Los lunes, revista de prensa y red

“Sánchez y la alarma infinita”, de Pablo Planas, “Halloween de verdad”, de Antonio Burgos, y “Fernández Barbadillo: «El votante de EE. UU. será un paleto, pero es mucho más libre que el español»”, de Nicolás de Cárdenas

(Viñeta de Nieto en ABC el pasado día  28)

SÁNCHEZ Y LA ALARMA INFINITA

Artículo de Pablo Planas publicado en Libertad Digital el pasado día 26

En Sánchez el estado de alarma es una vocación, un ideal, un modelo social. La pretensión de Pedro Sánchez es que el nuevo estado de alarma dure seis meses y quede al margen del control parlamentario y del judicial. Con la excusa del coronavirus, el inquilino de la Moncloa quiere dotarse de una herramienta excepcional, un dispositivo jurídico inédito, un estado de alarma a su gusto, un instrumento de control ajeno a cualquier control, un artefacto norcoreano, el sueño de cualquier déspota.

El presidente del Gobierno vuelve a estar en su salsa. La segunda ola del virus ha reactivado sus funciones motoras. Es, de nuevo, el tipo de la tele que recomienda sangre, sudor y lágrimas para salir más fuertes, unidos y demás zarandajas, el gurú de la autoayuda, el telepredicador de estilo bolivariano que pide a la prensa que no llame «toque de queda» al toque de queda sino «restricción de la movilidad nocturna». Sí, claro, y no digan que el muerto está muerto, sino que no respira.

En Sánchez el estado de alarma es una vocación, un ideal, un modelo social. Y como no le apetece tener que acudir cada quince días al Congreso para gestionar su renovación, plantea un estado de alarma directamente dictatorial, seis meses de excepción porque ya da por seguro que la pandemia va para largo. Si lo sabrá él, que no hace nada para remediarlo. Porque, más allá del estado de alarma y los toques de queda, el Gobierno es la expresión de la pura inanidad, de la más escalofriante incompetencia encarnada por el propio presidente, el vicepandemias Iglesias, ese Illa que pasaba por ahí y el nefasto Simón, el doctor cuyo mayor mérito es que ha logrado no acertar nunca.

Lejos de proponer una coordinación sanitaria entre las comunidades autónomas, de anunciar la contratación de más médicos y enfermeras, de destinar más recursos a la investigación, de plantearse un programa de protección de las residencias de ancianos, de aumentar la capacidad de rastreo, de comprar más material sanitario y pruebas de detección del virus, lo que hace el Gobierno es regodearse en las medidas de control social, en las prohibiciones y las restricciones. Es decir, en dar satisfacción a su pulsión autoritaria y antidemocrática.

No hay en el discurso de Sánchez sobre el coronavirus prácticamente alusión alguna a providencias relacionadas con la investigación y tratamiento de la enfermedad o el aumento de la capacidad sanitaria. Y cada vez son menos las referencias a las medidas destinadas a paliar los efectos económicos de la emergencia sanitaria. El estado de alarma es el principio y el fin de la retórica sanchista, un estado entre cuyas particularidades más molestas destacan las irrupciones televisivas del hormigonado rostro presidencial pidiendo a los ciudadanos la responsabilidad que él no practica.

Mientras tanto, continúa el rosario de muertes ocultadas bajo toneladas de desinformación patrocinada por el Ejecutivo, la incompetencia como norma de conducta del Gobierno, la mentira como política oficial de comunicación. De la primera ola del coronavirus no se ha aprendido nada y no han hecho nada para afrontar la segunda. Y ahí están los ciudadanos, desprotegidos, a merced de los elementos, del Gobierno y de los Gobiernos regionales, víctimas propiciatorias de la enfermedad o de unas consecuencias económicas agravadas por la pavorosa torpeza de Sánchez y sus ministros.

Artículo en: https://www.libertaddigital.com/opinion/pablo-planas/sanchez-y-la-alarma-infinita-pedro-sanchez-estado-de-alarma-coronavirus-6674311/

HALLOWEEN DE VERDAD

Artículo de Antonio Burgos publicado en ABC el pasado día 28

Hace ya unos años salió en el Carnaval de Cádiz una chirigota de viejos comparsistas disfrazados de jubilados que se llamaba «Los de la Tercera Edad, de Verdad». Y así era en efecto. No es que se hubieran caracterizado de ancianos, como «Los viejos del 55», o que su disfraz fuera de acogidos en una residencia de mayores. Es que se trataba de veteranísimos chirigoteros que habían formado su agrupación en el hogar del pensionista al que acudían a echar el día. E iban vestidos como en su casa, con su bastón, su batín de franela, sus babuchas de paño, su espalda encorvada y sus pies renqueantes.

