Por Javier Pardo de Santayana

( Cánovas del Castillo nº 6, con los dragones y atlantes que soportan los balcones, obra modernista del maestro Modesto Coloma, bisabuelo del autor de este artículo)
Un comentario del administrador de este blog – un algo así como “merecería un buen artículo” – me induce a escribir estas sencillas líneas. Se trata de hacer llegar a mi improbable lector algunos datos que me vinculan con Valladolid y justifican un fichaje que ya ha fructificado en más de mil doscientos artículos.
En algunos de los primeros que escribí ya presenté recuerdos de mi niñez, como los que conservo, por ejemplo, del colegio de las Teresianas, que me tenían especial predilección, o de los jardines del Poniente, con sus fascinantes figuras de Pipo y Pipa, pero hoy se trataría de hacer una referencia aún más explícita a la vinculación de mi familia con la ciudad que concedió su nombre a nuestro blog.
De entrada, por si el citado lector lo desconoce, allí nacieron mi padre y todos mis hermanos, y allí vivimos durante la guerra; de allí provienen los primeros recuerdos de mi vida, incluido el del 18 de julio de 1936, cuando mi madre me retiró de la ventana a la que me acerqué al oír los “pacos”, es decir los primeros disparos. Tenía entonces tres años de existencia, pero de aquellos días recuerdo muchas cosas.
Sin embargo, los asuntos que me llevan a escribir ahora van más allá de mis recuerdos infantiles y entran en el terreno de los antecedentes familiares. Repasando papeles antiguos de mi padre he rememorado ahora, por ejemplo, que uno de sus abuelos – del que proviene mi apellido paterno – fue alcalde de Valladolid a finales del siglo XIX. Y aquí encuentro la anécdota: que habiendo promovido entonces la ampliación y mejora de una de las joyas de la ciudad, el Campo Grande, hizo que su inauguración coincidiera con el nacimiento de su primer nieto, que además heredaría el nombre de Ramón. Visto lo cual indago en Google y compruebo que don Ramón fue alcalde por dos veces, y que esto que relato sucedió en su segundo mandato, pues mi padre nació el 95. También observo, como detalle interesante, que en su primera vez sucedió a Miguel Iscar, que para mí siempre ha tenido nombre de calle vallisoletana. Y que se le conoció como “gamacista”
Otra vinculación me viene de uno de mis bisabuelos, y en este caso también google ha venido a ilustrarme sobre mi familia. Sabía que había construido varios edificios vallisoletanos, pero no se me había transmitido la impresión de que fueran especialmente interesantes. Y, sin embargo, mire usted por dónde, indagando en el ordenador – bendito sea – acabé descubriendo que no sólo dejó huella sino que marcó una escuela interesante, tanto que mereció que en este mismo blog de los Foramontanos nuestro administrador le dedicara una buena parte de un artículo aun desconociendo que se refería al pariente de uno de sus colaboradores.
Se trataba en este caso de D. Modesto Quevedo Palenzuela, quien como innovador arquitectónico ha merecido la atención de los expertos. Este es el caso de Javier Dominguez Burrieza y su trabajo titulado “Medio siglo de arquitectura en Valladolid (1875-19252)”, glosado también por nuestro administrador y compañero de aventuras José María Arévalo en uno de sus documentados artículos de fondo en que se ocupa de temas vallisoletanos, subrayando que “fue en su día un factor clave para la configuración de la imagen arquitectónica de Valladolid en nuestros días, sobre todo en sus calles más significativas como Cánovas del Castillo, Miguel Iscar, Gamazo o López Gómez. También subraya sus tendencias modernistas. Suyo fue el único modelo de claro modernismo catalán aquí existente, lo que resulta sorprendente porque se trata de un artista palentino.
A lo que añado otro dato curioso recogido de unos apuntes de mi padre, quien comenta que, habiéndose quedado huérfano de padre don Modesto a los tres años, y habiéndose confiado su fortuna a un tutor como era propio de aquel tiempo, la mala gestión de éste evitó que aquél pudiera concluir en Madrid su carrera de arquitecto, lo que no obstó para que en su condición de maestro trabajara con tal acierto y tan intensamente que dejó huella indeleble de su conocimiento y su destreza.