Por Javier Pardo de Santayana

(Monumento al Mestizaje, en Churubusco, Ciudad de México.)
Los nuevos ramalazos de la Leyenda Negra contra España me han llevado a consultar una publicación sumamente interesante que poseo: “La Historia de la conquista de México” de Antonio de Solís y Rivadeneyra, secretario de su majestad y cronista mayor de las Indias, publicado en 1704 y editado en nuestros días en forma de facsímil por el Servicio Histórico Militar.
Mi intención es, naturalmente, reflejar en Foramontanos el estilo con que solían comportarse los conquistadores españoles y en este caso Hernán Cortés. De las muchas ocasiones en las que la crónica recoge gestos y palabras del conquistador de Méjico me he limitado a reseñar – respetando literalmente las palabras mismas – un acontecimiento tan significativo como su visita a Moctezuma en el palacio del emperador azteca.
El relato es sumamente detallista a la hora de reflejar las actitudes y expresiones de ambos en aquel momento clave de la Historia que el cronista encabeza literalmente con la frase “Visita Cortés à Motezuma en su Palacio, cuya grandeza, y aparato se describe: y se da noticia de lo que passó en esta Conferencia, y en otras que se tuvieron después sobre la Religión”
Para empezar conviene señalar que se trataba de una audiencia solicitada por Cortés y que aceptó el emperador en su palacio. Un acontecimiento al que Cortés asistiría acompañado por cuatro capitanes – entre ellos el conocido Pedro de Alvarado – y unos pocos soldados, ”seis o siete”, como escolta, incluido Bernal Díaz del Castillo, conocido por su famosa “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”.
Pues bien, tras de la descripción con gran detalle del imponente palacio y de la ceremonia de acogida, vendría una segunda de la que tendría lugar al entrar en la cámara imperial en que el Emperador les esperaba junto a un conjunto de próceres y magistrados, y con ello el relato de la recepción recibida por los españoles, que por cierto se mantenían armados. Todo lo cual quedaría reflejado en nuestra historia con increíble lujo de detalles, incluidos los hechos, situaciones y palabras intercambiados por los dos protagonistas de la historia a lo largo una conversación especialmente interesante. Lo que les transcribo ahora está recogido de la crónica tal como en ella aparece; sin modificación ortográfica siquiera:
“Estava Motezuma en pie, con todas sus Insignias Reales, y dio algunos passos para recibir a Cortés; poniéndole al llegar los brazos sobre sobre los ombros: agasajò después con el semblante a los Españoles, que le acompañaban; y tomando su aliento, mandò sentar a Cortès y à todos los demás, sin dejar acción para que replicasen. La visita fue larga y de conversación familiar.”
De lo que se dijeron uno y otro tan sólo referiré algún detalle significativo, como que el Emperador “se congratuló muy particularmente de que se hubiese cumplido en su tiempo la Profecía de los Estrangeros, que tantos siglos antes avian sido prometidos a sus Mayores” .
Y seria en este punto cuando Hernán Cortés “le puso con destreza en la platica de la Religión, tocando, entre las demás noticias, que le daba de su Nación, los Ritos, y Costumbres de los Christianos, para que le hiziessen disonancia los vicios, y abominaciones de su Idolatria: con cuya ocasión exclamò contra los Sacrificios de sangre humana, y contra el horror aborrecible a la Naturaleza con que se comian los hombres, que sacrificaban: bestialidad muy introducida en aquella corte…”
Añade el cronista que “no fue del todo inutil esta Session, porque Moctezuma, sintiendo en algo la fuerza de la razón, desterro de su Mesa los platos de carne humana; pero no se atrevio à prohibir de una vez este manjar à sus Vasallos, ni se dio por vencido en el punto de los Sacrificios: antes dezia, que no era crueldad ofrecer a sus Dioses unos Prisioneros de Guerra que venian ya condenados a muerte…” “…Dio pocas esperanzas de reducirle aunque procuraron varias vezes Hernan Cortès y el Padre Fray Bartolomé de Olmedo traerle al camino de la verdad. Tenía entendimiento para conocer algunas Ventajas en la Religión Catholica y para no desconocer en todo los abusos de la suya; pero se bolvia luego al tema de que sus Dioses eran buenos en aquella Tierra como el de los Christianos en su distrito, y se hacía fuerza para no enòjarse cuando le apretaban los argumentos porque no desea“
No me extenderé en más detalles y acontecimientos de la historia; sólo diré que, habiendo recibido permiso de algunos ancianos sacerdotes para entrar en el Gran Templo, nuestro conquistador “dexandose llevar del zelo que ardia en su corazon, dijo al Emperador “Permitidme, Señor, fixar una Cruz de Christo delante de esas Imágenes del Demonio, y veréis si merecen adoración, o menosprecio. Lo cual enfureció a los asistentes e hizo que Montezuma respondiera: Pudierais conceder a este lugar las atenciones, por lo menos, que dais a mi persona.” A lo que, ya más calmado, añadiría:“Bien podéis, amigos bolveros a vuestro Aloxamiento; yo me quedo aquí a pedir perdón a mis Dioses de lo mucho que he sufrido”.
Pero con todo, Cortés obtendría el envío de unos “alarifes”, es decir, maestros de obras, para la construcción de un templo a sus costas como le solicitó Cortés, así como el reconocimiento del culto público de los cristianos. Así se construiría – según cuenta el cronista – una capilla ornada com una Cruz grande y una imagen de Nuestra Señora “donde se celebrava Missa todos lo días, se rezaba el Rosario y hazian otros actos de piedad y devoción: asistiendo algunas vezes Motezuma con los Principes y Ministros, que andaban a su lado: entre los cuales se alabava mucho la mansedumbre de aquellos Sacrificios, sin conocer la inhumanidad y malicia de los suyos. Gente ciega y supersticiosa que palpara las tinieblas y se defendía de la razón con la costumbre”.
Así eran aquellos españoles que, según esa Leyenda Negra que ahora vuelve de nuevo, estaban obsesionados por el oro, a diferencia de los colonos procedentes de Inglaterra que buscaban solamente a Dios. Por lo que se ve, resulta muy barato hacer un juego de palabras con el “God” de los británicos y el “gold” de los perversos españoles.