El patinete ha vuelto

Por Javier Pardo de Santayana

(Patinete eléctrico. Acuarela de Ramón Curto en ramon-curto-sketchcrawl.blogspot.com)

Muchas son las sorpresas con que nos venimos asombrando en los últimos tiempos hasta el punto de quedar en una situación de desconcierto. En el artículo anterior tuve ocasión de referirme al producido por la irrupción de un virus insidioso, pero no haría falta recurrir a mencionarlo para percibir el estado mental de una ciudadanía que nos tiene ya perfectamente acostumbrados a recibir sorpresas increíbles. Sorpresas que asimilamos con la mayor facilidad como normales y ante las cuales incluso renunciamos a plantearnos cómo es posible admitirlas por las buenas sin siquiera mostrar nuestra capacidad de crítica.

Se diría que nuestros jóvenes de ahora, acostumbrados a vivir en permanente cambio, tiraron definitivamente la toalla y ya ni siquiera se plantean el por qué y de quién partió el invento o la ocurrencia, y no digamos cómo se resolvió llevarlo a cabo. Simplemente está como si hubiera estado ahí toda la vida, y además parece que funciona, así que el hombre de hoy – que considera que cualquier cachivache está llamado a funcionar – estimará evidente que si no hubiera funcionado habría sido suprimido ya de entrada.

Así que nadie duda que todo debe encontrarse a nuestro alcance. Y cualquier niño supone  que el hombre puede ir a la luna cuando quiera puesto que se trata de  algo sucedido, así que cuando vuelva ya no será noticia. Recuerden que la cabalgada de un artefacto manufacturado por el hombre sobre los lomos de un cometa pasaría casi inadvertida, y a muy pocos ciudadanos interesa el que estemos a punto de alcanzar las cercanías del sol y contemplar sus polos, como dejó también de ser noticia que con motivo de la irrupción de un virus insidioso se adelantase el ritmo de los tiempos y nos decidiéramos a dar clases virtuales incluso a los niños de primaria, hoy ya perfectamente acostumbrados a una posibilidad que sólo hace unos años se diría imposible de implantar en un sistema educativo. Un sistema aplicable también hasta a un consejo de ministros o a un coro de voces entonadas: algo que ya ha pasado a ser considerado algo factible y efectivo en un ambiente en el que nadie se sorprende de que su motor no meta ruido o de que el propio coche nos avise cada vez que se acerca demasiado a otro vecino. O de ver que ya no es imposible el aparcar correctamente  sin la intervención del conductor.

¿Quién ya con cierta edad no fue operado sin que le abrieran la barriga, esto es, practicando tres diminutos agujeros o, como me ocurrió a mí mismo hace unos días, accediendo por la boca hasta la propia vesícula biliar? Cosa que ahora es casi ya rutina. pero de la que muy pocos mostrarán su asombro.

Así que, de forma casi natural, los jóvenes de ahora, nacidos en una sociedad en la que prima la exigencia – y de no ser ésta satisfecha, la protesta – suponen natural cualquier invento que responda a una necesidad o conveniencia, pues una y otra son de por sí motivos suficientes para dar por seguro que a estas alturas de la historia alguien se habrá ocupado del asunto y habrá arbitrado alguna solución eficaz sin más problema.

Sin embargo, en una situación como ésta, cuando parecería obligado el abandono de unos medios antiguos considerados ya como obsoletos trastos viejos – recuerden ustedes, por ejemplo, la desaparición de la diligencia, el palanquín, la jardinera o la carreta – resulta sorprendente constatar el esplendoroso regreso de las bicicletas. Y aun esto podría comprenderse por el indudable tirón del Tour de Francia. Lo que no tiene explicación en cuanto a su supervivencia es el retorno de los “patinetes”.

Sí; de aquellos entrañables patinetes de antaño: los  de nuestros padres y nuestros abuelos, hoy elevados de rango y condición hasta el extremo de imponer en las urbes el establecimiento de una normativa propia que asegure su coexistencia con los más modernos vehículos del ramo. Algo que sin embargo aceptaremos por muy estrambótico que suene, ya que, efectivamente, tan elementales artefactos están hoy en condiciones de causar incluso víctimas de tráfico.

Porque imagine usted, improbable lector mío, que su señora madre hubiera muerto atropellada por causa de uno de ellos – hecho efectivamente sucedido a otras personas – y usted se viera en el curioso trance de admitir que fue la víctima de un suceso ridículo.

 

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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