Con la importada fiesta de Halloween, ajena a nuestra tradición cristiana de los días de Todos los Santos y de Difuntos, va a ocurrirnos este año algo por el estilo. ¿A qué disfrazarse los niños y los jóvenes con trajes de den miedo, con imágenes de la muerte, si la realidad que desgraciadamente estamos viviendo y hemos vivido supera todos los sustos que puedan dar unos chavales caracterizados de cadáveres vivientes o de monstruos amenazadores en Halloween? Estamos viviendo, como «La Tercera Edad, de Verdad», un Halloween de verdad, el más terrorífico que pudiera ocurrírsele a nadie. El más espantoso Halloween de verdad fueron, por ejemplo, las escenas que se vivieron en el Palacio del Hielo en los días más duros, o esas personas fallecidas en la soledad del hospital de campaña de Ifema, sin que nadie reclamara luego su cadáver, al que hubieron de velar los soldados de la Unidad Militar de Emergencia.

Me suele parecer siempre una imbecilidad la transculturación que supone la celebración del Halloween, que suelo españolizar en transcripción fonética como Jálogüin, y si me siguen recordarán que no falta cada año mi artículo, resaltando el horror que, a la larga, resulta la fiesta del pretendido horror. Pero celebrar este año el Halloween no sólo me parece una imbecilidad, sino una temeridad. Lo que les faltaba a las pandillas de niñatos insensatos de la cultura del botellón que desafían e incumplen las normas de seguridad contra el contagio y siguen celebrando sus fiestas sin mascarillas, con mucho alcohol, sin guardar la distancia social, cuando las discotecas y los bares de copas ya han cerrado. Estamos hartos de ver las reuniones de estos insensatos incívicos y antisociales que ponen en peligro a todos y aumentan las cifras de contagio, e incluso sus enfrentamientos con la Policía cuando va a disolverlos y a multarlos. ¿Se imaginan lo que puede formar ese niñaterío del botellón con el pretexto del Halloween este año? Igual que se han suspendido tantas fiestas en España, ¿por qué en las actuales y terribles circunstancias de la segunda ola no suspende la autoridad sanitaria y política toda clase de celebraciones de Halloween, aunque sean de menos de seis personas?

Es que los estoy viendo, y me dan terror. Borrachos como cubas, disfrazados de… de víctimas del Covid, ¿de qué va a ser? Y seguro que los fabricantes de mascarillas de tela ya están pensando en ponerse las botas y han diseñado y fabricado piezas especiales para Halloween, con bocas sangrantes, dientes de Drácula, o con media cabeza transformada en esqueleto, en lo que los andaluces llamamos «canina»? No hay este año, como digo, Halloween que dé más terror que la realidad misma. Cada balance de contagiados, de hospitalizados, de fallecidos que vemos en cada telediario sí que son el más crudo Halloween que a nadie imaginar pueda. La realidad supera al arte cretino del miedo a la muerte en la imbecilidad de los disfraces de Halloween. Hace muchos meses que desgraciadamente vivimos la más terrible de las fiestas de Halloween. Y encima, los jóvenes de «la generación más preparada», los de la cultura del botellón, desafiando a la vida. Pero de verdad. Y sin mascarilla de dar miedo.

Artículo en: http://www.antonioburgos.com/abc/2020/10/re102120.html

FERNÁNDEZ BARBADILLO: «EL VOTANTE DE EE. UU. SERÁ UN PALETO, PERO ES MUCHO MÁS LIBRE QUE EL ESPAÑOL»

Artículo de Nicolás de Cárdenas publicado en Actuall el pasado día 26

Fernández Barbadillo cree que en condiciones normales ganaría Trump, pero la candidatura Biden-Harris va ‘dopada’ por las empresas de Sillicon Valley. «Hay unas fuerzas que quieren acabar con Trump porque les impide seguir con sus negocios con el Partido Comunista Chino».

Si se atiende a los grandes medios de comunicación del mundo, llevan semanas poniendo el foco, más allá de la pandemia, en las próximas elecciones presidenciales desde una visión prácticamente unívoca: la transmisión del fervoroso deseo de ver resarcida su frustración arrastrada desde hace cuatro años atrás cuando el pueblo americano, contra todo pronóstico oficioso, decidió que Donald J. Trump fuera su presidente y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas.

Las simplificaciones sobre lo que Trump representa para una mayoría de los ciudadanos de los Estados Unidos, la infravaloración de la sociedad civil no alineada con el discurso políticamente correcto y la ignorancia del complejo sistema electoral americano, son algunos de los posibles factores que llevaron a un fracaso estrepitoso a esos medios y a otros grupos de poder en 2016.

No es por tanto muy sorprendente, advertir cómo vuelven a tropezar con la misma piedra una vez más a pocas semanas de que se celebren las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos.

En este contexto, comprender la idiosincrasia y los mecanismos electorales del país de la bandera con las barras y estrellas es uno de los objetivos de Los césares del Imperio Americano, editado por Homo Legens.

