Por José María Arévalo

(Mujer florero. Detalle de la acuarela de Alfonso Ruiz Roldán en Hispacuarela de Facebook)
“La destrucción de la masculinidad: la creación de la violencia «de género»” es el título del capítulo 17 del libro “Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres. Para entender como nos afecta la ideología de género”, editado en 2016 por la digital Titivillus, que estamos reseñando en esta serie. Del mismo es autora Alicia V. Rubio – titulada en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca y profesora de educación física en un centro público de Madrid durante veinticinco años.
“El hombre heterosexual –comienza este capítulo Alicia V. Rubio – es uno de los «objetivos a batir» de la ideología de género y del feminismo extremo predominante en la actualidad. Una vez determinado que la maternidad es la mayor lacra para que la mujer sea, actúe y viva como un hombre, resulta que el hombre es el culpable genético, biológico y natural de la maternidad de la mujer. Y sus instintos sexuales, muy poderosos porque de ellos depende la supervivencia de la especie y la naturaleza busca el éxito por todos los medios, resultan odiosos y peligrosos.
El hombre, por ello, y sin culpa personal ninguna, aparece como el enemigo a destruir y, en el fondo, como el original al que hay que imitar. El hombre biológico, el hombre psiconeurológico, el hombre ontológico, en definitiva, debe ser eliminado. Las maneras van a ser varias, unas persuasivas y mediante la manipulación, otras más agresivas mediante la opresión, las legislaciones discriminatorias, la destrucción de su reputación y, si surge, mediante la destrucción física: el palo y la zanahoria.
La estrategia de feminizar al varón y masculinizar a la mujer resulta comprensible a la vista del objetivo de destruir al varón heterosexual con todas sus características y por ende la alteridad sexual biosociológica.
El hombre es «invitado» a renunciar a su masculinidad y todo lo que eso conlleva. Invitado por las buenas, o empujado por las malas, porque no debe perder de vista nunca que si no renuncia a su ser, es el enemigo a batir. El hombre competitivo, valiente, resolutivo y racional, con autoestima, agresivo en su función tradicional defensiva de la tribu, fuerte física y psicológicamente, independiente, poco expresivo en sus sentimientos, activo en la conquista amorosa y dominante en la conducta sexual, en definitiva, el hombre prototipo en el que, con variantes individuales, pueden verse reflejados la inmensa mayoría de varones, debe renunciar a todo ello para deconstruirse en un ser femenino.
Todos esos atributos, que se incentivan en la mujer, deben ser erradicados del comportamiento filogenético masculino. El nuevo hombre debe ser cooperativo y no competitivo, cauto, emotivo, expresivo en sus sentimientos, pasivo en la conquista amorosa, suave y delicado como un osito de peluche. Algunos lo interiorizan y tratan de parecerse en lo posible a ese hombre ideal que «saca su lado femenino» reprimiendo, para alcanzar la perfección, los comportamientos «problemáticos y sospechosos» propios de su vergonzante masculinidad. Como ya se ha mencionado, el varón homosexual, con comportamientos en muchos casos más femeninos y sin deseo alguno por las mujeres, de forma que no pretende enamorarlas y ni mucho menos pretende una relación que puede terminar en embarazo de la mujer con todo el «sometimiento al varón» que eso significa para la ideología de género, es el ideal masculino.
Puesto que el varón tradicional es algo «duro de pelar», en tanto concibe su masculinidad como un orgullo y, además, en muchos casos no sólo no quiere, sino que no puede renunciar a ella, toda esta criminalización de su ser ontológico le produce una desorientación absoluta. Sin referentes de valor positivo afines a su naturaleza, sus comportamientos biogenéticos pueden ser tachados de machistas, opresores y autoritarios por la sacrosanta asamblea de bonobas, las feministas antihombres, hasta en las más inocentes acciones. Y eso le desconcierta profundamente. Se encuentra perseguido y desubicado en esta sociedad heteropatriarcal que, curiosamente y con todo lo heteropatriarcal que es, se está esforzando por destruir al varón heterosexual, rey incuestionable de ese malvado heteropatriarcado.
Para ayudar al varón heteropatriarcal en su inexplicable autodestrucción, todas las políticas administrativas y culturales están destinadas a la mujer, todos los medios de comunicación van a demonizar la masculinidad y todas las legislaciones van a ir en su contra, vulnerando los derechos del varón y reduciéndolo a un ciudadano discriminado y de segunda. Y puesto que los niños y menores son más permeables, los lobbies del género se introducen en las escuelas para ayudarles a deconstruirse y denostar el referente masculino (y el femenino), para ensalzar el referente homosexual, para criminalizar los comportamientos varoniles y acusarlos de violentos patológicos y para demonizar el «amor romántico» con los dos caballos de Troya de la ideología de género en las aulas: la violencia y el acoso que veremos posteriormente. Caballos de Troya que ya se encuentran atravesando las puertas de todos los centros educativos y por ello, casi imposibles de frenar, salvo que muchas personas lean este libro, detecten los disfraces bajo los que se esconden las armas adoctrinadoras de la ideología de género, comprendan su verdadero objetivo y se opongan con todas sus fuerzas.
