los Santos: Mi Carmen presente de la mañana a la noche. en sueños ésta donde revivo como reales luces y sombras de toda una vida. La que, como repetidamente he dicho, fue de 70 años desde que iniciamos el trato de sólo amistad, que continuó con amor en continuo `crescendo´, hasta que acudió a la llamada, de forma fulminante, a la Casa del Padre.
Y recurro a san Josemaría (el `santo delo ordinario´, recordad, mis amigos), de cuya fuente aprendimos los dos:
“Si alguna vez te intranquiliza el pensamiento de la muerte, anímate y considera: ¿qué será ese Cielo que nos espera, cuando toda la hermosura y la grandeza, toda la felicidad y el Amor infinitos de Dios se viertan en la criatura humana, y la sacien eternamente, con la novedad de una dicha nueva?”.