Noticias del Japón

Por Javier Pardo de Santayana

(Japón levanta el estado de emergencia)

Sigo una interesante entrevista de la Trece. El entrevistador es uno de los más activos de los programas religiosos, pero este programa corresponde a una hora bastante más temprana que la habitual de aquéllos. Para mí era ya persona conocida como lo debe ser para muchas monjitas misioneras que siempre valoran su cariñosa presencia en los países africanos.

En esta ocasión se trata de entrevistar a un sacerdote igualmente misionero, pero no en Mozambique o en el Congo, sino en Japón, donde ha permanecido durante veinte años. El sacerdote es un hombre al parecer fornido y vigoroso pero templado en su expresión oral: un hombre culto de expresión fluida y que transmite la solidez intelectual de una persona con criterio. Nadie diría que procede de un ambiente exótico y de un ambiente inusual para nosotros. Es más, echo de menos haberle visto conversar con alguno de sus parroquianos, pues siendo joven intenté aprender por mi cuenta el idioma que él de seguro ya domina, y me habría gustado ver por vez primera cómo suena en la voz de un compatriota mío.

Pues bien, nuestro hombre tendría la ocasión de presentarnos el país en el que ya ha pasado cuatro lustros para, a las instancias del entrevistador, contrastar la personalidad de quienes fueron sus feligreses con la de sus compatriotas españoles: algo que para mí fue sumamente interesante, ya que de ahí pasaría a comparar las actitudes propias de los japoneses con las que nosotros exhibimos ante la actual pandemia.

Y la respuesta es que la diferencia entre unos y otros tiene un origen que es claramente educativo. Sabido es que en esta misma tesitura del coronavirus los japoneses salieron bastante bien parados – según parece considerablemente mejor que nosotros, españoles – así que el entrevistador se centraría en indagar los motivos para esa diferencia.

De entrada, las relaciones sociales establecidas en el seno de la sociedad española no pueden compararse con las habituales en aquellas islas del Pacífico, cuyos habitantes son sumamente fríos en los aspectos sociales del problema. A nadie se le ocurre allí dar besos a nadie ni, por supuesto,, abrazar al amigo si es que existe: esos detalles tan frecuentes sin embargo, en nuestro entorno. Y esta especie de muestra de respeto al prójimo que tiene el japonés, para nosotros excesiva, se extiende entre sus compatriotas a todo lo que sea autoridad hasta tal punto que no hace ni siquiera necesarios los procedimientos coactivos a la hora de obligar al cumplimiento de las leyes. Quiero decir con esto que cuando se dan normas respecto a la forma de comportarse en la calle – por ejemplo, para evitar contagios – la policía no impondrá como se suele hacer aquí, una multa. Es más, según pude entender, la imposición de multas ni tan siquiera está prevista en la constitución nipona.

Y la razón es que, ya para empezar, el japonés se sentiría avergonzado de su falta, mientras que el español, como otros muchos europeos, intentaría encontrar razones para llevar la contraria al policía o saltarse la ley establecida. Pura cuestión de educación que, según el misionero, procede de la influencia de Confucio y sienta una base de respeto a ultranza a la vez que de libertad que ni siquiera es discutida. Imagine usted en consecuencia las facilidades ambientales que encontró el gobierno de aquel país asiático a la hora de contener la expansión de la pandemia, y compárelas con la resistencia ofrecida por nuestros conciudadanos a que les organice alguien la vida.

Así que allá en Japón, aunque, según me pareció entender, no se realizaron las famosas pruebas, pudieron controlar como un reloj las normas establecidas, que en nuestro caso cambiaron cada día, y en el suyo, según parece demostrado, fueron más eficaces que las nuestras.

He de decir que el misionero entrevistado no rehuyó las naturales críticas hacia nuestras acciones y reacciones, a las que, según pude entender, pasaría a referirse en términos de incapacidad y desacierto de una generación de gobernantes, término que podría extenderse más allá de las fronteras. Pero en el caso de que usted haya supuesto que nuestro misionero aprovecharía la ocasión para, como suele hacer la gente en circunstancias parecidas, mostrarse pesimista en relación con el futuro, recalcaré que, no sé si movido por la ilusión del retorno a la lejana patria o por conocer bien ambos países, transmitiría a los televidentes un expresivo rayo de esperanza haciendo una declaración  de fe en nuestras cualidades y virtudes.

 

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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