El ejemplo de una mujer valiente 

Por Javier Pardo de Santayana

(“Ana María Vidal-Abarca. El coraje frente al terror”, de María Jiménez Ramos )

Tengo en mis manos un libro recién publicado. Se refiere a una mujer ejemplar que se alzaría frente a la desgracia para hacer justicia. La conocí cuando era joven, incluso antes de emparentar con un hermano mío. Era yo entonces Teniente en uno de los dos Regimientos de Vitoria y ella hermana de la esposa. Recuerdo, como cosa curiosa, que me invitó al único guateque al que recuerdo de verdad haber asistido, pues por entonces andaba siempre tal como suele estar un teniente que se precie: atareado instruyendo soldados en Araca y haciendo guardias y semanas en Vitoria. O de patrulla.

Me refiero, como se refiere el libro y usted probablemente habrá supuesto, a Ana María Vidal-Abarca, que por aquel entonces seguramente soñaría un futuro más tranquilo del que la deparó la suerte, así que ni se la pasaría por la cabeza que algún día vería su retrato en los escaparates de las librerías.

Años más tarde casaría, como casó su hermana, con un oficial del Ejercito de Tierra, en este caso, de Caballería, y, como su hermana, tuvo cuatro hijas. Así que ahí tenemos el perfil de una joven vitoriana a la que todo encaminaba a ser feliz.

Pero eran tiempos en los que los esbirros de ETA asesinaban a sus compatriotas, y una triste mañana descerrajaron seis tiros de pistola a su marido, Jefe entonces de la policía autonómica, cuando llevaba a las niñas al colegio, Sí, le asesinaron con la mayor crueldad; delante de ellas, que iban  vestidas de ursulinas.

Yo estuve la tarde del entierro allá, en Vitoria. Me desplacé desde Madrid con un cuñado mío que estuvo doce años prisionero en los campos de concentración soviéticos de Rusia. Y recuerdo muy bien aquel ambiente casi vomitivo que se respiraba entonces en las provincias vascas y que el libro tan fielmente nos refleja. Era una tarde gris y las autoridades se enredaban torpemente discutiendo de forma vergonzante cómo escurrir el bulto en el entierro. Y en eso estaban cuando mi hermano, cuñado como ya tengo dicho del asesinado, zanjó la discusión imponiéndose a las dudas para decir sencilla y simplemente, pero sin dar lugar a una respuesta, que el Comandante Velasco iría al cementerio sobre los hombros de sus compañeros. Así fue y así se cuenta en el libro ya citado.

Aún recuerdo lo que era Vitoria a la caída de la tarde: la representación misma de la tristeza, con las calles vacías y la gente oculta tras las ventanas cerradas: la imagen misma del terror y el miedo. Como lo sería el cementerio hasta que la joven viuda, tras la última palada, se irguió sobre el montón de tierra acumulado y gritó aquel ¡Viva España! que nos sacudiría las entrañas.

Todo esto se recoge con detalle en el libro escrito sobre ella, que naturalmente no puede recoger aquel momento vivido por mí mismo cuando, en la casa familiar, aquella noche, sin saber que yo la estaba viendo, la niña que identificaría al terrorista – la que le había visto cara a cara, la más pequeña de las colegialas – tomaba entre sus manos la boina de su padre y la miraba con arrobo.

Pero la historia no acaba ahí, porque desde aquel momento inolvidable la viuda de Velasco se convirtió en la voz de muchas otras madres y mujeres. La alzó contra corriente para pedir justicia,  y aún se atrevería a hacer algo que parecía no estar en el guión de su futuro previsible: creó una Asociación de Víctimas que exigiría a nuestros compatriotas y a sus gobernantes mayor respeto y menos dudas frente al terrorismo. Con sencillez, pero también con la mayor, dedicaría su vida – “no por la venganza, sino por la justicia” – a reclamar el apoyo a las familias que quedaron huérfanas y a sacudir las conciencia de los españoles para denunciar con contundencia la insuficiente claridad con que se venía combatiendo a ETA y sus secuaces. Y lo hizo aun siendo sabedora de que su valiente actitud podría convertirla en otra víctima.

Hasta se plantó ante el despacho del fiscal general para exhortarle a actuar de oficio contra el libelo de Egin que había presentado “las razones” de la organización terrorista para asesinar a su marido. O hizo ver al Papa la existencia de ciertos titubeos mostrados por las autoridades eclesiásticas. Y aquello tuvo efectos trascendentes.

Todo esto y mucho más recuerda y expone la autora de este libro en un trabajo perfectamente estructurado y animado con fotos que reflejan entrañables momentos familiares junto a la minuciosa descripción de aquel ambiente social ganado por el miedo y vergonzosamente encogido ante el peligro y la maldad de ciertos españoles asesinos. El que obligó a aquella joven madre vitoriana a gritar desde la tumba de su marido asesinado “¡Viva España!” y convertirse en una auténtica heroína.

PS: Datos del libro: “Ana María Vidal-Abarca – El coraje frente al terror” – María Jiménez Ramos, periodista e investigadora (Prólogo de Ana Velasco Vidal-Abarca,  hija mayor de la protagonista).

Ana María Vidal-Abarca falleció víctima de un cáncer el año 2015.

 

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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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