Indicios de una instalación en la mentira

Por Javier Pardo de Santayana

(Estadio con público virtual)

Muchas son las escenas curiosas que nos brinda la pandemia. Ahí tienen ustedes, por ejemplo, a las autoridades saludándose con un tacto de codos, o esbozando un apretón de manos para abortarlo acto seguido con una sonrisa impropia de la seriedad del acto. O la cara de agobio de esa señora con su mascarilla semiatravesada intentando superar los múltiples obstáculos con que tropieza al pretender pasar su tarjeta del banco en el cajero y así pagar la cuenta de la compra. O, sin ir más lejos, la mía misma cuando después de múltiples intentos sigo sin conseguir calzarme los famosos guantes transparentes que se resisten numantinamente a mis esfuerzos por abrirlos. U observo cómo se le desliza repetidamente a ese señor de nariz corta su resistente mascarilla, decidida a dejar su apéndice nasal al descubierto.

También es panorama deslumbrante el de ese cúmulo de complementos que se van acumulando en los bolsillos del coche o en la guantera, por no decir en cualquier parte de la casa, abandonados o guardados por si acaso después de una semana de continuas idas y venidas. Como resulta ciertamente incómoda la sensación de desconcierto que se produce cada vez que uno se cruza con otro por la acera y cada uno quiere dejar claro el cumplimiento recto de la norma. Y no me digan que no es cosa ridícula ese juego como infantil de cucú-tastás que quienes desgraciadamente usamos gafas hacemos nublando y aclarando lo que vemos al ritmo de una respiración intermitente, incómoda, e incluso peligrosa. Situaciones nunca experimentadas hasta ahora y sin embargo convertidas en una casi siempre ridícula rutina al quedar evidente su condición forzada. Claro que tampoco ha estado mal la creación de un falso ambiente en los concursos de televisión más conocidos, a los que la mayor parte de las veces se han añadido retratos fijos de artistas conocidos o de asistentes habituales captados en distintas actitudes.

Pero lo que definitivamente bate récords en cuanto a artificialidad contra natura ha sido el añadido de un público en realidad inexistente en los espectáculos de masas, que en esto hubo de todo, principalmente imagen y sonidos, y, en el caso de los grandes estadios imperiales, la cobertura de espacios increíbles para simular que todo sigue como antes o al menos tiende a parecerse a aquello, sugiriendo incluso soluciones tan estridentes y tan chuscas como la de de un partido del Seul Club de Fútbol en el que los organizadores recurrieron nada menos que a las llamadas “muñecas inflables” o “sexuales”. Ni que decir tiene que los castos dirigentes coreanos no entendieron la gracia, ya que impusieron una cuantiosa multa a los “culpables”.

Llegados a este extremo, ya puede usted Imaginar lo que está siendo la Liga de nuestras entretelas – es decir, la que se está ahora mismo disputando – ya que se trata de cerrar una larga competición en pocos días caiga el que caiga: algo no deseado desde luego, ya que obliga a comprimir el programa que queda pendiente todavía y acelerar sin piedad el calendario sin despreciar la importancia del ambiente que la es propio: un ambiente festivo y peculiar que, como es el caso del Barcelona, del Madrid o del Atlético, requiere la colaboración en presencia de decenas de miles de forofos. Y naturalmente la decisión de cubrir la inmensa superficie del estadio con una multitud inexistente y simulada que supera cualquier suposición de algo posible y nos obliga a hacer cálculos absurdos, no sólo acerca de su inmenso precio, sino también de las dificultades y procedimientos que requiere para que su instalación resulte convincente.

Pero no se trata sólo de eso, ya que nos deberá hacer reflexionar sobre la creciente influencia en la conducta de la gente de los sutiles aspectos psicológicos, y, entre ellos, los que sagazmente aprovechan el engaño para forzar realidades y verdades. Y, por supuesto, suplantar unas y otras mediante reacciones indirectas aparentemente sensatas y espontáneas. Observe mi improbable lector cuán lejos suelen estar de la razón y el buen sentido los mensajes publicitarios habituales, o cómo se utilizan en política sutilezas y engaños incluso subliminales con objeto de alcanzar los objetivos pretendidos. Para que usted se haga una idea de la fe que se tiene en la eficacia de los ardides y las estratagemas, ahí tienen ustedes el ejemplo de los muchos dineros que se están gastando en la confección e instalación de un simulacro de vida de inmensas proporciones sólo con el objeto de reproducir siquiera torpemente el apoyo de las masas que inundan los estadios, pues de no confiar en ellas cual confían tamaño esfuerzo sería incomprensible.

Y es que, los avances de este inicio del siglo XXI – ese conjunto de posibilidades nuevas para influir en nuestras mentes sin que se note demasiado – han ampliado de tal forma las posibilidades de aquellos sutiles programas de agitprop que desarrollaron en su día los nazis y los soviéticos, que ahora son ya materia cotidiana, pues la inagotable abundancia informativa crea una saturación que tiende a obnubilarnos y no nos deja apenas tiempo para nada, así que tenderemos a admitir cuanto nos llegue siempre que venga debidamente etiquetado con el marchamo de la corrección política y de la técnica adecuada.

Así, efectivamente, estas escenas sorprendentes que ahora vemos de una sociedad con mascarillas buscando abrir distancia con el prójimo, o de unas multitudes de falsa naturaleza y apariencia haciendo bulto en los estadios para producir el efecto pretendido en nuestras mentes, no son sino un  ejemplo más de la mentira con la que ya convivimos los humanos casi sin darnos cuenta de ello.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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