La Valladolid que deseo

Por José María Arévalo

(Hacia la Catedral. Acuarela de José María Arévalo)

Buscando estos días de casi confinamiento-normalidad entre informaciones y artículos guardados en los últimos años, he encontrado uno que me ha parecido muy interesante, incluso aunque han pasado seis años desde que se publicó, el 20.04.14. Es el titulado “Jesús Urrea: La Valladolid que deseo”, y que pertenece a una serie de artículos que publicara por aquellas fechas en El Norte de Castilla el periodista Vidal Arranz con esa idea, entrevistando a diversos personajes vallisoletanos sobre como le hubiera gustado a cada uno que fuera nuestra ciudad.

No recuerdo otros artículos de esta sección “La Valladolid que deseo”, pero sí que me impactó este de Jesús Urrea tanto por su contenido como por la personalidad de quien lo manifestaba, que además de catedrático de Historia del Arte de la UVA era entonces Presidente de la Academia de Bellas Artes (cargo en el que sucedió al arquitecto vallisoletano Javier López de Uribe y Laya, que ahora lo ha vuelve a ocupar) y director del Museo de la Universidad de Valladolid (ahora lo es Daniel Villalobos Alonso).

Conocí a don Jesús Urrea en una sesión a la que nos convocó a los parroquianos, creo que por aquellas fechas de aquel artículo, el responsable de la iglesia de Santiago, para explicarnos los cambios de imágenes introducidos en nuestra parroquia a instancias precisamente del profesor Urrea, quien nos relató con todo detalle cómo el párroco había accedido a colocar las mejores tallas y pinturas con que cuenta la iglesia, en los altares y capillas principales, sustituyendo algunas figuras quizá más devotas pero de menor valor artístico. Lo expliqué en artículo anterior, así como que, llegado el momento del coloquio, me quejé del exceso de mármol blanco en el altar mayor, que contrasta, para mi gusto negativamente, con el magnífico retablo principal de madera, a lo que el profesor Urrea me contestó ponderando el valor del templete de mármol que a mi no me gusta nada. Lo cierto es que pocos días después se colocó, tapando el mármol del altar, un postizo de madera que lo mejora mucho, pero también se añadieron sitiales nuevos de mármol blanco, con lo que no hemos ganado mucho. En todo caso fue muy interesante la explicación de Urrea, y es cierto que la imaginería que se ve ahora en Santiago ha ganado enormemente.

Pues bien, en aquel artículo sobre el Valladolid que desea Urrea, El Norte titulaba: «El Museo de Escultura no despega, la Casa del Sol sigue sin uso y Villena está infrautilizado». «Valladolid es como su Catedral, una ciudad inacabada: todo son proyectos sin rematar». Y a continuación recogía las “propuestas” de Urrea, que después comentaremos y que siguen siendo, creo, deseos sin cumplir:

  1. Exigir al Ministerio la rehabilitación de la Casa del Sol y un plan para darle uso en el proyecto del Museo de Escultura.
  2. La ciudad tiene que dar más la cara por el Museo de San Gregorio, que no sólo es el más importante de la ciudad, sino el segundo más importante de España.
  3. Acometer la rehabilitación del ábside de San Pablo.
  4. Rehabilitar la pintura ‘Calvario’, de Michel Coxcie, la obra más importante que conserva la Catedral.

(C. San Martín 14 de Valladolid)

  1. Impedir a toda costa que se pierda la casona del impresor Lasso en San Martín, de las pocas que se conservan.
  2. Colocar placas informativas por todo el casco histórico para explicar lo que había y ya no está.
  3. Ampliar las rutas turísticas con idéntica finalidad pedagógica. La ruta de El Hereje está muy bien, pero la misma idea puede utilizarse para describir otros periodos.

«Valladolid, en lo que a patrimonio artístico se refiere –continuaba el artículo-, es como un archipiélago, la suma de muchas islas, de edificios singulares y grandiosos, desconectadas entre sí». De este modo tan gráfico describe el historiador e investigador Jesús Urrea la situación actual de su ciudad. Urrea, que ahora dirige el Museo de la Universidad y preside la Real Academia de Bellas Artes, cree que Valladolid conserva mucha riqueza, pero que ha perdido los entornos que permitían contextualizarla. Por ello considera esencial realizar un esfuerzo de explicación de lo que la ciudad es, y lo que ha sido. «Esta ciudad se quiere poco. Le falta más complacencia en sí misma para poder ofrecerse a los demás».

Si las catedrales son habitualmente el símbolo de los municipios donde se asientan, la de Valladolid es la metáfora perfecta de una ciudad que es, por encima de todo, «una ciudad inacabada», según Urrea. «Todo son proyectos que no se rematan: la Ciudad de la Comunicación, el soterramiento, la Ciudad de la Justicia… No sé si es que no tenemos sentido de la medida, o que no nos sale el empuje suficiente para completar las cosas. Lo cierto es que la ciudadanía se implica poco en la construcción colectiva».

