Recordando la Gran Guerra

Por Javier Pardo de Santayana

(El libro “La Guerra Ilustrada”)

El libro que tengo entre mis manos es heredado de una de mis tías. Se trata de un volumen pesado, de tapas duras ya desvencijadas por el tiempo, así que ponerlo en condiciones requeriría una encuadernación que asegurara su lomo, que ya apenas retiene páginas repletas de fotografías impactantes.

 

Me estoy refiriendo a “La Gran Guerra Ilustrada”, una publicación curiosa y de gran porte que reúne lo que ahora sería una serie de revistas – cada una con su atractiva portada de colores representando siempre un personaje de la época – que recoge situaciones y acontecimientos correspondientes a diez días de un mes determinado del conflicto. En nuestro caso cubrirá el periodo que media entre un día de agosto del año 14 del siglo pasado al mismo del año siguiente, así que verlo es como vivir una tragedia día a día. Se trata de una visión desde la retaguardia y desde un país no implicado como España, así que en él no se perciben ni la pasión ni la desesperación por lo que ocurre; simplemente se contará como se cuentan a un tercero las desgracias que un periódico reseña. No se trata por tanto del relato de un acontecimiento histórico como algo que es vivido en primera persona, sino como un relato – eso sí con profusión de imágenes – de lo que está sucediendo a otras personas. 

 

Naturalmente no faltan mapas de la situación que nos ilustran sobre dónde se encuentra cada cual cada momento, mas la impresión se centra sobre todo – como era de suponer – en las trincheras. Así veremos todos ls recovecos de éstas e incluso los cadáveres recientes. Fotos atroces entre las que destaca la que prefiero sobre todas: la del famoso “cazador de ratas” exhibiendo el portentoso récord de su caza.

 

A este tipo de imágenes reveladoras de la dureza de aquella guerra tan cruel como estática tendremos que añadir toda una exhibición de camiones destrozados, ciudades arrasadas convertidas en cascotes, y soldados y oficiales mutilados. Y ahí es donde las fotografías ilustradas nos presentan hábilmente el mundo acogedor de  retaguardia, con sus hospitales impolutos y sus enfermeras provenientes de familias nobles cuidando amorosamente a los heridos o acompañando a los soldados ciegos: toda una demostración de cómo la nación entera se desvive por echar una mano a sus soldados. Y prueba de ello es la sustitución de los obreros fabricantes de munición por señoritas voluntarias.

 

También se hace frecuente, como es lógico, la información sobre los medios militares, procurando, supongo, hacer ver que se dispone de unos medios modernos y eficaces. Pero ésta disposición se queda verdaderamente corta, así que predominan simplemente los grandes calibres de la artillería y, como posible novedad, los zepelines y los globos. En cambio sí se ve bastante material improvisado, como carros blindados o una cúpula también blindada y armada de un camión-revólver. O alguna pieza propia de la marina y ahora instalada en entren igualmente blindado. O la conversión de un ómnibus en un improvisado palomar para comunicar mensajes… En cambio pocas son las fotos que denotan la intervención de aviones salvo por unos pocos aparatos  muy ligeros.

 

Así que la impresión que se pretende transmitir desde la retaguardia es simplemente el interés y afecto que desde ella quiere proyectarse a quienes combaten en el barro. Por lo cual, junto a los horrores del combate se nos muestran con frecuencia señoras y señoritas “bien” implicadas en tareas impropias para ellas, así como la preocupación constante  de las autoridades competentes por el bienestar y la salud de los soldados.

 

Hay que decir que el entregado y hábil autor de estos trabajos convertidos en una atractiva recopilación de datos y comentarios propios es un tal Augusto Riera, periodista español que se empeñó en este proyecto memorable sin que su trabajo recibiera – creo yo – la recompensa que merece en cuanto a fama y reconocimiento.

 

En su conjunto, ”La Gran Guerra Ilustrada” hace reflexionar sobre la situación de España en el conflicto. Por ejemplo, sobre el hecho de que España no se hallara implicada en una guerra considerada “mundial” de la que Europa fue protagonista. Como tampoco lo sería años más tarde en “la Segunda”: aquélla en que las grandes potencias de Occidente se aliaron con otra comunista. Para acabar en la Tercera – la que llamamos simplemente ”Guerra Fría” – dando razón al posicionamiento de una España que se opondría como siempre a los soviéticos.

 

Visto lo cual – es decir, vistos los sucesivos cambios y vaivenes, y considerados los tristes resultados de nuestras disputas – sobresale al final la huella luminosa de un proyecto europeo  que tomaría cuerpo al final del siglo XX: un proyecto de base moral que estaba destinado a asegurar la paz en nuestros lares y que sería la gran obra de la generación a la que pertenezco.

 

Así que analizando lo que estamos viendo en nuestros días uno no puede sino preguntarse si de verdad conocen nuestra historia quienes ahora tienen en sus manos el destino de Europa.

 

PS: Ni qué decir tiene que, con no parecerse en nada la Europa reseñada en este libro titulado la “Gran Guerra” con nuestro mundo de hoy, en lo que más difieren una de otra es en el aspecto de la gente. Otro motivo más para la reflexión de mi improbable.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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