Por Javier Pardo de Santayana

(Azul, blanco y verde. Acuarela de Jesús Lozano Saorín en artesaorin.blogspot.com.es. 46 x 62)
Hoy he tenido ocasión de comer en la casona, conocida por aquí como “palacio de Rugama” en alusión al caballero que permanece arrodillado desde tiempo inmemorial en la capilla – más bien iglesia dado su tamaño – y protegido por su señorial reja de Amberes. En este sugerente ambiente vivió, junto a sus ocho hermanos, mi abuela materna con su madre viuda.
Muchos son los recuerdos que se agolpan al volver a recorrer sus habitaciones, salones y dormitorios, pues hubo una temporada de mi vida en que me alojé y hasta dormí en sus camas varias veces.
Así que esta mañana, recién salido parcialmente de mis sueños, evoqué mis años jóvenes y el tipo de vida de aquellos ya lejanos tiempos: cuando no habían llegado aún a todas partes los muchos e importantes adelantos de que hora disfrutamos en el día a día. Volvieron a mi memoria, por ejemplo, limitaciones felizmente superadas: sin ir mas lejos, las que obligaban a la utilización de la jofaina.
Estoy seguro de que si preguntáramos ahora qué es lo que se entiende por tal nombre, difícilmente encontraríamos respuesta salvo quizás en algún pueblo de lo que se llama, no sé por qué, “la España vaciada” en vez de la “España vacía” simplemente. Y es que, como muchos recordarán, sin ir más lejos hubo dificultades desde siempre para el aseo personal.
Por ejemplo, imagínense o recuerden lo que era preciso hacer cuando en invierno sentíamos la necesidad de levantarnos para hacer lo que usted supone ya seguramente. De entrada, las casas solían ser más grandes porque eran frecuentes las familias numerosas, así que para acudir a donde ustedes imaginan fuera preciso recorrer largos pasillos. Y además se carecía de calefacción central y el número de lo que llamamos ahora “aseos” solía ser generalmente escaso, por lo cual para llegar al final del recorrido no sólo se necesitaba tiempo sino también un esfuerzo de contención considerable.
Dicho esto me permito suponer que si usted pertenece a la generación de nuestra extinta sociedad del bienestar podrá comprender perfectamente que existiera otro artefacto ad hoc, más conocido que la citada jofaina del artículo, que ostentaba el nombre de “orinal” y se guardaba en las mesillas de noche de la época.
Pero la existencia del orinal, con perdón, ha perdurado incluso en nuestro actual vocabulario, o sea que si preguntáramos lo que es a los más jóvenes seguramente nos responderán que es una palabra sobradamente conocida todavía, mientras que que no será lo mismo si se les preguntamos lo que entienden por “jofaina”, bella palabra que con su jota cortante y su acariciadora efe solucionó durante siglos otro gran problema relacionado también con el aseo: la posibilidad de acercar a cada ser humano los medios necesarios para lavarse las manos y la cara – y quizás, también, someramente, otras partes del cuerpo – sin necesidad de salir del dormitorio.
En fin, no sé si nos habremos percatado de que hasta mediados del pasado siglo no se llegó a disponer en las viviendas de los sistemas hoy habituales. No fue, efectivamente, hasta esos años cuando se pudo prescindir de la fresquera para conservar los alimentos, o de la leña y del carbón para encender el fuego en la cocina o superar los fríos del invierno. Es decir, que aquellos avances que hoy nos parecen esenciales para el confort de las familias y la liberación de las mujeres de la atadura del hogar se produjeron en el tiempo que duró mi vida y parte de la vida de mis padres; es decir, durante lo que probablemente fue el periodo de la historia en que surgió el mayor número de inventos de utilidad pública directa.
Así que por mi parte constato – como harán probablemente ustedes – que, además de disfrutar de cuantas mejoras han hecho nuestras vidas más fáciles y cómodas, he tenido ocasión de experimentar en carne propia los inconvenientes del pasado, cuando era la cocina de carbón, se utilizaban el orinal y la jofaina, se atizaba el brasero o se le “echaba una firma” con la badila. Cuando la ducha no se había impuesto todavía al baño, ni la nevera y el congelador a la fresquera.
Tiempos que fueron la realidad vivida durante siglos y más siglos pero que ahora parecen tan lejanos que hasta se nos olvidan sus palabras.