Por Javier Pardo de Santayana

(El tiempo en tus manos. Parcial del óleo de Juan Carlos González Muñoz.100×100)
Uno de los cambios de mayor influencia en la vida del hombre entre los muchos que se han producido a lo largo de mi vida bien puede ser la perspectiva con que se mide el tiempo.
En primer lugar, porque por regla general se vive más que antes, y ésta es una circunstancia trascendente para cada persona individual al permitirla hacer más cosas y así dejar una huella más intensa en la generación siguiente y no digamos en la de nuestros nietos, pero también para el planteamiento mismo de la propia vida, ya que su tramo final ahora corresponde a un periodo que puede ser todavía muy creativo y en el cual los hijos viven su plenitud y los nietos aún buscan un modelo.
A esta superior presencia activa, que se debe a los enormes avances experimentados por nuestra generación en cuanto se refiere a la salud, la corresponde ahora una idea del tiempo que se fraguó principalmente gracias al increíble desarrollo tecnológico que nuestra generación ha propiciado: avances espectaculares que sin duda han superado en cantidad y trascendencia a cuantos la precedieron en la historia. Para corroborarlo no es preciso siquiera mencionar la llegada del hombre a la luna sino que basta con poner nuestra atención en las pequeñas cosas cotidianas. Por ejemplo, en el tiempo que costaba mandar un documento, para lo cual había que cuadrar los folios y el papel carbón, teclear el contenido, y no digamos corregir cualquier error siguiendo un proceso complicado, hacer un sobre, enviarlo, y esperar a que llegase a su destinatario. Comparen ustedes el tiempo que esto lleva con el que hoy cuesta hacerlo con un ordenador cualquiera. Y el nuevo tiempo que hoy queda disponible.
O considerando el tiempo necesario, por ejemplo, para pagar en el supermercado. ¿Imagina usted, improbable lector mío, la diferencia entre pasar por el cajero con la totalidad de una compra semanal y el tiempo que se emplearía en nuestros días jóvenes, cuando el paciente vendedor de turno tenía que poner los precios e incluso hacer la cuenta con un lápiz? Así podríamos recordar nuestra experiencia en este asunto y compararla en términos de tiempo disponible.
El resultado en ambos casos – transmitir un mensaje más o menos largo o pagar la cuenta de la compra – basta para reconocer lo que ha supuesto la distinta valoración del tiempo que hemos tenido que aplicar a lo largo de nuestras propias vidas y sus repercusiones no sólo sociales, que son muchas, sino también intelectuales, por cuanto ha exigido de nosotros un indudable y permanente ejercicio de flexibilidad y una capacidad de adaptación forzosa como posible mérito adquirido, pero que tuvo un importante coste: el de una lógica pereza a la hora de reflexionar sobre las cosas no puramente prácticas, como es la visión misma de la vida o de cómo debemos construir nuestro futuro en un mundo cada vez más complejo, todo ello oscurecido por la acumulación de actividades y la influencia casi irracional de la publicidad y de la propaganda, que ahora ya encuentran un terreno propicio para la difusión de la mentira.
Quiero decir con todo esto que convendría que fuéramos conscientes de que, siendo nuestro principal y originario haber el regalo del tiempo – es decir, de ese papel en que inscribimos nuestra vida – debemos ser conscientes de que vivimos a un ritmo inusitado una realidad cambiante que hace variar incluso la percepción que de él tenemos.
Así que dominar el tiempo debe ser la principal consideración de quienes intentamos esforzarnos en poner más luz en nuestras vidas, particularmente ahora que nuestra comprensión respecto al espacio inmaterial en que se inserta la existencia se ha oscurecido aún más si cabe por la confusión adicional de una pandemia de proporción global que no sólo amenaza nuestras vidas sino que también confunde nuestras mentes (y así es aprovechada por algunos).