Si, por las buenas, el hombre masculino no se adapta a su nueva vida bonoba vienen las formas de convencerlo por las malas, o eliminarlo. Hablamos de la presión social, de la perdida de la reputación y de la muerte social, si bien existen casos de muerte física consecuencia de esa presión insoportable. Hablamos, en definitiva, de la violencia de género, otra de las formas de tergiversar y manipular el concepto de «violencia», tan laxo pero estricto, extensible pero específico y relativo pero absoluto, según convenga, a los ideólogos del género.
La violencia de género es una creación de la ideología de género verdaderamente exitosa, puesto que sin existir realmente tal cual se explica que es, como la tela del traje nuevo del emperador, sirve para criminalizar al varón, entrar en las aulas de menores, victimizar a la mujer, promulgar legislaciones demenciales, obtener dinero público en grandes cantidades y generar nuevas vías de conseguir más dinero y más poder. Son tantos los beneficios que es lógico que no se haga nada realmente para erradicar esa gallina de los huevos de oro.
Como algunos lectores de este libro no conocerán el proceso completo de manipulación en este caso y corro peligro de ser acusada de banalizar la muerte de mujeres (de hecho, hay muchas mujeres bienintencionadas engañadas) se va a tratar de exponer toda la falacia montada en torno a esta pretendida «lacra social española». La frase del encabezamiento se refiere a ese engaño y la dificultad que supone que los que viven en él, lo asuman antes de despertar de golpe con algún caso en la familia de víctima de la falacia de la violencia de género.
Hablar de violencia de género consiste en afirmar que existe una violencia estructural del hombre contra la mujer por el hecho de serlo. De todos los hombres contra todas las mujeres, creando un colectivo al que culpar de algo que realizan personas individuales. Al igual que los derechos no los tienen los territorios, ni las lenguas, sino las personas, y la inversión del sujeto de derecho seguramente les resultará familiar respecto a los separatismos, en este caso, los delitos de violencia no los realizan colectivos, sino personas particulares. Sin embargo, la violencia de género presupone que esa violencia la ejerce un colectivo concreto: los hombres, unidos en una supraentidad de dominio de la mujer. De esta forma, el hecho de ser hombre implica inmediatamente ser un «violento de género potencial» en tanto pertenece al colectivo, le guste o no. Y toda mujer que hable de la violencia de género, ha de saber que en ese grupo de violentos de género está incluyendo a sus hombres más queridos (padre, hermanos, marido e hijos). El error consiste en pensar que los hombres cercanos no son violentos de género, pero sí los otros que «andan por ahí sueltos» y no se les conoce, por lo que se contribuye a la criminalización del colectivo. Como el resto de las mujeres caen en el error de pensar eso mismo de nuestros seres queridos de sexo masculino a los que, obviamente, no conocen, la generalización queda hecha y no se libra ninguno de la estigmatización.
Si las personas pertenecen ya al colectivo demonizado, la percepción subjetiva del propio varón sobre sí mismo, o de las personas que le quieren, de que no son violentos de género, no afecta en absoluto. Sólo por ellos, es imprescindible dejar de hablar de violencia de género y hablar de violencia intrafamiliar, doméstica o de convivencia.
Esta generalización de la culpa para un colectivo no es por casualidad, y aunque es indefendible, resulta muy útil.
Indefendible porque supone crear un prejuicio sobre personas determinadas y culparlas apriorísticamente de un delito que no han cometido por un hecho que no pueden evitar: su sexo, sus genes, su raza… Es el mismo sistema de pensamiento que defendía que los negros eran inferiores por su raza y los judíos, malos y no humanos por sus genes… este tipo de razonamientos tiran por tierra los derechos humanos individuales y nos retrotraen a las culpas colectivas de civilizaciones pasadas y a las injusticias horribles de épocas no muy lejanas. Después de un lento viaje a los derechos humanos individuales, fundamentales y universales, la ideología de género nos devuelve al punto de partida.
Útil porque sirve para criminalizar a un grupo y que funcionen los conocidos mecanismos de muerte civil y de la reputación de un individuo por mera pertenencia al grupo calumniado e injuriado.