El ejemplo perfecto de esa ambición inacabada es el Museo Nacional de Escultura, que Urrea dirigió durante 12 años, entre 1996 y 2008, y que no duda en calificar como «el segundo museo nacional en importancia de España» tras El Prado. Durante esos años se diseñó un gran proyecto que lo concebía como una suma de edificios. Y a la sede natural de San Gregorio, que alberga su colección permanente, se añadieron otros inmuebles históricos de su entorno: la Casa del Sol, que se compró por entonces, San Benito el Viejo, que ahora alberga el Museo de Reproducciones Artísticas, y el Palacio de Villena. Hoy, sin embargo, lo que debía ser un gran complejo museístico funciona tan solo a medio gas.

«El Museo de Escultura sigue sin despegar pese a la importante inversión que se realizó en el edificio. La Casa del Sol está sin rehabilitar, convertida en almacén, y sin uso público, y el Palacio de Villena está infrautilizado», opina el historiador vallisoletano. «Hay que hacerle ver al Ministerio que este es el Prado de la escultura y que debe invertir más aquí. La ciudad tiene que dar la cara mucho más por su principal museo, el único que puede y debe colocarnos en los grandes circuitos de exposiciones».

La situación de la Casa del Sol, el gran edificio civil que cierra la calle Cadenas de San Gregorio, preocupa muy especialmente al investigador. Urrea documentó en su libro ‘Arquitectura y nobleza’ la destrucción de cientos de antiguas casonas, en un proceso que supuso la aniquilación casi total de la arquitectura no religiosa que la historia había legado a la ciudad. La Casa del Sol es uno de los pocos edificios que se salvó, pero todavía hoy sigue ajena a la vida de la ciudad. «Hay que presionar al Gobierno para que restaure la Casa del Sol y le dé uso. Es uno de los palacios más importantes que conservamos y merece un horizonte de futuro». El otro palacio que cree necesario preservar a toda costa es la casa del impresor Cristóbal Lasso, en el número 14 de la calle San Martín. «No nos podemos permitir que desaparezca».

(San Pablo. Acuarela de Chema Fraile Galán)

Atenciones especiales

En el balance de lo hecho y lo por hacer, reconoce el presidente de la Academia de Bellas Artes que el proceso de destrucción se ha frenado, y que se han acometido restauraciones importantes, como la citada del Museo de Escultura, o la del propio Palacio de Villena, el edificio de los Ingleses, Santa Cruz, San Felipe Neri, San Benito o el Patio Herreriano, entre otros monumentos. O como la restauración de la fachada de San Pablo «que se hizo muy bien, pero que no se ha completado con la recuperación del ábside, seguramente porque esa parte no se ve», añade. «Los dominicos de San Pablo llevan años reclamando ese necesario arreglo».

Otro edificio que requiere atención es la Catedral, pero Jesús Urrea cree que es necesario analizar cuáles son sus verdaderas necesidades, tanto exteriores como interiores, y deja entrever que él no ve nada clara la prioridad del polémico ascensor de la torre. En cambio, recuerda que hay cubiertas pendientes de arreglo y, sobre todo, aboga por la restauración de la pintura más importante que atesora el templo, en el ábside del Evangelio: ‘Calvario´ , obra de gran formato de Michel, uno de los pintores favoritos de Felipe II y al que, por cierto, el Museo de Lovaina acaba de dedicar una antológica. «Que la mejor tabla de la Catedral, y una de las mejores pinturas de Valladolid, esté cayéndose a trozos no debería aceptarse».

En el capítulo de los éxitos coloca Urrea en un lugar preferente la recuperación de la calle Platerías, en la que se empeñaron la Academia de Bellas Artes y otras instituciones. «Ahora estamos orgullosísimos del resultado», constata, «pero entonces muchos aseguraban que esas fachadas no se podían mantener. Es una lección que conviene aprender».

La preocupación por la explicación de la ciudad, para facilitar el conocimiento de su historia y de su valor, lleva también a Urrea a reclamar una política de instalación de placas informativas en los principales monumentos, o en los lugares donde estuvieron asentados edificios desaparecidos. «Es muy complicado enseñar la historia de esta ciudad, y habría que hacer lo posible por facilitarlo. No hace daño a nadie colocar carteles que informen de lo que había y ya no está, o que permitan reconstruir un entorno que ya no existe». Dado que buena parte de la historia de Valladolid ha sido borrada, y carece de restos visibles que permitan identificarla, al menos marcar en el territorio el lugar de las ausencias, de las heridas del tiempo. Esa es su propuesta.”

