Por Javier Pardo de Santayana

(Búho. Acuarela de Litzy Orendain en pinterest.com)
Haber vivido muchos años repartidos entre Mozambique, Sudáfrica y Zimbabwe como cazador profesional con título ha permitido a mi hijo adquirir un sexto sentido que le permite localizar animales en el campo incluso a distancias increíbles y también en lugares escondidos.
Como un ejemplo de esto último recuerdo nuestra llegada – me refiero a la familia, nietos incluidos – a un maravilloso lugar del suroeste de Ghana cerca ya de Costa del Marfil, cuando, de pronto dejó al niño que llevaba en sus brazos y nos hizo detenernos pese a que la situación no parecía ofrecer peligro alguno. Luego avanzó unos cuantos pasos hasta alcanzar el seto que pretendíamos cruzar. El caso es que no sé cómo había podido darse cuenta de que éste albergaba una serpiente cobra que era inobservable a simple vista. Luego, muchas veces más, viajando con él aquí en España nos ha llamado la atención para que nos fijáramos en un grupo de corzos o incluso en un corzo solitario: especie que, según hemos podido comprobar ahora, abunda en todas partes de nuestra península. También me ha hecho acompañarle varias veces en la Baja Campiña guadalajareña que habitualmente nos rodea cuando saca de paseo al perro, aquel gigante crestado rodesiano del que ya di noticia en estas páginas. O sea que pasear con él es garantía de que podremos descubrir vida animal incluso sin alejarnos demasiado.
Pues bien, tampoco en estos días que pasamos junto a las marismas dejó de sorprendernos con sus descubrimientos. Como, ayer por la tarde, cuando poco antes de abordar su coche para regresar a nuestro domicilio habitual, nos hizo una seña pidiéndonos silencio como si contase con nuestra cautela. Se trataba en este caso de alertarnos para evitar que espantásemos un búho de grandes dimensiones que permanecía encaramado en una de las ramas bajas de un gran sauce.
Debemos recordar que aprovechando la larga ausencia de nuestro “confinamiento” fuera de Cantabria, nuestro vecino más directo – el arquitecto que adquirió el terreno colindante y construyó las edificaciones que ahora se nos asoman al jardín – taló los sauces que marcaban nuestro límite: iniciativa improcedente que mereció ser denunciada a la autoridad correspondiente. Así hizo desaparecer lo que durante muchos años fue refugio para una multitud de aves canoras. Recuerdo de aquel tiempo que la de mayor envergadura que nos rondaba entonces solía ser algún milano de alto vuelo cuya presencia nos obligaba a vigilar el cielo para evitar que pudiera tener la tentación de intentar agarrar a la pequeña “Pizca”, entonces nuestra única perra.
También había por aquel entonces, aprovechando la arboleda, toda una nube de pájaros diversos a los que yo ofrecía pienso en una rama: jilgueros, petirrojos y gorriones. Pero nunca había visto un búho y menos posado en uno de mis árboles. Sí que pude ver alguna lechuza como vecina mía. Recuerdo especialmente aquella a la que estuve vigilando diariamente durante unas vacaciones de verano para profundizar en sus costumbres. Vivía en la gran palmera justo delante de la casa de mis padres, y pasé todo un verano tomando nota de la hora a la que salía de su nido para empezar la caza y el trayecto que seguía luego en la distancia. Como recuerdo también aquel par de mochuelos solitarios que situé a la posible vista de su supuesta madre para que los recuperara. Pero nunca, ni allí ni en parte alguna, había visto yo un búho de tan cerca.
Y ahora lo tenía enfrente de mis ojos, un búho enorme, enorme, justo frente a mi cabeza, contemplándonos tranquila y serenamente, como si nos conociera de toda la vida y supiera que somos buena gente: plantado en el sauce y observándonos con su mirada imperturbable sin echar a volar cuando salíamos y entrábamos a pie o en nuestros coches y abríamos o cerrábamos ruidosamente la cancela de la puerta. Y pese a que continuamente pasaban junto a él, muchas veces corriendo, los tres perros: el gran rodesiano y las dos hermanas teckle. Para verle sólo había que mirar ligeramente arriba, cosa que seguramente no habríamos hecho de no haberlo localizado nuestro hijo. Nada perturbaba la serenidad de aquella enorme ave. Nada hasta que, comenzado ya el crepúsculo – al volver de oírla misa de siete y media en el Cristo de Limpias – le vimos más cerca aún de nuestros ojos, casi rozándonos el coche con su pausado y elegante vuelo.
PS: Uno se pregunta si esta excéntrica visita tendrá por ventura que ver con otro hecho reciente y llamativo: la reciente aparición en la ventana de nuestro propio dormitorio de una colonia de avispas asesinas, sólo posible gracias a la larga ausencia del ser humano durante los “confinamientos” y percibidos por los astutos animales voladores, fueran éstos avispas o aves como es el caso del poderoso búho, como la perfecta ocasión para atreverse a visitarnos. Esperemos que ya no nos olvide.