El colaborador de Actuall Pedro Fernández Barbadillo es el autor de este volumen, el único editado en España sobre el sistema americano en este año de elecciones.

Explique por favor qué es un caucus, que suena a primo lejano del ornitorrinco…

La palabra caucus proviene del idioma de los algonquinos y significa asamblea de jefes. Como en la democracia de EE. UU. se supone que todos los ciudadanos son jefes, los caucus son reuniones de militantes de un partido en una ciudad o pueblo para elegir de entre varios candidatos a cuál dan su apoyo. Es un método que permite el fraude, tal como se vio en 2016 en favor de Hillary Clinton y contra Bernie Sanders, pero por esa veneración que hay en EEUU por sus pequeñas tradiciones, se mantiene en algunos estados.

Hasta los años 60 del siglo XX, los candidatos se elegían en las convenciones. Las delegaciones las nombraban los mandamases de los partidos en cada estado y los candidatos tenían que negociar los apoyos durante días. La convención demócrata de 1924 duró 17 días y en ella hubo 103 votaciones hasta elegir un candidato. No sorprenderá si digo que fue estrepitosamente derrotado.

Después del escándalo de la convención demócrata de 1968 en Chicago, el Partido Demócrata introdujo las elecciones primarias en 1972 y más tarde le siguió el Republicano. Hoy los candidatos los eligen los afiliados, lo que da sorpresas como Obama en 2008 y Trump hace cuatro años, cuando cada partido y sus principales donantes preferían a otros.

«Con circunscripciones únicas y elecciones a una vuelta se dificultaría que llegasen al Parlamento personas como Pablo Echenique, Adriana Lastra y Carmen Calvo»

¿Qué desearía del sistema electoral americano para el español?

A diferencia de Estados Unidos, España no es una república… todavía, tal como van las cosas. Me gustaría para las Cortes un sistema electoral de circunscripciones únicas y elecciones a una vuelta, como se aplica para la Cámara de Representantes estadounidense y en la Cámara de los Comunes británica. Así, los diputados tendrían que trasladar los esfuerzos que ahora hacen por satisfacer al jefe de su partido a los ciudadanos de su distrito. Con un sistema así se dificultaría que llegasen al Parlamento personas como Pablo Echenique, Adriana Lastra y Carmen Calvo, a las que, de vivir en nuestra casa, esquivaríamos en el portal y las juntas de propietarios.

Del sistema constitucional, admiro los equilibrios institucionales y las limitaciones al poder del Ejecutivo y, también, de otras instancias. Bill Clinton, aun como presidente, no estuvo aforado en los juicios civiles que tuvo contra las mujeres que le acusaron de abusador y violador. Y el presidente sólo puede permanecer ocho años en el cargo. Compárelo con las presidencias eternas o interminables de Chávez, Ortega, Maduro, los Kirchner…

Como cimiento de todo ello, querría para los españoles el patriotismo de los estadounidenses (allí sería inconcebible que un presidente mostrará su pesar por la muerte de un terrorista). Y, también, la implicación de las personas en la vida social. En EE. UU. no se confía a ojos cerrados en los partidos ni en las autoridades.

Los presupuestos electorales de los candidatos son monstruosos. ¿El dinero lo puede todo en el sistema electoral de los EE. UU.?

Ya notó Alexis de Tocqueville que a las democracias les cuesta reducir el gasto y el derroche: “Algunas veces la democracia quiere economizar gastos, pero no lo consigue, porque le falta el arte de ser económica”. Sin carretadas de dólares no se puede hacer campañas, contratar personal, insertar anuncios en televisión y radio… Por eso, cada vez hay más candidatos a gobernador o senador federal rico. Sin embargo, el dinero no lo es todo. El mismo Obama, un gran recaudador, lo reconoció: “El dinero no puede garantizar la victoria (no puede comprar la pasión, el carisma, ni la habilidad de contar una historia). Pero sin dinero, y los anuncios de televisión lo consumen todo, se tiene la garantía de perder”.

En 1948, el candidato republicano, Thomas Dewey -era gobernador de Nueva York- contaba con el apoyo de la prensa y de los grandes empresarios y Truman le derrotó ampliamente. El nuevo David llegó en 2016. Hillary Clinton contaba, como Dewey, con los medios de comunicación, con los ricos (el banco Goldman Sachs prohibió a su personal donar dinero a la campaña de Trump y Pence) y, además, con la máquina de votos del Partido Demócrata, los sindicatos y su red clientelar de asociaciones de negros y feministas. ¡Y perdió!

Es otra esperanza que nos ha dado Trump. No siempre el vencedor señalado por la prensa, las encuestas y los millonarios es elegido.

Artículo en: https://www.actuall.com/democracia/fernandez-barbadillo-el-votante-de-ee-uu-sera-un-paleto-pero-es-mucho-mas-libre-que-el-espanol/

 

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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