Caramba con la normalidad

Por Javier Pardo de Santayana

(Plaza Mayor de Segovia en Fase 1. Acuarela de Ángel Contreras en Facebook)

Nueva normalidad nos dicen, como para que nos la tomemos con tranquilidad. Y como nos tragamos todo lo que nos dicen por la televisión, nosotros, pobres tontos, tendemos a repetirlo como si se tratara de algo correcto y respetable. Pero ¿cómo que lo que nos viene – aquello en lo que, por la visto estamos ya metidos – es una “normalidad” adjetivada? Porque lo que transmite esa palabra es una idea de estabilidad, y sin embargo nada hay menos estable que la situación que ahora sufrimos.

En efecto, desde el actual gobierno hasta los empresarios – y no digamos Cáritas – intentarán cambiarla cuanto antes puesto que se considera una desgracia, ya que aparte de anular los avances económicos esforzadamente alcanzados a lo largo de un buen número de años, acaba de mandar al paro a no sé cuantos cientos de miles de españoles. Pero además tenemos ya a los nuevos comunistas al acecho para aprovechar la ocasión y hacernos regresar al siglo veinte.

No entraré más en consideraciones sociales o económicas para añadir razones convincentes que hagan ver cómo la expresión “nueva normalidad” no puede responder sino a un intento de edulcorar la situación citada, sino que me limitaré a subrayar que es totalmente inadecuada desde la humilde condición del ciudadano.

Por ejemplo, en esta nueva situación nos vamos a seguir topando diariamente con la engorrosa mascarilla o quizá mejor bozal, lo cual quiere decir que los que usamos gafas tendremos que intentar ver a través de la niebla producida por una respiración inevitable. Y la solución, según nos dicen, consistirá en frotar el cristal de los anteojos con un trozo de jabón para limpiarlo luego con un paño. O sea, una paliza y además un peligro para quienes conducen. Luego está lo de la nariz, porque hay narices de muchas formas y tamaños luchando con el borde de la máscara. Y las gomas, que se rompen  si se estiran.

¿Y que me dicen de los guantes que se suponen protectores y nos reparten al entrar en los comercios? Por mi parte confieso que me es imposible calzarlos sin ayuda, porque se pegan los dos lados de su embocadura y es materialmente imposible introducir la mano. Desde luego, la imagen del intento es lamentable por no decir ridícula.

Otro lío es el de los zapatos, que de vez en cuando nos enseñan a limpiar creo que por encargo de los técnicos. Nos preguntamos, por ejemplo, cuándo y dónde habrá que hacerlo la operación;  si sólo al volver a casa o en más sitios, y, en tal caso qué debemos hacer con la alfombrilla.

Mas para mí el mayor problema con que tropezaremos en la citada nueva situación vista ya en su conjunto, será, no sólo la pasión desenfrenada de la juventud española por el botellón y la juerga nocturna, sino principalmente el escaso sentido que tenemos a la hora de medir lo que ahora llaman “distanciamiento social”, que también son ganas de caer en la cursilería. Un servidor de ustedes lo tiene comprobado hasta en las colas de Carrefour y Mercadona, Y es que, en efecto, la idea de la mayoría de la gente a la hora de medir distancias es, como muy poco, mejorable, ya que, por lo que tengo visto, para la mayoría de nuestros conciudadanos un metro tiene poco más de cincuenta centímetros, y esto tirando por lo alto, lo cual da idea de lo endeble que es nuestro sistema de  enseñanza ya desde las clases de primaria. Así que estamos buenos si la distancia ha de ser, con la indispensable mascarilla, nuestra principal garantía de supervivencia.

Terminaré porque no quiero que se aburran, Tan solo añadiré, para mayor abundamiento, que después de sesiones y sesiones de buenos consejos para superar la amenaza del famoso virus entramos en la “nueva realidad” – esta situación que tan bien suena –  sin tener claras demasiadas cosas. Por ejemplo, lo que debemos hacer a la hora de dotarnos de las máscaras, pues tras  tantas y tantas explicaciones doctas seguimos aún sin saber a ciencia cierta si son para una sola puesta o no, y en el segundo caso, cuanto duran. Y si son mejores las unas que las otras y hay que lavarlas o no, y en este caso, cómo se debe hacer. Como tampoco sabemos bien si es conveniente o necesario limpiar todo cuanto compramos, esto es, si la amenaza puede estar en el ABC o en las patatas o los plátanos. O en una camiseta. O qué debemos hacer con lo que utilizamos para secarnos las manos previamente lavadas con agua y con jabón.

Y si al cruzarnos con alguien de estatura habremos de ganar mayor distancia. En fin, un lío, y eso que puede ser cuestión de vida o muerte.

PS: Nada más terminar este mi artículo veo en un gran almacén un bello anuncio explicativo que nos muestra por medio de dibujos los grados de seguridad y de peligro que ofrecen distintas combinaciones en el uso o desprecio de las mascarillas, aunque he de confesar que en vez de llegar a aclararme esos extremos la información me sume en una deplorable confusión, así que de sus explicaciones tan solo saco en claro que en ningún caso uno se encuentra totalmente a salvo. Menos mal que acto seguido compro un flamante bote de Nesquik y resulta que viene etiquetado como de cacao – el cielo sea loado… – ¡sostenible!

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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