Por Javier Pardo de Santayana

(Jean Paul Garnier Malet)
Una pregunta: Entre los millones y millones de personas que existen o que han sido, ¿habrá alguna que sea igual que yo? He aquí la pregunta que hoy se me plantea. Y les diré por qué.
El caso es que ya existen personas que son idénticas al menos en apariencia: los hermanos gemelos. Pero ambos tienen los mismos padres y cada uno de ellos es el resultado de idéntica combinación de millones y millones de genes idénticos acumulados por los siglos. Además de que ambos fueron engendrados juntos. Pero, por otro lado, el parecido se expresa en un espacio muy pequeño cual es esencialmente el rostro humano, lugar donde en primera instancia habremos de apreciar las diferencias.
Y sin embargo el tema del parecido es muy frecuente. En mi caso sólo recuerdo una ocasión en que llegaron a decirme que conocían a alguien que se me parecía, y habré de confesar que me quedé con ganas de comprobar hasta qué punto había razón para justificarlo.
Traigo esto a colación a la vista de aquellas teorías que hablan de la existencia de mundos o universos paralelos y de repeticiones de uno mismo. Ahora, sin ir más lejos, se vuelve a hablar de cuestiones parecidas pero, si no estoy equivocado, con una variante significativa que sitúa el “otro yo”, no en ubicaciones distintas de la propia, sino tal como lo veo, dentro de nosotros mismos.
Elaborada por un científico francés (1) esta teoría trata de convencernos de la irrealidad de la visión que tenemos de lo que es el tiempo, ese concepto tan complejo y cuya descripción es tan difícil incluso para quienes lo vivimos día a día. El caso es que, según ese señor tan ocurrente, coexisten sus tres realidades simultáneas, las del futuro, el presente y el pasado, que en este caso se estiman contempladas por nuestros dos “egos” – el yo físico, instalado en el presente, y su coexistente yo “energético” y otras veces también llamado “cuántico” – en cierto modo parecido al alma o la conciencia – que se interconectará con el futuro mediante las llamadas “aperturas temporales”, producidas, según pude entender, en dimensiones mínimas del tiempo y con la colaboración quizá de nuestros sueños, posibilitando mejorar nuestro futuro. O nos revela la existencia de “masas reales aunque imperceptibles – masas oscuras o sombrías”. Así que, por el momento, me quedo con esa especie de yo doble.
He de confesar que con cuanto he podido leer hasta el momento no he podido llegar a componer un esquema no sólo convincente sino sencillamente comprensible de este curioso pensamiento, no sé si porque mantiene la confusión precisa para animar al lector a que se anime a adquirir los escritos y libros que lo explican. Quede en todo caso tranquilo el improbable lector mío, porque no tengo la menor intención de incrementar con ellos mi ya nutrida biblioteca.
Debo sin embargo dejar claro que el citado pensador francés, revelador de nuestra según él errónea visión de algo tan importante como el tiempo, no es un cualquiera por cuanto ha merecido la atención del prestigioso Institute of Physics norteamericano. No en vano ha permitido, según dicen, “explicar el sistema solar, las órbitas planetarias y las leyes de Kepler” o calcular la velocidad de la luz. O justificar la existencia de Plutón al tiempo que descubría ”la existencia de velocidades supralumínicas que permiten el intercambio de información entre tiempos desdoblados” que nos desdobla también a nosotros y “dirige nuestros cuerpos como el universo”.
Descubrimientos e intuiciones que así presentadas no pueden dejar de interesarnos e incluso preocuparnos, como es el caso ahora, en un contexto de despiste universal y preocupación por la salud esencial de los humanos. Y sobre todo cuando, según la ya citada teoría “estamos entrando en un ciclo que puede ser caótico” y sin embargo nos encuentra, ignorantes, en el peor momento.
Exactamente lo que nos faltaba.
(1) Jean Paul Garnier Malet