Este reconocimiento de que existe una violencia estructural del hombre contra la mujer en España especialmente grave por su característica esencial de confabulación del heteropatriarcado contra las féminas (a las que, asombrosamente, la sociedad heteropatriarcal concede los mismos derechos que a los hombres, protege de forma espectacular y dona para sus organizaciones millones de euros) también implica la consecuencia lógica pero falaz de que existen otras «violencias de no-género», que no alcanzan el nivel de importancia de ésta, e incluso que no existen y que, a nivel legislativo y de inversión de fondos, no son merecedoras de una lucha social contra ellas porque esas sí, las realizan personas concretas para las que el código penal es suficiente.
En el momento en que se admite la violencia de género, y la de no-género como menor, se está admitiendo que la importancia de la violencia no está en el daño que produce sino en la presunta intencionalidad del agresor y sus características. Y por ello, la pena asociada no va a ser decidida por el daño realizado sobre la víctima y el delito en sí mismo, sino por el sexo del agresor y su móvil, que en el caso del varón es el machismo, imponiendo una causa única de los delitos, por lo que cuando un hombre mata a una mujer o la agrede no hace falta investigar, porque la causa viene implícita, lo que no sucede en ninguna otra situación. Igualmente se instaura un «delito de autor» que sólo pueden llevar a cabo hombres, figura legal inexistente y por encima de todo razonamiento judicial.
Igualmente, la concatenación de argumentos lógicos, una vez admitida la importancia absoluta (no como agravante) de la intencionalidad sobre el propio delito, también implica que si una persona mata por hacer un favor es menos delito que si mata por maldad, al margen de lo que opine el asesinado, al que puede no haberle hecho gracia el «favor», abriendo paso a la eutanasia compasiva «por el bien del paciente» y al margen de su opinión. Pero esto es otra deriva de la relativización de la moral, el delito y el daño que no está relacionado con lo tratado ahora, si bien señala el camino coincidente de una relativización y otra.
Volviendo a la consecución de razonamientos, si se admite que matar por creerse superior a la mujer es mucho más grave que si se mata por odio, por maldad, por obtener ventajas económicas o por locura, es evidente que surgen dos tipos de asesinatos: los «graves» y los «leves» aunque la víctima esté igual de muerta en todos los casos. Igualmente puede suceder que un hecho de violencia de género sin resultado de muerte sea más punible que uno de violencia no-género con muerte, es decir, lo que denominamos asesinato «leve»: que un hombre pegue a una mujer puede conllevar más pena que si una mujer mata a un hombre.
El grado de criminalización del varón y de manipulación de los sentimientos a los que se ha sometido a la sociedad ha llegado a tal extremo, que el juicio social ante la noticia de que una mujer ha matado a su pareja será el siguiente: «Pobre mujer, lo que habrá tenido que aguantar para llegar a eso. Seguro que el hombre se lo merecía».
Conozco a muchas personas que hacen este razonamiento.
El «cortocircuito» lógico que suponen estas afirmaciones surgidas de la continua manipulación del sentimentalismo, impide darse cuenta de cuatro errores éticos: que se culpa al muerto de su propia muerte en vez de culpar al asesino, que se justifica el peor de los delitos, que se le arrebata a la víctima incluso su presunción de inocencia por pertenecer al colectivo criminalizado, y que se admite y justifica la pena de muerte sin juicio en un país que la prohíbe incluso para los asesinos confesos y múltiples. Lo asombroso de la manipulación de los sentimientos es que la persona que hace el razonamiento es, con casi total probabilidad, contraria a la pena capital. La justificación de un crimen por los posibles delitos de género cometidos por la víctima es una forma de admitir la condena de muerte sin juicio y posiblemente, sin culpa, o con delitos mucho menores que los realizados por delincuentes a los que se les exime de la pena capital por los fundamentos éticos de la sociedad occidental.
La concatenación lógica de admitir la violencia de género, supone aberraciones legales tales como asumir que el varón, único que puede llevar a cabo esa violencia, es un culpable genético, en tanto la mujer es inocente genética, y que la criminalización de los genes masculinos lleve a que no pueda escapar, ni renunciar, a esta culpabilidad. Esa imposibilidad de escapar de la culpabilidad le supone la pérdida del derecho de presunción de inocencia: es un maltratador o asesino potencial del peor de los crímenes, pese a que los resultados sean semejantes a los de cualquier otro crimen o delito. Aparece la figura de culpable por genes que, implicado en un conflicto frente a la inocente genética, carece del derecho legal de ser presumiblemente inocente. La culpabilidad genética le lleva a tener que demostrar su inocencia en los casos de inculpación, invirtiéndose la carga de la prueba. El hombre debe demostrar que no ha hecho algo de lo que se le acusa, al contrario que en el resto de las situaciones legales en las que sí hay que demostrar la culpabilidad del acusado.
