Una sociedad de mascarillas

Por Javier Pardo de Santayana

(Viñeta de Puebla en ABC el pasado día 18)

Sobre lo que nos está ocurriendo destaca una pregunta: cuáles serán los rasgos de nuestra sociedad después del trance que estamos sufriendo. Por el momento se nos ha intentado definir como situados en una “nueva normalidad” aprovechando nuestra confusión y la facilidad con la que encajamos los mensajes trucados por la agitprop oficial y aun a sabiendas de la falsedad que entrañan. Pero una cosa parece segura, y ésa es que el paso del coronavirus dejará huella en nuestra sensibilidad y en nuestros usos y costumbres.

Así por ejemplo, la permanencia durante largo tiempo de una sociedad de mascarillas quizá deje como legado una sociedad cerrada y temerosa que rechace ofrecer no sólo su palabra sino también su pensamiento, aparatosamente hurtado a los demás en nuestros días. Algo bastante parecido desgraciadamente a un conjunto de seres sin espontaneidad ni rostro.

También parece que el largo periodo de ocultación de una expresión que nos retrata diferentes puede hacernos conscientes del peligro derivado de la proximidad del otro y así extender una especie de rechazo de lo que conocemos como “el calor humano”, o que expresiones de vida que nos aproximaban se perciban ahora como algo peligroso y así tiendan a desaparecer de nuestros usos y costumbres. O que se restrinjan los apretones de manos e incluso los simples gestos de saludo. Y que el amor sufra también de tales restricciones en su expresión de afecto, o que, naturalmente, se hable menos y hasta los pensamientos tiendan a mantenerse ocultos. Sólo los ojos ganarán protagonismo y aunque cohibidos por la obsesión de protegerse, influirán hasta en la moda, que intentará suplir la carencia expresiva mediante retoques y gestos atractivos.

Quizás esta unificación forzada por el miedo salte hecha trizas por resultar insoportable, pero lo más probable es que entre nosotros deje cuando menos la marca de su huella. Quiero decir con esto que es muy probable que tras el paso del coronavirus se instale en nuestra sociedad una mayor preocupación respecto a la influencia perniciosa en la salud de lo que hasta ahora no eran sino sencillos gestos cotidianos. Y que lo haga modificando los modos y las modas y generando determinados cambios de comportamiento.

Y es que es de suponer que como resultado de una generalizada toma de conciencia respecto a los efectos y causas de determinadas expresiones hasta ahora no relacionadas por la gente con los problemas de salud del ser humano pero ahora ya catalogados como gravemente nocivos, hayamos adquirido ciertas reacciones automáticas que influyan en nuestro trato con el prójimo. Así será probable, por ejemplo, que, temerosos por su posible influencia en la salud e incluso en nuestra propia vida, hablemos menos y seamos menos espontáneos a la vez que buscamos sustituto a lo que fueron expresiones clásicas de relación social entre los hombres: que tendamos a apreciar peligro en cualquier cosa y principalmente en el contacto con el otro.

Quizá desaparezcan, por ejemplo, los programas cada vez mas numerosos en los que destacados cocineros elaboran sus platos con las manos al mismo tiempo que hablan: prácticas todas ellas admitidas hasta ahora sin el mayor problema, pero que, vistas hoy desde una perspectiva crítica en la que predominan los temores de posibles contagios peligrosos, son de todo punto impresentables. Y en un sentido parecido surgirán sin duda los recelos relacionados con el nivel de precauciones sanitarias que estamos hoy desarrollando, como nos llamará seguramente la atención que el cine nos siga metiendo por los ojos la pasión de unos besos en la boca que son la imagen misma del peligro de transmisión directa de los gérmenes.

Así que seguramente ocurra en el futuro algo bastante parecido a lo que ahora mismo nos sucede cuando vemos cualquier film en blanco y negro: que nos sorprende comprobar que todo el mundo fumaba entonces hasta con elegancia, y no digamos los protagonistas (recuerden a Humphrey Bogart en la aplaudida “Casablanca”); algo que da fe de hasta qué punto hemos ya desarrollado respecto al fumeteo toda una sensibilidad que considera pernicioso – casi obsceno – el humo del tabaco. Algo bastante parecido a lo que puede suceder tras la experiencia del coronoavirus si es que, efectivamente, le vencemos.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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