Por Javier Pardo de Santayana

(Juan de la Cosa)
Ahora que está Santoña aislada de su entorno como consecuencia del coronavirus, medito sobre los recuerdos históricos que guarda. Ahí están los dos poderosos fuertes que perviven y el cañón de artillería que hoy se exhibe al final del pasaje y de su playa urbana; también los pecios que todavía muestran algunos de sus restos en las proximidades del penal del Dueso, y algunas ruinas reconstruidas como tales vestigios del pasado: así unas piedras del antiguo puerto a las que se añadiría un perro de aguas que evoca al gran amigo de los pescadores. Y unas placas que recuerdan la ocupación francesa o explican la presencia de unos pinos recuperados en la gran explanada del campo de rugby. Echo de menos, sin embargo, algo que nos recuerde un hecho particularmente relevante que me asombra no ver evocado en parte alguna: la estancia en Santoña durante unos días del famoso Charles Limbergh, que amerizó en la ría y se alojó en la que hoy es domicilio de un aviador al que conozco.
Naturalmente también me viene a la memoria el busto del genial Juan de la Cosa, autor del primer mapa de América, que se exhibe en el acceso principal a lo que llamamos El Pasaje, un paseo con vistas a la ría que bordea la playa urbana de San Martín, cuyas arenas se cubren al subir la marea. De ella sale con sus banderas al viento el modesto barquito del Puntal, que cruza al otro lado de la ría hacia Laredo. De aquel famoso mapa del navegante santoñés conservo una interesante copia que me ofrecieron los componentes de la Comisión de Historia Militar que tuve el privilegio de presidir hasta unos meses antes: obsequio que iba acompañado de un interesante libro de Hugo O´Donnell, parte también de la citada Comisión.
Precisamente el objeto de este artículo es ilustrar al lector respecto a un hecho escasamente conocido al que se refiere esta publicación y que concierne al ilustre navegante y cartógrafo español que acompañó a Colón en sus viajes. Me explicaré: lo curioso del caso – un hecho que parece interesante recordar – es que el ilustre santoñés cometió en su vida un error de tal calibre que bien pudo costarle su futuro y no digamos su prestigio. Se trata de una negligencia suya que daría lugar nada menos que a la perdida de uno de los escasos barcos de que los navegantes disponían, cuando una noche se permitió conceder la responsabilidad del mando de una de las naves a un indocumentado marinero dando así lugar a que aquélla perdiera su rumbo y encallara. El resultado sería que finalmente se perdió la nave: un hecho totalmente inaceptable ya que estaba formalmente establecido que el relevo nocturno sólo podía ser confiado a un determinado nivel de responsables.
Como se puede suponer, esta penosa anécdota, aparentemente negativa para nuestro ilustre personaje, debe ser enmarcada en un ambiente de aventura en lo desconocido – y por tanto, de dificultades y exigencias – en el que habría que tomar a veces decisiones arriesgadas o al menos poco ortodoxas. Circunstancias en que la reacción normal del mando al desafuero habría sido descalificar definitivamente al responsable.
Y sin embargo no fue así. Colón mantuvo su confianza en el navegante montañés, lo cual hace pensar que pese a lo ocurrido juzgó que para él Juan de la Cosa seguía siendo imprescindible. Efectivamente, todo da a entender que para entonces el navegante santoñés había acumulado un gran prestigio en algún aspecto interesante para la navegación sin referencias en la costa y para la interpretación de las cartas disponibles, habilidades de las que lógicamente dependía la supervivencia de los navegantes y el éxito final de su aventura. De forma que, sin dejar de apreciar la trascendencia de un grave fallo humano de desobediencia a la norma establecida, hemos de reconocer – con la distancia que proporciona el tiempo – que el hecho reseñado vendría a demostrar la categoría personal tanto de Colón como de De la Cosa: del primero, por haber demostrado su capacidad de mando al detectar, más allá del fallo cometido, la valía de su subordinado con vistas al futuro, y del segundo, por haber destacado de tal forma en su dominio de la navegación y la cartografía que mereció tan positiva opinión nada menos que del descubridor de América.
Opinión refrendada por él mismo al merecer ser incluido en los gloriosos anales de la Historia.