Lo más asombroso de esta creación artificial de una violencia de género diferente y peor por su causa (machismo) y por su causante (hombre) y no por sus consecuencias y que criminaliza al varón hasta un punto que veremos en el próximo capítulo, es que tenga seguidores masculinos. Que haya hombres tan incautos o ideologizados que compren la «mercancía del género» y se postulen como adalides de la salvación de las mujeres españolas, «oprimidas» pese a ser sujetos y ejercientes de todos los derechos constitucionales, a costa de su propia conversión en parias sociales, es expresión de lo que puede engañar la maquinaria del género.
El síndrome de Estocolmo se evidenció en la última manipulada y violenta manifestación feminista organizada en España contra solamente la violencia de género. En ella sucedió algo bastante habitual en las actividades feministas, cada vez con más concomitancias con movimientos de corte neonazi, le duela a quién le duela: los hombres no tenían acceso a una zona de la manifestación. Era una especie de gineceo donde se discriminaba al hombre por serlo, por sus genes, por ser un maltratador y asesino ontológico al margen de su individualidad.
Los varones que trataban de acceder, quienes precisamente al margen de sus genitales eran afines a la lucha contra la opresión de la mujer occidental, se lo tomaban de dos maneras: enfadándose, en una pueril exigencia de que los colectivos de bonobas no les juzgaran por algo ajeno a su elección y a lo que era imposible renunciar, del mismo modo que se hizo con los negros en una triste época de la historia; o alejándose con el rabo entre las piernas, cual perrillo pillado en falta, asimilando su culpa intrínseca, su pecado original de ser hombre y el hecho de que, por su sola presencia en el mundo, colaboraban a la opresión del colectivo que luchaba valientemente contra el heteropatriarcado, cubierto de subvenciones y prebendas del propio heteropatriarcado discriminador.
Algunos incluso defendieron su propia discriminación y expulsión de esas zonas alegando, en algo parecido a la autocrítica comunista, que el hombre era tan heteropatriarcal que hasta quería apoderarse de la bandera de la liberación de la mujer para llevarse el protagonismo y que en esta lucha era lógico que los relegaran. Sólo les faltaba pedir perdón por ayudar. En esta guerra contra el heteropatriarcado, los hombres han de tener cuidado de no ser más antiheteropatriarcales que sus compañeras, para no hacerles sombra, asumir su condición intrínseca de opresores y dejarse discriminar por ello.
Para conseguir que exista una violencia del hombre hacia la mujer sólo por ser mujer, la violencia de género, especialmente difícil de creer en los países desarrollados y con legislaciones igualitarias en todos los ámbitos, e incluso conseguir que se lo crean lo propios perjudicados, hay que poner en marcha cinco mentiras sociales:
Magnificar la muerte de mujeres a manos de hombres.
Negar la existencia de mujeres violentas y asesinas o justificar sus acciones.
Eliminar del conocimiento social otros tipos de violencias y muertes. Las victimas varones, niños y muy especialmente ancianos, se eliminan o manipulan en función de que puedan adaptarse a los intereses de la violencia de género.
Afirmar, eludiendo estudios sobre las causas reales de la violencia y las muertes, que todas ellas son por machismo, por la prepotencia del colectivo masculino sobre las mujeres y así perpetuarla por no hacer nada efectivo contra las verdaderas causas.
Ampliar hasta el infinito las denuncias por violencia real o instrumental por ampliación del concepto de violencia (cualquier cosa es violencia), ampliación de los campos de víctimas (menores) y por el fomento de la denuncia a través de prebendas asociadas a su realización.
Negar, en definitiva, toda la realidad del emperador desnudo para conseguir que la inexistente tela brille con luz propia.
La primera mentira social consiste en magnificar la muerte de mujeres a manos de hombres para que realmente parezca una lacra que produce tal alarma social que toda medida que se aplique sea bienvenida. Campañas desproporcionadas, dinero a raudales, criminalización y vulneración de derechos fundamentales, adoctrinamiento de los menores… líneas rojas que serían difíciles de vender a una sociedad democrática si no es mediante el engaño. Esta hipertrofia, por todos los medios, de las muertes de mujeres por su género (pese a que todo señala que en todo caso sería por su sexo) va muy unida a la eliminación de toda causa que no sea la violencia sin explicación del hombre hacia la mujer, por ser mujer. Naturalmente, la más mínima capacidad de análisis y el simple sentido común, tiran por tierra semejante pretensión de causalidad. Por ello, por su amplitud y su dificultad de mantener, en este engaño participan, de una forma u otra, todos los colectivos y medios que se benefician de ello.