Creo que tiene toda la razón el profesor Urrea, que Valladolid “es como un archipiélago, la suma de muchas islas, de edificios singulares”, eso sí extraordinarios, bellísimos, pero que falta unidad, que podría dar esa mejor señalización de lo que llama las “heridas del tiempo”, como el enorme convento de San Francisco que ahora ha saltado a la actualidad con la búsqueda de los restos del héroe irlandés Hugh O’Donnell. Por cierto, me llamó la atención al escribir sobre esta noticia, que la prensa irlandesa mencionaba que “desde octubre de 2011, una placa recuerda al héroe irlandés en el Callejón de San Francisco de Valladolid”, placa de la que yo no tenía la menor idea, o sea que muy visible o llamativa no debe ser.

(‘Calvario’, de Michel Coxcie, en la catedral de Valladolid)

Con esto del confinamiento no me resulta fácil comprobar si efectivamente se han solucionado o al menos abordado algunas de las propuestas del profesor Urrea, como la rehabilitación de la pintura, en nuestra catedral, ‘Calvario’, de Michel Coxcie, de lo que no he encontrado en la red ninguna noticia, aunque sí la exposición a que se refiere el profesor y que reivindicó a Michiel Coxcie, en Lovaina, y que un periódico titulaba «El Rafael de la pintura flamenca» y explicaba que Carlos V se llevó seis cuadros a su última morada, el monasterio de Yuste, de los que tres eran de Michiel Coxcie, lo cual da una idea del aprecio que el emperador tenía por su trabajo. Y que fue uno de los pintores más estimados e influyentes del siglo XVI, tanto fue así que sus contemporáneos le bautizaron con el sobrenombre de «el Rafael de la pintura flamenca». Tras su muerte, durante décadas los artistas continuaron admirando su trabajo; es el caso de Rubens, en quien dejó una evidente huella.

En aquella exposición sobre Coxcie algunos de los cuadros más importantes procedían de España, pues Patrimonio Nacional cedió cuatro de la treintena de obras que atesora de este artista: los lienzos «David y Goliat» y «Cristo portando la Cruz», además de dos tapices.y El Prado, por su parte, cedió dos de sus siete obras de Coxcie: «Santa Cecilia» y «Cristo con la Cruz a cuestas». Una pena que no se llevara, oportunamente restaurado, este de nuestra Catedral; he buscado en las restauraciones del Museo del Prado y efectivamente aparecen los citados, pero nada del de nuestra catedral.

Me acerqué a ésta y allí está el cuadro, justo a la entrada del museo, pero no se ve en modo alguno restaurado, a juzgar por lo grisáceo y polvoriento que aparece, de forma que apenas se pueden apreciar más que las siluetas de las figuras. Le hice la foto que acompaña este artículo. Una pena.

Como tampoco encontraba en la red noticias de la restauración de la casona del impresor Lasso en la calle San Martín, me he acercado, en mi horario de paseo, al número 14 de San Martín, donde Urrea ubica la casa del impresor, y allí está vieja y abandonada pero se mantiene junto a las dependencias que la iglesia de san Martín tiene en la misma acera, justo al otro lado de la calle Camarín de San Martín, calle por cierto de las más bonitas que tenemos en Valladolid, la he pintado muchas veces, una en óleo y varias en acuarela porque la luz que entra en la sinuosa calle ofrece a distintas horas del día y estaciones del año unos juegos de sombras estupendos. Y acera arriba, dos grupos de casas antiguas que fotografié e incluyo con este artículo, no se si la casona del impresor es solo una de ellas o las dos, porque no tienen número pero antes de la iglesia aparece el 12 y después de estas casonas el 16. Al menos se mantienen.

En cuanto a la posibilidad de ampliar las rutas turísticas por Valladolid, añadiendo otras a “La ruta de El Hereje” con idéntica finalidad pedagógica, creo sí se ha hecho algo, pues tras el recorrido que realizamos con la asociación de jubilados a la que pertenezco por la de la novela de Delibes, se han programado al menos otras dos, a las que no he podido asistir, pero no recuerdo que fueran de mucho interés.

Y qué decir de la Ciudad de la Comunicación –que no es ciudad ni es nada-, del fallido soterramiento por empecinamiento del alcalde Puente, o de la Ciudad de la Justicia, de la que ya se ha desistido sin solución, y la alternativa de Puente va para largo.

De lo que no cabe la menor duda es de que el conjunto del Museo Nacional de Escultura merece toda nuestra atención, que lo visitemos y que lo enseñemos, que como dice Urrea es el segundo museo nacional en importancia de España, tras El Museo del Prado; en estas páginas no hay mes -o trimestre- en que no salga, y hemos escrito de la necesidad de ampliar sus salas incorporando los extraordinarios pasos de Semana Santa que conserva –algunos ya expuestos en los últimos años-, para lo que necesita, por lo visto, mayor dotación de ujieres; y que la habilitación de San Benito el Viejo para Museo de Reproducciones Artísticas sabe a poco, lo importante sería rehabilitar la Casa del Sol y que el Ministerio proceda de una vez a darle uso en el proyecto del Museo de Escultura, como dice Urrea.

En fin, que coincido en todo con Urrea en la Valladolid que desea, que es la que yo también desearía.

 

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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