En manos de la naturaleza 

Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Zbukvic en jzbukvic.com/Home.html)

No falla. Pruebe usted, improbable lector mío, a sintonizar al albur una estación de radio, y seguro que encontrará a alguien hablando sobre el coronavirus, esa palabra hasta hace poco inexistente y que hoy ya conocen hasta los lactantes. Y no digamos si localiza una tertulia, pues en tal caso tendrá una buena idea de hasta qué extremo nos preocupa su amenaza y cuesta asimilar el hecho de que en cualquier lugar y circunstancia pueda existir un enemigo silencioso; de que vivimos una situación que tiene vocación de ir a peor.

Todo nos lo recuerda; por ejemplo lo que ya les conté hace poco: el hecho de que las avispas asesinas decidieran entrar en la ventana de mi cuarto de baño, algo que jamás había ocurrido y que da fe del mucho tiempo transcurrido desde la última vez que aquí vinimos. Ahora me dicen que en otro punto de mi casa montañesa andan rondando otras avispas menos peligrosas – las de siempre – así que andamos intentando eliminarlas.

Pero quizá las más activas voladoras del momento sean las simples e inevitables moscas, cuya presencia en épocas pasadas se debía a la existencia inevitable de las vacas, que desaparecerían casi totalmente como desaparecieron también muchos maizales. A tal cosa aludía el nombre del lugar de mi finca, que  hoy es ya un oasis de jardines, huerta y arbolado gracias a mi trabajo, y que antes fue principalmente conocido como “la Mies de Barrales” por un arroyo hoy derivado hacia otras partes.

Las que sí se han recuperado plenamente son las moscas, que me hacen recordar los viejos tiempos, cuando en la casa grande colgábamos aquellas tiras adherentes en que que los pobres bichos quedaban atrapados. Y el caso es que desaparecieron totalmente y estaban casi relegados al olvido, mientras ahora puedo verlos posados por decenas o revoloteando alrededor de la mesa en la que escribo en busca de mis brazos y mi calva con la aviesa intención de condenarme a un martirio que acaba por ser inaguantable. Y que no dudan tampoco en acosarme cuando empujo la carretilla cargada de productos de la poda y la siega para arrojarlos al fondo del jardín donde se harán abono aprovechable.

En resumidas cuentas, aunque quizá no seamos conscientes de este hecho, cualquier casa de campo está continuamente sometida a los impulsos de una naturaleza que intentará que se ajuste a sus deseos. Así, a poco que nos descuidemos nos rodeará, como lo ha hecho, de seres impertinentes y molestos, y pretenderá que nos acomodemos a sus gustos inundándonos de zarzas las enredaderas y las matas de hortensias. O nos enviará un mensaje de rechazo con la urticante molestia de la ortiga, siempre dispuesta a fastidiarnos el paseo.

De ahí que me dé por filosofar sobre la falsedad en que vivimos quienes, acostumbrados como estamos a las comodidades de la hasta ahora conocida como “sociedad del bienestar”, olvidamos nuestra experiencia de otros tiempos e incluso nos quejamos de cualquier incomodidad sin importancia, olvidándonos de que no ha tanto – bastará con retroceder hasta nuestra niñez y nuestra juventud, no tan lejanas como nos parecen – vivíamos carentes de muchas de las cosas que hoy nos parecen esenciales. Y sobre el hecho de que por mucho que estemos ya blindados a una gran parte de las incomodidades y peligros existentes, aún subsiste nuestra condición de seres vulnerables a los peligros de una naturaleza poderosa que tiende a comportarse como siempre.

Precisamente en estos días nos han venido a recordar que dependemos de los caprichos de un sol voluble que tiene el cincuenta por ciento de probabilidades de liarse la manta a la cabeza y lanzar hacia la Tierra en algún momento del siglo XXI un zurriagazo de sus lenguas de fuego produciendo una situación de gran peligro para la que no estamos preparados. Situación perturbadora en todos los sentidos – y muy especialmente para los últimos sistemas electrónicos – que viene a cuento en un momento como éste, en que nos tiene en vilo un ser  invisible y diminuto que carece de conciencia de sí mismo pero con tal potencial contra los hombres que ya es temido por la Humanidad entera.

Así que de pronto caemos en la cuenta de que nuestra existencia, es decir, la de aquel hombre que construyó los rascacielos, superó la velocidad del sonido y fue capaz incluso de alcanzar la luna, se encuentra en manos de la naturaleza, cuyo comportamiento en el futuro nos es desconocido todavía en importantes aspectos esenciales.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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