Por Javier Pardo de Santayana

(Conductor con mascarilla)
Esto no hay quien lo entienda. Si hablamos de mascarillas, lo lógico sería que el gobierno, tras la natural consulta a los expertos, subvencionara para todos la misma, y ésta sería lógicamente la más eficaz y más segura, evitando de paso el chiste malo de que alguien pudiera lamentarse de haber optado, no por “la más-carilla” sino por la “más-barata”, porque la cosa tiene guasa cuando se trata de morirse o de salvarse.
Sí, ciertamente no entiendo casi nada. Por ejemplo, he oído con diferencia de solo pocos días la voz del responsable nacional de nuestra sanidad – filósofo que hoy compagina su condición oficial con la de pretendiente a otro importante cargo, gracias, se supone, al éxito obtenido en su trabajo actual (!) – aventurar que aquella alarma por un virus que nos venía de China no nos alcanzaría salvo en un despreciable número de casos, para informar sin sonrojarse, acto seguido casi, de la realidad de una pandemia que inundaría el mundo de cadáveres. También se atrevería a hablarnos de un plantel de expertos que resultó ser inexistente. Así que ya desde el comienzo quedábamos inmersos en una confusión más que asombrada.
Así podría seguir un buen rato enumerando contradicciones sucesivas entre las cuales una corresponde sin duda a las vacunas, pues se supone que éstas deben acabar con esa angustia que nos mata cada vez que nos revelan la preocupante conducta de ese virus. Pero el caso es que ahora afortunadamente nos promete ya una solución definitiva, al menos según dicen sus expertos, que en este caso sí parece ser auténticos, para añadir, para más detalle, que el desideratum consistiría en alcanzar el llamado ”efecto de rebaño”: definición que, si me permiten, calificaré de escasamente respetuosa para nuestra decadente raza humana.
Pero no es eso todo, pues entre otras muchas de las falsedades y contradicciones a las que se nos somete habitualmente debemos reseñar otra nueva que roza también la acostumbrada incoherencia. Les explicaré por qué: recientemente todos los medios de comunicación nos informaron acerca del grado de disposición de nuestros compatriotas a admitir la vacuna cualquiera que ésta fuera y confiar en el consejo de los, esta vez sí, nuevos expertos. Así que los sociólogos realizaron múltiples sondeos acerca de la postura ciudadana y su disposición a vacunarse, con el conocido resultado de no revelar precisamente un entusiasmo general sino más bien todo lo contrario. Pues, efectivamente, pudo detectarse que la realidad era diversa. Por una parte detectó la existencia de una preocupante aversión a las vacunas cualesquiera que estas fueran, es decir, que existe un grupo no desdeñable de personas y familias que no parecen creer siquiera en ellas o que imaginan que inyectarse un virus, cualquiera que sea la proporción en que se haga, no puede ser la solución para evitarlo – problema que en realidad viene de lejos -mientras, por otra parte no parecía desdeñable la cantidad de personas y familias que preferían esperar un plazo razonable para conocer el resultado por lo menos de las primeras inyecciones, como si los vacunados fueran conejillos de indias. Así que lo más urgente y en consecuencia prioritario parecía consistir en convencer a los remisos y de esta forma asegurar un pleno que sería esencial para el proyecto (recuerde usted, improbable lector mío, lo del famoso “efecto de rebaño”). Y todos o casi todos esperamos algún gesto por parte de las autoridades competentes: algo que debiera convencer definitivamente al elevado porcentaje de dudosos o resistentes al pinchazo.
La cuestión parecía ser entonces quienes darían el primer paso, y el interés se centraba en conocerles; quizá fueran personajes influyentes, destacados en su oficio o simplemente populares en cualquier terreno, que se verían obligados a pincharse por tan noble y significativa causa. Esto creímos ver refrendado, por ejemplo, en la vacunación de la Reina de Inglaterra, donde esta consideración de personalidad y de prestigio superaba incluso la justificación de tratarse de una anciana.
Pero muy poco tiempo después de todo esto, cuando era aún de suponer que perduraran las circunstancias apuntadas – incluida la situación que revelaron las encuestas en cuanto al parecer de la “ciudadanía” – pudimos ver cómo el más alto Jefe militar era precisamente criticado por haberse vacunado “demasiado pronto”.
Así que me pregunto en qué quedamos. Porque, independientemente de las razones que ahora aduzcan, se me plantea la cuestión de si debiera darse ejemplo o no, o es que ha cambiado milagrosamente la opinión de los reacios y de quienes preferían esperar hasta más tarde, y unos y otros ya están dispuestos a ”jugársela” en favor del bien común. O si es que la razón para la crítica es no haber esperado a que fueran vacunados los mayores, pues viene al caso recordar que en las Fuerzas Armadas los puestos relevantes no los ocupan jovenzuelos ambiciosos como suele ocurrir con los políticos, sino gente que ha rebasado los sesenta.
O sea que a estos efectos da la casualidad de que el citado mando ”es ya mayor” y que nadie le supera realmente en su tramo de edad que esté en sus condiciones y en activo. Eso sí, ya puede asegurarse que tendrá un considerable conocimiento técnico y humano, una gran experiencia en muchos campos de la vida, y habrá acreditado siempre un buen criterio y una certera visión de los problemas. Y lo que es aún más importante, una conciencia y una formación que sobre la propia conveniencia prioriza la generosidad en la entrega a su deber de servicio a los demás.