Analicemos la realidad española. En una población de más de 45.000.000 de personas, una media de 60 mujeres asesinadas al año por sus parejas (las cifras oscilan entre 49 y 74 dependiendo de variables muy diversas que en nada tienen que ver con las campañas y las ingentes inversiones públicas), siendo lamentable, no supone ningún motivo de alarma: sólo las cifras de suicidios, con una media de más de 3.500 muertes al año, es bastante más alarmante y merecería más inversiones públicas para tratar de reducir esa cifra si se valorara el problema por los costes en vidas humanas. Pero, en el caso del género, no interesan las vidas, sino la utilidad de las muertes.
Comparada con la cifra de otros países, España es una de las poblaciones con menos crímenes de mujeres a manos de hombres de la UE. Nuestra tasa media de uxoricidios es de 2,6 por millón de mujeres en tanto en países como Austria o Finlandia se alcanza la cifra de 9 ó 10 por millón de mujeres. Estamos en los puestos de cola, con países como Mónaco o Andorra. También son, afortunadamente para España, muy inferiores a la mayoría de los países sudamericanos.
Es decir, que no es alarmante en absoluto a efectos de tasas comparativas. Si bien, una muerte debe ser suficiente para tratar de evitarla si es posible, lo cierto es que la sociedad española no es en absoluto violenta, ni los hombres matan sistemáticamente a las mujeres. Si se analiza la cifra de una media de 60 mujeres asesinadas en una población de 23.000.000 de mujeres, se llega a la conclusión de que no estamos muy lejos de la «tasa de inevitabilidad». En todas las estadísticas de fallecidos por causas ajenas a la biológica en poblaciones extensas, existe una «tasa de inevitabilidad» que es imposible erradicar por mucho dinero público que se invierta.
Veamos, para entenderlo, el caso de los accidentes: ante una estadística de 10.000 muertos anuales en accidentes, lo primero sería estudiar las causas de tan alto índice, las razones, caso por caso, que han originado el accidente para tratar de solventarlas. Detectadas las razones (tramos de carretera peligrosos, alcohol y drogas, ausencia de medidas de sujeción y protección, cansancio, apnea de sueño…) se realizarían acciones efectivas contra ellas: eliminación de tramos con alta accidentalidad, mejora de carreteras, campañas de protección (cinturones, airbag…), campañas contra la conducción en estado de embriaguez o drogas, consejos para el descanso en la conducción…
De esa forma, el número de víctimas se podría reducir hasta un mínimo que, desgraciadamente, nunca será cero, porque en una población amplia siempre existe la decisión individual de actuar con irresponsabilidad, los errores humanos fatales en la conducción, incluso un infarto en pleno viaje. Esa es la «tasa de inevitabilidad». En un estudio francés sobre la casuística de muertes de mujeres a manos de sus parejas, y tras analizar las causas del homicidio, la inmensa mayoría se explicaban por peleas, consumo de drogas y alcohol, y enfermedades mentales del agresor. Sólo un pequeño porcentaje presentaba otras causas. En más de un tercio de los casos, el homicida se suicida o lo intenta, cifras estas últimas, coincidentes con los casos en España, lo que evidencia un estado de desesperación o locura transitoria del agresor. En el caso de la muerte de mujeres a manos de sus parejas en España, lo primero que sorprende es que la causa se determine a priori: el patriarcado, esa situación de opresión en que la sociedad coloca a la mujer, por la cual el varón cree que es su posesión y, como dueño absoluto, decide matarla.
Semejante detección de causas, acientífica e ideológica, sería como si la Dirección General de Tráfico decidiera, a priori, que todos los accidentes son producidos por la idiotez congénita de los conductores. Si hay un accidente por infarto del conductor, como es culpable por idiota, se le mete a la cárcel en vez de curarle el infarto. Y, naturalmente, ni un arreglo de carreteras, ni campañas para el uso de cinturones de seguridad… Con semejante despropósito, las cifras de siniestralidad no bajarían jamás. En España, las cifras de feminicidios tampoco bajan, pese a unas inversiones increíbles de fondos públicos y unas campañas estúpidas destinadas a erradicar una causa casi inexistente. Nada se hace en caso de drogas, problemas mentales, personalidades violentas por causas diversas, convivencias problemáticas…
Antes de la famosa y vergonzante LIVG, donde se instaura legal y punitivamente que la única causa de crimen y violencia contra la mujer es el machismo, la cifra de uxoricidios era una media de 49 en una población de casi 23.000.000 de mujeres, probablemente tan cerca de la tasa de inevitabilidad que, aunque se hicieran grandes esfuerzos, quizá fuera complicado bajarla por simple imposibilidad de controlar imponderables. Aun así, habría que hacer el esfuerzo. Pero un esfuerzo de verdad. No lo que se hace desde la ideología de género.
Tras la LIVG, la tasa subió a 60 de media anual. Y subió, probablemente y según dicen los abogados, por venganzas de hombres desesperados tras ser despojados de casa, hijos trabajo y dignidad. Las vividoras del género lo saben. Cada muerte es más dinero para ellas. La sangre de esas desdichadas les da derecho a exigir más fondos y a criminalizar más al varón. Que no les toquen una ley tan útil.
Como la única causa de homicidio de mujeres por parte de sus compañeros sentimentales es por machismo y dominio del patriarcado y no hay que buscar otras, llevamos mucho tiempo con esa media de 60 muertas al año. Y seguiremos así al margen de las inversiones públicas en erradicar inexistentes causas en campañas que, tras miles de millones de euros, no han salvado ni a una mujer. Y sin embargo, han creado y engrasado infinidad de redes clientelares dedicadas a «hacer caja» con el dinero público, a hacer de «caja de resonancia» de los crímenes de mujeres y de «agujero negro» del resto de los crímenes domésticos.
Si volvemos a la magnificación y la amplificación de los uxoricidios (muertes de mujeres a manos de sus maridos) vemos que para conseguir una alarma social que genere una respuesta adecuada ante legislaciones ilegales, se necesita que la gente tenga la sensación de catástrofe. Para conseguirlo se ponen en marcha los mecanismos de manipulación de masas de creación de un problema y propuesta de solución. Pese a la igualdad legal y la baja tasa de muertes, los lobbies feministas ya comenzaban a plantearse antes de 2004 una legislación completamente innecesaria para una violencia de cifras no alarmantes pero que cumpliera las funciones que, luego se ha visto, ha cumplido a la perfección: criminalizar al varón, reducir sus derechos y crear una red clientelar de asociaciones y empleos que permitiera malversar enormes cantidades de dinero público con la disculpa del desorbitado número de muertes.
Para ello, tratan de basarse en diversos organismos de la ONU que justifican la discriminación positiva en los alarmantísimos casos en los que sea necesario únicamente para erradicar una situación de sometimiento estructural de la mujer donde la legislación la discrimina claramente, si bien, siempre añaden que ha de hacerse de forma provisional. Naturalmente, se interpreta que esas medidas tan extremas se van a producir en países no igualitarios pero, en realidad, mientras los países no igualitarios siguen en la misma situación, en los estados de derecho con la igualdad como norma esa recomendación sirve de disculpa para crear diferencias entre los sexos a favor de la mujer. Por otra parte, hay que señalar que de ninguna manera imponen semejantes discriminaciones positivas: sólo las «recomiendan» a los países que han «ratificado su adhesión», pero en el neolenguaje de los organismos defensores del género, recomendación, ratificación y adhesión son las palabras clave para poner en marcha nuevas fases de la agenda del género. En aquellos años, aún se trataba de guardar las apariencias con una manipulación social que impostara un estado de alarma. Ahora, con los lobbies fuertes en muchos países y la tela del género vendida ya a políticos sin principios que cobran por ello, militantes del género o dirigentes incapaces de enfrentar valores éticos al buenismo social y el neolenguaje, ya no es necesaria la pantomima pública de alarma social. Si en los parlamentos o centros de decisión o capacidad legislativa hay mayoría sumando vendedores del género, incautos y mercenarios, como está sucediendo ya en diversos países, se introduce y vota al margen de la ciudadanía. Se apela a Europa, a la ONU, se ponen de ejemplo otros países que también tienen legislaciones parecidas y se cierra el debate. […]
La necesidad de ocultar la bidireccionalidad es tan perentoria que cualquier insinuación al respecto es acallada por una horda de vividores de la violencia de género, entre otras cosas, acusando de banalizar el maltrato y la muerte de mujeres con semejante pretensión de bidireccionalidad. La sombra de otras víctimas banaliza con su insignificante sufrimiento y muerte el sufrimiento y las muertes importantes: las que se pueden instrumentalizar. No se permite debate, ni datos. No se permite ni mencionarlo. Al fin y al cabo, la ingentísima inversión de fondos en la violencia de género y toda la industria asociada se fundamenta en esa falacia: que la mujer es siempre la víctima y el hombre siempre el maltratador machista. De hecho, en uno de los momentos álgidos de campañas contra la violencia machista y la insistencia en que se denuncie, la Guardia Civil publicó un cartel a través de twitter en el que aparecían las caras de un hombre y una mujer con el aséptico mensaje: TOLERANCIA CERO AL MALTRATO EN TODAS SUS VARIANTES. DENUNCIA. NO LLEVES LA PROCESIÓN POR DENTRO.
Sobre el rostro del hombre ponía: Cuando maltratas a una mujer dejas de ser un hombre. Ante el maltratador, tolerancia 0. Sobre el rostro de la mujer ponía: Cuando maltratas a un hombre dejas de ser una mujer. Ante la maltratadora, tolerancia 0. La Guardia Civil tuvo que pedir disculpas y retirar el cartel.
Porque, si la violencia del hombre hacia la mujer es machista… ¿cómo se llama la de la mujer contra el hombre?
En esta magnificación de datos y de noticias, y en la negativa a detectar las causas de los asesinatos, hay que destacar los códigos deontológicos de los medios de comunicación sobre el tratamiento informativo de la violencia de género, completamente dedicados a llevar a cabo las manipulaciones denunciadas por Straus mediante un doble lenguaje en el que tratan de hacer creer que todo es por el bien de la causa. Como en el caso de los palmeros del género, existen dos tipos: los medios totalmente afines a la ideología de género, que colaboran con plena conciencia en la manipulación, y otros medios y sus reporteros, desconocedores de la existencia de estas auténticas confabulaciones ético-lingüísticas e informativas. Estos últimos colaboran amplificando formas de acción y terminología por imitación, o se unen al neolenguaje y el tratamiento especial de la violencia de género porque eso les garantiza acceso al dinero público, gracias a legislaciones que ofrecen subvenciones si se trata el tema según los parámetros que analizamos a continuación.
Por poner un ejemplo, veamos cómo en el «Decálogo Deontológico sobre el Tratamiento de la Violencia de Género» del diario Público aparecen estos esclarecedores epígrafes:
«Usaremos los términos “violencia de género”, “violencia machista”, “violencia sexista” y “violencia masculina contra las mujeres”, por este orden. Rechazamos las expresiones “violencia doméstica”, “violencia de pareja” y “violencia familiar”.
Una vez haya sentencia condenatoria, los identificaremos debidamente, destacaremos el castigo e intentaremos incluirlo en los titulares.
Nunca buscaremos justificaciones o “motivos” (alcohol, drogas, discusiones…). La causa de la violencia de género es el control y el dominio que determinados hombres ejercen contra sus compañeras.
Nunca recogeremos opiniones positivas sobre el agresor o la pareja».
Otro caso que da luz sobre todo lo que sucede en la manipulación informativa es el «Decálogo de recomendaciones a los medios de Comunicación para el tratamiento de la violencia contra las mujeres» del Instituto Andaluz de la Mujer:
Es importante presentar cada agresión, cada asesinato, no como un caso aislado sino como parte de la violencia generalizada contra las mujeres. Es importante realizar un seguimiento de los casos publicados…
Es importante presentar los malos tratos como crímenes o asesinatos y no como un hecho pasional.
Es importante publicar los datos de los agresores evitando que el anonimato asegure su impunidad.
Dentro de un contexto menos ideológico pero con notables errores de ecuanimidad, encontramos en el decálogo de RTVE frases de este tipo:
…determinadas informaciones sobre desavenencias conyugales pueden ser erróneamente interpretadas e inducir a pensar que los malos tratos pueden ser consecuencia lógica de una situación de deterioro. Por el contrario, subrayar las buenas relaciones de la pareja es un argumento que podría avalar la hipótesis del arrebato pasional.
Utilizar adjetivos como “celoso” o “bebedor” para definir al agresor nos acercan a la exculpación.
Otra sugerencia es aportar material de apoyo, que permita contextualizar la información, así como buscar ramificaciones del problema: salidas, nuevos proyectos, campañas, etc.
Viendo el decálogo de comportamiento deontológico de los medios en el caso de la «violencia de género» se comprenden la «lluvia fina» y continua de noticias, la persecución y muerte civil del agresor, hasta publicar sus datos «para evitar el anonimato que asegura su impunidad» (como si no hubiera una justicia penal por el crimen), la razón de la inexistencia de datos sobre las causas reales para evitar que la gente ponga en duda la violencia de género contra la mujer por el hecho de serlo, la eliminación de atenuantes en el caso del varón, incluso el arrebato de locura o una situación de deterioro de la convivencia y la inclusión de cada caso particular en una agresión generalizada del varón contra la mujer. Todas estas colaboraciones a la creación y magnificación de la violencia de género son generosamente pagadas con dinero público pues las poderosas y multimillonarias campañas institucionales sobre el «016», el «denuncia», el «hay salida», el «no a la violencia de género»… son adjudicadas a los medios que se prestan al juego. Porque, naturalmente, la concesión de campañas públicas va a venir determinada por la «docilidad de los medios» a los objetivos del género, es decir, por la existencia y cumplimiento de este tipo de códigos deontológicos.
Todo esto lo amparan y recomiendan nuestros gobernantes, lo imponen nuestros legisladores y lo ejecutan nuestros imparciales medios de comunicación. Si no hay situación de opresión estructural del hombre contra la mujer, se crea. Si el hombre tiene atenuantes, se eliminan… ya ven cómo. El hombre ha de ser un monstruo de machismo que agrede y mata por su propia condición de prepotencia heteropatriarcal. No hay hombres enfermos mentales, drogadictos, alcohólicos o malvados de forma individual y si los hay, no se menciona para no dar pie a creer que actúan por algo diferente a su odiosa naturaleza y a ese ente suprasocial, el machismo heteropatriarcal, que los mueve al crimen.
Todos esos atenuantes que se le niegan al varón y que son consustanciales a la naturaleza humana al margen del sexo, son los que los medios se apresuran a aplicar a cualquier acto violento de las mujeres. Cuando una mujer mata, y lo hace porque le mueven las mismas pulsiones, enfermedades mentales, adicciones o maldad que al hombre, inmediatamente los medios tienen la orden de justificarlo: depresión, locura, enfermedad…
Las mujeres matan en una proporción comprobada de unos dos tercios de los asesinatos masculinos sobre mujeres. Mientras la muerte de hombres a manos de sus parejas femeninas se reflejó en las estadísticas del Ministerio del Interior, en el caso de España presentaba una media de 42 hombres muertos al año (años 1997-2006). A partir del año 2007 sólo hay cifras oficiales del Servicio de Inspección del Consejo General de Poder Judicial (CGPJ) con una asombrosa disminución a una media de 26 esos dos años. El 2009 sólo aparecen las cifras del Observatorio del CGPJ con una increíble media muy inferior de hombres muertos a manos de sus mujeres (media de 8 anuales en el periodo 2007-2009). En 2012 deja de hacerse seguimiento y ya no hay muertes de hombres a manos de sus mujeres de forma oficial, si bien las cifras continúan siendo semejantes y las garantizan asociaciones civiles sensibilizadas con esta ocultación, que van testificando muerte por muerte desde las fuentes de los medios de comunicación locales, únicas informaciones que se dan de tan indeseables evidencias de la violencia femenina.
Hay que preguntarse por las causas de que se haga desparecer de las estadísticas del INE un dato tan relevante como las muertes de hombres a manos de sus parejas femeninas. ¿Se les ocurre alguna respuesta? Lo que sí que he podido constatar es que la mayoría de la población desconoce que las mujeres matan a sus parejas masculinas gracias a esta progresiva ocultación, hasta el punto de que hay personas que niegan esa evidencia en la convicción de que las mujeres no son ni violentas, ni asesinas, y se fundamentan en la citada sustracción de datos de las estadísticas oficiales.
Las bondadosas mujeres matan a sus hijos en una proporción media de 66% frente al 33% de los asesinatos llevados a cabo por sus progenitores masculinos. Otro dato del que no se habla. En las estadísticas de algunos organismos no se contabilizan los menores muertos a manos de sus madres, cifra siempre muy superior a las víctimas del padre. Hay quien los llama «angelitos negros» por su inexplicable olvido y desaparición de los datos. No se habla de ellos pero cuando se habla es para buscar las causas últimas de ese crimen y justificarlo con todos los atenuantes que se niegan al hombre: depresión, esquizofrenia, drogas, pérdida de juicio… En el caso que la mujer termine suicidándose tras el asesinato de sus hijos, lo que evidencia, como en el caso del varón en la misma circunstancia, que muy probablemente era víctima de una angustia extrema, una locura transitoria, una enfermedad mental… se ha aplicado la figura de «suicidio ampliado» e incluso algunos «expertos» han hablado de «acto de amor extremo», de forma que el asesinato de los menores a su cargo se explica como «la solución al problema de no dejarlos solos cuando termine con su vida». […]
Antes de la aparición de la LIVG se cuantificaba el estado civil del suicidado y una de ellas era «en proceso de divorcio». El dato desapareció de las estadísticas oficiales del INE de forma que en este momento sólo se sospecha el enorme incremento de suicidios que esta ley ha producido y de cuyo drama se tienen muchos casos concretos. ¿Es posible que sea una casualidad?
¿Qué pasaría si se pusiera en evidencia que hay una cifra inadmisible de muertes que se evitarían con solo derogar una ley innecesaria, ineficaz e injusta?
El proceso de eliminación del hombre como portador de la masculinidad se va dibujando con matemática precisión. La destrucción de su dignidad, su transformación, mediante engaños, en un ser salvajemente despótico y violento abre paso a la destrucción de la familia, de los menores e incluso a su propia destrucción física.
Demasiados muertos invisibles, demasiadas preguntas sin respuesta para mantener una infamia. Una infamia que da mucho, muchísimo dinero: la violencia de género, una de las cabezas de esa hidra asesina que es la ideología de género.
Vamos a analizar la Ley Orgánica Integral contra la Violencia de Género aportando datos extraídos únicamente de organismos oficiales, al igual que los de este capítulo.”
Lo veremos en el próximo artículo.